Nombre: Amores perros
Categorías: Drama
Director: Alejandro González Iñárritu
Año: 2000

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Mauricio Reina * * * ½

Amores perros (2000)

Instinto animal

Vamos al grano: Amores Perros es una de las mejores películas que se han presentado en nuestras pantallas en el presente año. Y lo es porque tiene todo lo que uno le puede pedir a una buena película: una historia interesante, unos personajes bien construidos, unas excelentes actuaciones y una acertada dirección que con indudable talento ensambla pieza tras pieza hasta armar una película difícil de olvidar.

Amores perros no disimula sus influencias. La película les adeuda a Magnolia y a Short Cuts la manera como entrelaza historias independientes que se cruzan de manera tangencial pero definitiva. De Corre Lola corre el filme toma algunas ideas de una estructura narrativa que revive un mismo episodio desde distintos ángulos y con consecuencias diversas. Y, cómo no, a Pulp Fiction le debe algo de esa idea de confrontar personajes disímiles en circunstancias extremas, en las que la violencia se convierte en su único punto de contacto. Pero a pesar de tantas influencias, Amores perros es una película profundamente original y creativa, que logra penetrar en las entrañas de unos personajes acorralados que luchan por sobrevivir con lo único que queda cuando todo se ha perdido: el instinto animal.

La película consta de tres segmentos, correspondientes a tres historias distintas que convergen en un traumático accidente automovilístico. En el primer episodio un joven habitante de un barrio marginal de Ciudad de México descubre que su perro tiene talento para luchar, después de que mata al pitbull de un gángster de los bajos fondos que hasta ese momento era campeón de las peleas caninas locales. Mientras su perro derrota a sus adversarios a dentellada limpia, el joven ve cómo sus bolsillos se llenan de billetes y decide proponerle una fuga a su enamorada, es decir, a la esposa de su propio hermano.

La segunda historia –quizás la más floja de las tres— narra la experiencia de un hombre maduro, casado y con hijos, que de repente decide dejarlo todo por el amor de una joven modelo que triunfa en el mundo de las pasarelas. La nueva relación anda bastante bien hasta que la modelo se accidenta y queda reducida a una silla de ruedas. Entonces el amor sufre un deterioro paulatino, paralelo a la agonía del perro de ella que ha quedado atrapado bajo el piso de su apartamento.

El tercer segmento desarrolla la historia de un viejo reciclador, al que hemos visto tangencialmente en los dos segmentos anteriores, quien vive rodeado de una jauría de perros a los que quiere más que a los humanos y que, en la práctica, constituyen su familia. Pero la sufrida cotidianidad de este hombre ha de cambiar a raíz de una peculiar oferta: debe asesinar a un desconocido por dinero.

El guionista y el director de Amores perros demuestran tener una aguda visión para captar los detalles más sutiles y reveladores del mundo marginal en el que se desarrollan dos de las tres historias de la cinta. Es tan grande la vitalidad de esos episodios, que el segmento restante –el de la modelo accidentada— luce forzado y tedioso. Y es que el mundo de la calle es donde el cineasta Alejandro González Iñárritu mejor despliega todo su talento para el manejo de la cámara, el color y la fotografía, virtudes que hacen de este filme uno de los imprescindibles de este año 2.000 que tan tacaño ha resultado en cuestiones de buen cine.

Publicado en la revista Cambio. ©Casa Editorial El Tiempo - Todos los derechos reservados

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