Nombre: Voces inocentes
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Guerra, De época
Director: Luis Mandoki
País: Estados Unidos
Año: 2004

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Samuel Castro * * *

Voces inocentes (2004)

La inocencia perdida de Latinoamérica

El cine, como las otras artes, se alimenta de la historia para encontrar temas que se puedan narrar. En algunos casos el documental es el género escogido y la cámara trata de permanecer impávida, acompañando a protagonistas reales a través de su camino; en otros, la biografía de un personaje histórico retrata el espíritu de su tiempo; y en los demás un relato ficticio sirve para unir los aspectos dramáticos con los sucesos reales.

El mayor acierto de Voces inocentes, la más reciente película del director mejicano Luis Mandoki, es privilegiar la última fórmula y tomar elementos narrativos de las otras, juntando en una sola historia, muchas características de la violencia que vivió El Salvador en la década de los ochenta, en una guerra absurda (como todas las guerras) entre el Estado y la guerrilla rural. Al hacerlo logra impactar y conmover a un espectador al que CNN y los noticieros locales prácticamente han insensibilizado contra el horror. No es lo mismo ver en televisión la noticia de una niña asesinada en un remoto pueblo a escuchar, como si estuviéramos presentes en el lugar, los gritos de los hermanos de Chava, el protagonista de la historia, mientras las balas rompen las paredes de madera de la casa en que viven, los platos caen al suelo y la oscuridad de las montañas se rompe con estallidos luminosos.

El episodio que narra la película sucedió realmente: tanto la guerrilla como el ejército salvadoreño reclutaban niños para que hicieran parte de sus tropas, obligándolos a abandonar su casa y a terminar prematuramente su infancia. Chava, el niño que cuenta la historia, vive con su madre y sus hermanos en un pueblo como cientos que hay en Latinoamérica: rodeado de montañas, alejado de la ciudad, con la naturaleza a su disposición. Casi un paraíso de no ser por el conflicto que se vive en las calles. A pesar de convertirse en “el hombre de la casa” desde que su padre los abandonó para buscar un nuevo destino en Estados Unidos, el niño conserva la imaginación y la alegría de la infancia que choca ante realidades como el brusco reclutamiento de sus compañeros de colegio, que acaba abruptamente con un recreo, o la breve estadía secreta de su tío guerrillero una noche de balacera.

Mandoki, que desde comienzos de los noventas, trabaja como director de reconocidos proyectos comerciales en Hollywood, utiliza todas las herramientas técnicas normalmente reservadas para las producciones norteamericanas (como las secuencias filmadas con muchas cámaras al mismo tiempo, o las tomas donde se utilizan grúas y mecanismos para ángulos muy complicados), las combina en algunas escenas con encuadres de documental para aumentar la sensación de “realismo” y pone todo su conocimiento al servicio del género que mejor le cuadra a América Latina: el melodrama. El resultado es una película con una presentación formal impecable, que a pesar de rozar en algunos momentos el cliché (hay una escena donde el niño le canta a su novia “La de la mochila azul”, como homenaje a la película del mismo nombre que rodó Rubén Galindo de 1979) logra conmover y emocionar.

Gracias a actuaciones maravillosas (es difícil olvidar el rostro bañado en lágrimas de Carlos Padilla, el niño que interpreta a Chava, o los regaños casi espontáneos de Leonor Varela, quien hace el papel de la mamá) Voces inocentes se convierte en una experiencia única para el espectador, que ve con otros ojos sus violencias particulares y comprende el drama de las familias desplazadas del campo o lo que significa que un niño empuñe un fusil para dispararle a otra persona. En ese retrato particular de El Salvador, Luis Mandoki consigue hablarle a todo un continente que se desangra por las mismas heridas de injusticia, abandono y pobreza.

Muchas de los comentarios hechos a la película en otros medios, critican su tono grandilocuente, su carencia de sutileza y la valoración que el director hace a las imágenes fuertes o crueles (como cuando ajustician junto a un río a varios niños), pero es esa misma realidad la fortaleza de la cinta, porque Latinoamérica no es sutil; no es una novela de Jane Austen sino la matanza de las bananeras de García Márquez, o el dialecto malhablado de Vallejo, no es McDonalds y hospitales asépticos, sino el secuestro diario, la corrupción rampante y gringos que venden armas o municiones al mejor postor. Latinoamérica sigue siendo el mismo pueblo al sur de Estados Unidos que cantaban Los Prisioneros hace diez años y por eso, una película que transcurre en El Salvador y en los años ochenta, describe con exactitud la realidad latinoamericana de hoy y por desgracia, tal vez la de mañana.

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