0.5 estrellas
Muerte en un funeral (2007)
Hay distintas razones por las cuales decidimos ver o no una película. Puede ser por una recomendación, una reseña o una crítica; por la historia, el director o el género; o –como en este caso- por el reparto. Específicamente, decidí ir a ver Muerte en un funeral (2007) porque en ella participa el actor estadounidense Peter Dinklage, a quien ya había visto antes en Nip/Tuck y en otra serie menos reconocida, y que me llama la atención por ser de los pocos actores con enanismo que están ahora en la pantalla. Luego me terminó de convencer una reseña en la puerta del cine que decía: “una comedia negra con un toque muy británico, donde todo comienza en un entierro”. Suficiente para mí.
Resulta que la película utiliza la ya conocida fórmula de poner en una reunión familiar a personajes excéntricos con situaciones improbables y enredadas que sacan a flote los conflictos escondidos entre parientes, pero se conjugan para terminar con algún tipo de enseñanza. En este caso se trata del funeral del padre de familia, interrumpido por la “traba” accidental de un par de asistentes, combinado con la aparición de un amigo hipocondríaco, un amante secreto y un anciano amargado que al final ayudarán a limar las asperezas entre hermanos, enfrentar a un padre posesivo y enseñarnos que nadie es perfecto.
En realidad la fórmula no es lo que molesta, son su ejecución. A pesar de las buenas actuaciones e intérpretes -¿acaso un intento para salvar la película?-, no deja de ser un guión forzado en donde la comedia deja de ser divertida para ser predecible, ridícula y casi vulgar, pues lleva los temas típicos de la comedia inglesa –sexo, drogas y mierda- a lugares poco probables que bordean el absurdo. En general, es como un capítulo exagerado de Seinfield que solo vale la pena ver un domingo. Nota mental: un buen reparto no asegura una buena película.
