Nombre: Sévigné
Categorías: Drama
Director: Marta Balletbò-Coll
Año: 2004

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eduardo nabal aragon

Sévigné (2004)

En la Costa Brava
Cuán feliz era yo cuando era una infeliz.
Madame de Sevigné

La costa catalana ha tenido algo de pionera en el algo despoblado mar de las lesbianas españolas plasmadas en el celuloide. Y lo ha sido en parte gracias al vigor, desparpajo, valentía y ternura de los trabajos de Marta Balletbó Coll, que se dio a conocer con el éxito, sobre todo crítico, de Costa brava su primer largometraje.

Definida un tanto a la ligera por los desconcertados comentaristas hispanos como la Woody Allen catalana,  Coll- formada en el extranjero- ha demostrado ser una realizadora intrépida con un universo fílmico propio, femenino y lesbiano, lleno de vida y un humor cáustico, pero también de pasión, dolor, sentimientos y descubrimientos. Tras la buena acogida Costa Brava y el  absoluto batacazo de la fallida Cariño, he enviado a los hombres a la luna…- que contó con graves problemas de financiación y producción-, se consolida como una autora con Sevigné (Júlia Berkowitz), una comedia dramática, a la vez humorística y dolorida,  sobre el mundo del teatro y  sobre los sentimientos y las pasiones adormecidas de una mujer

Sevigné cuenta la historia  de un momento crucial en la vida de Júlia Berkowitz (Anna Azcona), antes actriz y ahora convertida en prestigiosa directora teatral, cuya existencia personal y profesional toma un giro inesperado cuando, a instancias de una misteriosa desconocida que trabaja en la televisión, decide poner en escena una obra sobre Madame de Sevigné. Julia se encuentra dividida entre  su presuntuoso marido y su amante Eduard Farelo, joven y atractivo ayudante de teatro (Ignacio Basauri), cuando conoce a esta misteriosa mujer que la corteja con un amor que, como la relación entre Madame de Sevigne y su hija, empieza a llenarse de connotaciones eróticas.

Casada con Gerardo R. Valcárcel, un vanidoso y algo cínico crítico teatral (con reminiscencias del Addison deWitt de Eva al denudo), Julia ve cómo su vida se abre a nuevas sensaciones y sentimientos al conocer a Marina, una camaleónica directora y actriz, encarnada por la propia Balletbó, que se aproxima a ella de diferentes formas y a través de los más variopintos caminos, sorteando todos los obstáculos, a los que se compara con los senderos de aproximación de Madame de Sevigné a su hija, que sortea la distancia a través de la literatura amorosa epistolar.

Como en su primer largo Costa Brava, el cine de esta realizadora transmite al mismo tiempo una gran necesidad de experimentación lingüística -comparada un tanto a la ligera con el “cine independiente estadounidense”-, y  una muy honda y a la vez desenfadada apertura  al mundo interior de las mujeres y al modo en que éstas encuentran un espacio que les pertenece (la “habitación propia” de Woolf) lejos del  universo masculino y sus  lugares de palabrería y silencio, un mundo que siempre quiere, y muchas veces logra, imponerse. Un mundo representado aquí por las gentes del Teatro Nacional y sobre todo por el marido y el joven amante de Julia, que comienzan a desconfiar de ella cuando se decide por un montaje intimista, en el que dos mujeres pueden quedarse solas en el escenario de la vida. Los celos de Gerardo son algo así como los celos de los hombres de otra época de los que, en cierto, se mofaba en sus cartas Madame de Sevigne, mientras amaba, sin saberlo del todo, a su hija.

Julia está interesada en montar la obra que Marina ha escrito sobre los aspectos ocultos de Madame de Sevigné y su relación –cargada de connotaciones eróticas soterradas- con su hija, Madame de Guignan: una relación a la vez edípica y llena de secretos como el mundo de misterios que se abre ante ella con la aparición de la parlanchina e incombustible Marina. La literatura de Madame de Sevigne no fue considerada en su época, por la mayoría de los críticos, como verdadera literatura, solo como cartas privadas al igual que el amor entre Marina y Ana no va a ser considerado como un “amor en toda regla”.

La joven directora se encontrará con la oposición abyecta  de su marido, un varonil crítico al que da vida José Maria Pou, quien, llevado por los celos y el temor, no duda en buscar las más viles artimañas para que esa función, que es también una aproximación afectiva y amorosa de su mujer hacia Marina (Balletbó Coll) no se lleve a efecto, poniendo excusas en un  principio y finalmente serias trabas. Pero esas dos mujeres han iniciado su propia función, han empezado a revalorizar un lenguaje que las excluye y han empezado a desarrollar su relación y exterior: un amor íntimo que se salta todos los obstáculos y que se desarrolla en el campo, lejos del Teatro Nacional de Catalunya y su feria de vanidades.Quieren sacar adelante un proyecto vital y escénico en desacuerdo con el ambiente teatral del momento, un mundillo retratado con cierta ironía y crueldad en sus oscuros intereses económicos y de prestigio y su varonil omnipresencia.

La película está narrada con una mezcla de vertiginosidad - saltos temporales, planos congelados, fotografías hermosas de interiores y exteriores y planos acelerados-  y una bella lentitud que enfrenta la palabrería altisonante y pretenciosa  del mundo teatral à la mode con la sensible aproximación entre dos mujeres aparentemente diferentes que encuentran en un proyecto de trabajo común el comienzo de una vida juntas, en la que importan más las palabras sinceras y los silencios expresivos que los discursos altivos de críticos, jóvenes realizadores y mujeres que se limitan a ser comparsas. Balletbó, como en Costa Brava, cuenta la historia de amor como la exploración de una mirada de mujer y de lesbiana  que, tanto en espacios abiertos como cerrados -y aquí se subraya la geométrica soledad de Julia en perdida en las grandes superficies-, no quiere ser cómplice de situaciones competitivas ni de la crispada mirada masculina sobre las relaciones, sean éstas humanas, sentimentales o  sexuales. Pero este descubrimiento resulta para Julia (Azcona) un trayecto difícil desde el  ensimismamiento y las dudas íntimas – con sus cada vez más violentos choques con la gente de su entorno inmediato- al enamoramiento y la pasión. Julia  se da cuenta descubrirse a sí misma y  descubrir a Marina tiene un alto precio en el mundo del que ella forma parte como mujer y como  prestigiosa directora teatral.

Julia, frente a la costa de un mar embravecido, como su mundo interior sacudido por la pasión y las dudas – aquí ejemplificado en las olas de  la costa catalana- , se obligará finalmente a tomar una decisión valiente sobre su propia existencia. Inmediatez y lejanía en la obra de una mujer que ve a otras mujeres y que se atreve a descubrir que el mundo en el que eran felices era un mundo hecho de imágenes falsas.

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