Nombre: There will be blood
Categorías: Drama, Comedia, Suspenso, Western, Política, Religiosa, Documental, Basado en hechos reales, Basado en una novela
Director: Paul Thomas Anderson
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Otto Gómez * * * *
Pablo Muñoz * *

There will be blood (2008)

La gran película americana

Una de las mejores obras olvidadas de Philip Roth es La gran novela americana, sátira desde su título de esa larga tradición de novelones en los que esas grandes figuras son descritas con todo lujo de detalles en sus luces y sombras. No resulta paradójico que Roth se sumara a esa tradición tras dos décadas con Pastoral Americana, un nuevo paso en ese sentido y efectivamente una GNA.

Oliver Stone y James Cameron son dos de los últimos contadores de Grandes Historias en el Mainstream de Hollywood: al primero le perdió (para bien) la vocación paranoica, que dio como resultado obras tan contundentes como JFK (y su epílogo llamado Nixon), mientras que al segundo le pudieron las ganas de reconvertir el cine de catástrofes (modelo poseidon) en gran historia de amor.

Paul Thomas Anderson ha admitido que nunca podrá superar su temprana obra maestra Magnolia, y ha recibido el mayor de los elogios: ser el ayudante de dirección de Robert Altman en A prairie Home Companion, su testamento cinematográfico.  Tras el fracaso de la actualización woodyalleniana modelo torcido, Punch-Drunk Love, el cineasta parece deslizarse hacia una carrera que se pretende kubrickiana: largos años de silencio y muchísimo trabajo en cada película.

There will be Blood es un Nuevo film de género (como dice Vigalondo: el género de la gran película americana)  pero en este caso más divertido que terrible, más interesante que verdaderamente impactante. Su historia de humillaciones bajo una excusa bíblica, esquiva la ironía que recorría la obra de Upton Sinclair para recalar en los aspectos más demoníacos, más oscuros de sus dos protagonistas: Daniel Plainview y Ely Sunday. En medio de una historia de venganza y ambición, Anderson resulta solo afortunado en el absolutamente descacharrante clímax final, que no duda destaparse como pequeña dosis de humor negro. Pero no es menos cierto que el resto del metraje resulta divertidísimo, con ese absolutamente exageradísimo festival de Daniel Day-Lewis de caras e histrionismo que aportan poco más que una caricatura a un conjunto que se pretende árido (con unos travellings laterales que resaltan un paisaje vacío, apocalíptico) y hasta duro.

Anderson funciona involuntariamente como el Roth de La gran novela americana: como una parodia de ese ideal proyectado de gran historia hollywoodiense, que ha llegado al súmum en su festival de actuaciones ajustadas y tragedias morales acordes con el éxito material. Pero también ha rodado una película meridianamente experimental, a modo de reto suicida para superar y encontrar nuevos retos estilísticos. Tiene escenas de innegable poderío (el incendio en la perforación y el asfixiante prólogo) pero el conjunto es una de las más agudas comedias recientes, más que una narración de la forja de la amoralidad.

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