1.5 estrellas
Eros (2004)
¿De qué hablamos cuando hablamos de sexo?
EL PREÁMBULO
En las décadas del 50 y del 60, tanto en el cine italiano como en el francés se dio una práctica que con los años se convertiría en una de esas modas cinematográficas habituales, que se repiten cíclicamente a través del tiempo: un productor le proponía a un grupo de directores que contaran historias unidas entre sí por algún vínculo temático y la vendía en cartelera como una creación colectiva de grandes maestros. De esta manera resultarían películas como “El amor en la ciudad” (L’Amore in città, 1953) en la que participaron entre otros, Dino Risi, MIchelangelo Antonioni y Federico Fellini; “Bocaccio 70”, donde también estaba el nombre de Fellini, esta vez acompañado de Vittorio De Sica y Luchino Visconti o la francesa, “Los siete pecados capitales” (Les sept péchés capitaux, 1962) con grandes firmas como Claude Chabrol, Jacques Demy, Roger Vadim o Jean-Luc Godard. El problema fundamental con estas “creaciones”, es que realmente son encargos, “productos” cinematográficos que no responden necesariamente a las intenciones creativas de un autor. Por eso en muchos casos el nivel de las películas resultantes es muy desigual: de pequeñas piezas de orfebrería, que dejan ver la mano de grandes creadores, se pasa con facilidad a mamarrachos hechos a la carrera por esos mismos grandes nombres, sólo para cumplir con el contrato.
Con la llegada del nuevo siglo, al productor Stéphane Tchalgadjieff se le ocurrió la idea de reunir en una sola cinta a tres de los grandes directores indispensables en la historia del cine que todavía estaban vivos, para que contaran algunas historias que reflexionaran acerca de la atracción y los impulsos sexuales, el eros del ser humano. Los maestros eran Elia Kazan, Billy Wilder y Michelangelo Antonioni, quien a pesar de sufrir en los 80 una enfermedad cerebrovascular que había afectado sus centros de lenguaje, impidiéndole hablar y obligándolo a comunicarse casi exclusivamente con dibujos, había demostrado con “Detrás de las nubes” (Beyond the clouds, 1995) que todavía podía ejercer su labor. Por desgracia, la idea original no fructificó y de los tres sólo el maestro italiano se confirmó en la nómina. En un principio los reemplazantes fueron Wong Kar-wai y Pedro Almodóvar, que tenían bastantes antecedentes en sus particulares maneras de retratar los impulsos sexuales humanos, pero al final y probablemente queriendo asegurar una distribución digna en Estados Unidos, el español fue reemplazado por el estadounidense Steven Soderbergh, cuya película “Sexo, mentiras y video”, (Sex, lies and videotape, 1989) había obtenido el suficiente reconocimiento como para pensar que su visión acerca del erotismo podía ser interesante. Por desgracia, como en cualquier relación amorosa, las cosas no siempre salen como uno lo espera.
LA IMPOTENCIA
En la edición europea de la película, el primero de los tres cortos que componen “Eros” es “Il filo pericoloso delle cose" (El peligroso filo de las cosas), una historia que dirige Antonioni, basada en un texto que él mismo escribió en su libro Quel bowling sul Tevere, publicado en 1983, cuando el mundo entero pensaba que había pasado al retiro. El libro estaba compuesto por una serie de relatos, reflexiones y esbozos de historias que por una razón u otra, no habían podido convertirse en imágenes. A pesar de ello, cada uno de los “cuentos” en el texto tenía una relación directa con el estilo y la forma de narrar que le había merecido al director, el reconocimiento de la crítica a mediados de siglo. En el cine de Antonioni el espectador no puede sentarse a “ver” una historia, contada de principio a fin. El italiano, preocupado por una sociedad de posguerra que no tenía muy claro QUÉ SEGUÍA para la humanidad, presentaba en sus filmes a personas que les faltaba algo, pero que no tenían muy claro qué era lo que les faltaba: ¿amor?, ¿dinero?, ¿reconocimiento?, ¿sexo? Películas como “La noche” (La notte, 1961) o “El eclipse” (L’Eclisse, 1962), retrataban a una clase media perdida entre el hastío y la abulia, dedicada a satisfacer sus impulsos sin encontrar grandes satisfacciones. Hombres y mujeres cansados de sí mismos.
La preocupación fundamental de Antonioni, como lo ha dejado escrito en múltiples entrevistas y en sus propios textos, es que la imagen que vemos en la pantalla no necesariamente refleja la “verdad” que habita en el interior del personaje. “Nosotros sabemos que bajo la imagen revelada, existe otra imagen más fiel a la realidad, y bajo ésta otra aún, y que detrás de esta última puede aparecer de nuevo otra imagen. Hasta llegar a la imagen verdadera de dicha realidad absoluta, misteriosa, que nadie nunca verá”. Son las palabras del personaje que interpreta John Malkovich en “Detrás de las nubes” pero que pertenecen en realidad a Antonioni, escritas en el libro Profezione, cuando preparaba Blow up. Los diálogos que pronuncian los personajes, por ejemplo, serían las herramientas del director incapaz de expresarlo todo con acciones. Por eso los de sus películas nos aclaran muy pocas cosas, y parecen pronunciados siempre porque no hay más remedio, como si el italiano fuera un director de cine mudo a quien obligan a escribir parlamentos. Lo más grave es que las imágenes que nos pone al frente a veces son tan perturbadoras que no sabemos qué pensar. Eso era el cine para Antonioni, un reflejo de la vida en que no siempre entendemos POR QUÉ suceden las cosas.
Sin embargo, lo que en el cine anterior de Antonioni es casi su marca de fábrica, su encanto y su valor, en su colaboración con “Eros”, (colaboración que es –no lo olvidemos–, el aporte de un hombre viejo, enfermo y condenado al silencio), se ha convertido en una ausencia de narración abrumadora, donde los personajes no son más que dibujos en una pantalla, tal vez porque antes sólo pudieron ser dibujos en una libreta de notas. En la historia, un matrimonio en crisis (un elemento recurrente en el cine del autor italiano) se da cuenta de que no pueden seguir juntos. Posteriormente él se ve atraído por una mujer que vive cerca. Va a visitarla y sin que se necesiten muchos preámbulos (ni diálogos, ni proceso de conquista, ni nada), ella se masturba frente a nosotros, excitada quién sabe por qué, para después hacer el amor con el tipo desaforadamente. Pasa el tiempo y la mujer del matrimonio fracasado se asolea desnuda para disfrutar del paisaje del lugar donde están, y conoce a la amante de su marido, también en cueros acostada en la playa. Y ya. Pero el final abierto de esta visión del erotismo no está siquiera cercano a lo insinuante o turbulento que tiene el de “El Eclipse”; nada nos preguntamos porque nada nos importa. Si el espectador no supiera que quien dirige es Antonioni, pensaría que la historia fue contada por un director principiante que deseaba gozar con la figura de sus protagonistas femeninas. Lo que queda es una trama que se agota sin haber comenzado.
La triste ironía es que el director que más se preocupaba porque sus imágenes tuvieran sentidos profundos, es el que menos consigue transmitirnos algo en “Eros”. Su corto es solamente una idea sin forma. Un amor no con sumado.
PRECOCIDAD
Cuando en 1985 Steven Soderbergh ganó la Palma de Oro en Cannes con “Sexo, mentiras y video”, la prensa especializada se apresuró a señalar el nacimiento de una nueva estrella de la dirección en Estados Unidos, del tamaño de Martin Scorsese. Y aunque los años se encargarían de probar que el joven nacido en Atlanta tenía mucho talento, también mostrarían que sus preocupaciones personales no siempre iban dirigidas a crear productos “artísticos”. Por el contrario, Soderbergh ha cobrado reconocimiento y poder en Hollywood gracias a su talento para realizar con un fino empaque visual y narrativo, obras menores de tremendo impacto comercial, como “Erin Brokovich” (1999), o la taquillera “La gran estafa” (Ocean’s eleven, 2000), ya convertida en franquicia.
Sin embargo, Soderbergh no es tampoco el tonto que algunos quieren presentarnos. Hay en él un profundo conocimiento del oficio a la manera de los viejos narradores, y una sensibilidad que es precisamente la que hace que incluso en sus trabajos más populares el espectador sienta un “estilo” con características tan propias como ese afán de retratar en detalle a sus personajes en gestos, actitudes y acciones (como sus logrados flashbacks), para hacerlos cercanos a su público. Además, con la autonomía creativa que le permiten los blockbusters que salen de sus manos y tener su propia casa productora (Section Eight, hoy desaparecida,) Soderbergh no ha dejado de realizar películas mucho más cercanas a la independencia y el desenfado de su juventud, donde en cintas como “El rey de la calle” (King of the hill, 1986) mostraba lo buen contador de tramas que puede ser.
Para desgracia de “Eros”, la historia que narra el norteamericano, “Equilibrium”, tal vez por su mismo título, no es la realización de ninguno de los Soderbergh conocidos: ni del narrador de grandilocuentes pastiches comerciales, ni del director independiente de historias bien estructuradas. Lo que nos queda es un corto que pretende ser intelectual y metafísico, pero que sólo alcanza para 25 minutos muy bien fotografiados (por él mismo, como suele hacerlo bajo el seudónimo de Peter Andrews) donde un ejecutivo de publicidad de los años 50 acude a consulta con un sicoanalista para hablarle de un sueño recurrente con una extraña mujer. Los personajes que alcanzan a componer Robert Downey Jr y Alan Arkin son interesantes, pero mueren al no tener una historia digna de la cual sostenerse. El erotismo del que pretende hablar la narración no pasa de la primera hermosa secuencia, en la que vemos el sueño del protagonista: otra vez la premisa es que el erotismo es un cuerpo que se desviste ante nuestros ojos, como en el corto de Antonioni. Pero en este caso sí sobran las palabras, expulsadas por Nick Penrose (el personaje de Downey Jr) en una sosa confesión de diván. Y el desenlace es tan torpe (resulta que Penrose tiene a la “misteriosa” mujer muy cerca y que en realidad es la consulta con el sicoanalista el verdadero delirio), que cabe preguntarse si de verdad Soderbergh quería realizar este trabajo, o si sólo estaba burlándose un poco de los estereotipos freudianos
Aunque la intención de retratar el “eros” humano como algo que sucede en la mente de cada uno, que convierte a la mujer cotidiana en objeto del deseo es interesante, Steven Soderbergh se muestra en esta ocasión escaso de recursos narrativos para profundizar su reflexión. Tal vez le falta edad y sabiduría para desarrollar la idea, o simplemente sus múltiples compromisos lo llevaron a una mediocridad insípida que no está a la altura de sus antecedentes. Esta vez, a diferencia de lo que ocurre en el corto de Antonioni, uno siente que algo se encendió, sólo que fugazmente. Como un acto de amor tan rápido, que no deja satisfecho a nadie.
CLÍMAX
Se entiende que en la edición europea de “Eros” sea “The hand”, (La mano) el corto del director nacido en Shangai, Wong Kar-Wai, el que vaya de último, así sea por una convención alfabética, pues tener la posibilidad de apreciar un relato como éste es el premio a aquellos espectadores que tienen la paciencia de no salir despavoridos de la sala, después de soportar los dos cortos anteriores.
El relato nos transporta a la Hong-Kong de los años 50 -que se adivina, como en “Deseando amar” (In the mood for love, 2000), gracias al peinado y vestuario de los protagonistas y al trabajo que el diseñador de producción tradicional de Kar-Wai, William Chang, ha realizado en los distintos escenarios, con una sensibilidad que no necesita tomas abiertas hechas por computador o de carros antiguos en las calles) y a dos vidas que se cruzan de manera casual, otro elemento común en las historias de este maestro contemporáneo. Él, Zhang, un aprendiz de sastre que debe visitar a una clienta de su patrón. Ella, Miss Hua, una hermosa mujer, comprometida con un rico pretendiente y, al mismo tiempo, amante de un hombre que la usa para sacarle dinero, deseosa de tener vestidos espléndidos que le ayuden a conquistar a sus hombres. Dos solitarios que se atraen desde el primer instante y, por fin, después de dos intentos fallidos, el encuentro del espectador de “Eros” con lo erótico, con la pasión sexual que todo ser humano ha experimentado alguna vez: esa sensación de irremediable fatalidad. La sensualidad de una mano (la mano) que busca el sexo sólido de un hombre excitado, y con la voz que da el poder, le ordena que recuerde esa caricia cada vez que le haga un vestido.
Ese encuentro sellará el destino de los dos protagonistas. A ella le recordará cuántas cosas podía hacer con los hombres, gracias a su belleza, marchitada por la enfermedad y el abandono. A él lo obligará a dedicarse al oficio de la sastrería, como lo confesará más tarde, para poder habitar nuevamente, con cada nuevo vestido que le hacía, aquel momento. Sus vidas no podrán separarse más, como si esa mano siguiera uniéndolos, puente vivo entre ambos.
No hay necesidad de cuerpos que se muestren. El director, con la ayuda en la fotografía de Christopher Doyle, su colaborador habitual desde hace doce años, crea una atmósfera íntima, de encuadres muy cerrados, casi estrechos, donde el tacto (las manos que se tocan mutuamente en un clímax ansiado durante toda la historia, pero apenas insinuado por las imágenes) y el oído (los gemidos que el pobre Zhang debe escuchar mientras espera a que su cliente lo atienda) son sentidos tan sugerentes como la vista. El deseo que vemos en la expresión de Zhang, –un sorprendente Chen Chang, que sólo había actuado para Kar-wai en un pequeño papel en Happy together (Cheun gwong tsa sit, 1997)– al abrazar el vestido de la mujer que adora, causa angustia y compasión, porque ¿quién no ha sido malamente correspondido alguna vez?
En “Eros”, mientras Antonioni carga su filmografía pasada como un lastre que le impide producir una historia que conecte con el público, y Soderbergh desconoce su propio camino como director, en una desafortunada decisión, a Wong Kar-wai se le siente cómodo en el tema del erotismo, consecuente con su línea habitual de personajes solitarios, encuentros inesperados, y deseos reprimidos –habría que recordar Ashes of time (Dung che sai duk, 1994) o Fallen angels (Duo luo tian shi, 1995)– pero al mismo sorprendiéndonos con una historia original dentro de su trayectoria, un cuento romántico o una tragedia moderna, contado con el pulso de un relojero que hace rato crea maquinarias de imágenes perfectas. Cuando termina La mano, sentimos que hemos visto el cuadro acabado de un maestro del cine actual, una joya que brilla más por lo opaco de su entorno. Alcanzamos como espectadores la cúspide del placer en el cine: una historia con el ritmo propio y único de dos cuerpos que se entienden en la intimidad.
POSTCOITUM
De todas maneras esta película es la última en la filmografía de una figura indispensable en la historia del cine. Los intervalos visuales que dan paso a cada pieza, tienen unos hermosos dibujos, iluminados como visiones oníricas, y la música que los acompaña es el homenaje que el cantautor brasileño Caetano Veloso, compone para Michelangelo Antonioni. Sus palabras hablan por todos los que han disfrutado o admirado sus películas: “Visione del silenzio. Angolo vuoto. Pagina senza parole. Una lettera scritta sopra un viso di pietra e vapoer. Amore. Inutile finestra.” (Visión del silencio. Ángulo vacío. Página sin palabras. Carta escrita sobre un as de piedra y vapor. Amor. Ventana inútil)
A pesar de lo insatisfactorio de los resultados, “Eros” quedará como la representación de una tendencia de la cinematografía mundial: ante la decadencia de los viejos maestros, y la ineptitud del cine norteamericano actual para desentrañar los misterios del alma humana, los directores orientales, llenos de una sensibilidad que parece perdida entre nosotros, nos muestran que todavía es posible conmovernos con historias simples, que ya no sabemos cómo contar.
