Nombre: Flores rotas
Categorías: Drama, Comedia
Director: Jim Jarmusch
Año: 2005

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Javier Moreno * * * *
Mauricio Reina * * * ½

Flores rotas (2005)

Las repeticiones de Jarmusch

Uno acumula cosas durante la vida y, no importa si las deja atrás, sigue cargándolas en la espalda hasta que la vida se le acaba. El pasado memorizado, el que rumian la nostalgia y la melancolía, es indestructible e inalcanzable. Por eso es que el viaje de Don está abocado al fracaso aún cuando, como Winston le recuerda, es un viaje necesario. Es un viaje tan necesario como el del señor Schmidt para recuperar a su hija, o el de Bud, que conjura y exorcisa a su Daisy mientras recorre su mundo de vapores y ausencias en el que todas las mujeres tienen nombre de flores. Es un viaje, incluso, ineludible.

Jarmusch se repite, y a uno le gusta que se repita, en los personajes, en las situaciones, en la manera como estructura las secuencias, fragmenta las historias, controla la música. Por eso es que mi amigo Jaime añora el multi-lingüísmo ausente, porque las películas de Jarmusch parecen distintas versiones de una misma firma y la ausencia de otros idiomas es como si le faltara el punto en la i de Jim. Tal vez en esta ocasión falte ese punto, pero la conversaciones con Winston parecen sacadas de Coffee and Cigarrettes, especialmente las que ocurren en el diner, claro; los recorridos en carro, que se inician con el gesto de apropiamientoque brinda meter el CD de jazz etiope en el reproductor, me recuerdan al Perro Fantasma y su reproductor de CD siempre en volumen 21 sonando temas de Wu-Tang Clan; los encuentros con cada mujer, como versiones de un mismo momento, me supieron a un revuelto de Coffee and Cigarrettes, mezclado con las carreras de Una noche en el mundo y los asesinatos del samurai negro. Ciclos, recurrencias, eso le encanta a Jarmusch. Decir: todo es igual hasta que nos adentramos en los in between y tocamos lentamente los detalles, como si no hubiera nada después ni nada antes.

Los breves encuentros entre Don y sus mujeres pasadas no ocurren en el terreno de las palabras. Todo son gestos y miradas. Para lograr esto se necesitan buenos actores y Jarmusch los tiene. Las palabras siempre son las mismas, de hecho. Pero los momentos no. No todas recuerdan al mismo Don, no todas realmente desean volverlo a ver. Cada encuentro supura una tensión distinta, un olor distinto, una sensación diferente, y todas esas distinciones ocurren en la esfera de lo sutil. Nada es obvio, es una película llena de enigmas irresolubles que en el conjunto, cuando el rostro achacoso de Murray se centra en la pantalla, se hace silencio y se advierte la sombra del cierre, es perfectamente clara y redondeada. No deja lugar a dudas aun cuando toda la película está llena de ellas.

A history of violence y Broken flowers, al margen de sus historias, me han hecho darme cuenta de cuánto apego implican cuatro años de vivir en el mismo lugar. Ahora, desde lejos, los Estados Unidos que muestran Cronenberg y Jarmusch —los pueblos, las casas, los buzones azules de correo, los diners y las calles adoquinadas y llenas de árboles otoñales, los pueblecitos con una calle principal decadente y solitaria con una floristería abierta justo en el medio un domingo por la mañana— me despiertan recuerdos de mis años en Urbana. Hay mucha gente que lo dice, y hasta que uno no lo vive suena a cuento chino, hay dos versiones de ese pais coexistiendo paralelamente. La visible, la del imperio imponente y pedante, y la invisible, la de sus gentes sencillas, trabajadoras e inocentes. La excluyente y la inclusiva. La de la sonrisa Mc. Donalds y la de la sonrisa del vecino que lo saluda a uno a las nueve de la mañana desde su jardín, cuando inicia el recorrido hacia la universidad. 

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