Nombre: There will be blood
Categorías: Drama, Comedia, Suspenso, Western, Política, Religiosa, Documental, Basado en hechos reales, Basado en una novela
Director: Paul Thomas Anderson
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Otto Gómez * * * *
Jorge Mario Sánchez * * * *

There will be blood (2008)

Conocí a Paul Thomas Anderson –director y guionista de Petróleo sangriento (There Will Be Blood)– con Boogie Nights, película que a finales de los 90 fue transmitida por HBO. Anderson despliega aquí una forma de narrar embriagadora y, como un hipnotizador, nos sumerge por completo en esa historia de actores porno tratando de sobrevivir a los altibajos de la industria. En ese entonces me sorprendió gratamente la desmesura de un director novato y muy joven (contaba con 27 años), su ambición, esa confianza en sí mismo que le impedía hacer de Boogie Nights una película perfecta, “redonda”.

Luego vino Magnolia. Fue proyectada en un cine de Bucaramanga, y fui a verla el día del estreno. Esta vez la fascinación fue más fuerte aun: una fascinación producida por las imágenes, la música, el ritmo en espiral, la forma como se entrecruzan las historias, las voces y los conflictos. No obstante ciertos altibajos narrativos no pude levantarme de la silla durante las tres horas de proyección. La sala se fue vaciando y al final sólo quedamos cinco gatos, y por lo menos tres salieron bastante molestos por lo que acababan de ver: esperaban que en su resolución la película justificara su complejidad, y se encontraron con una de las escenas más absurdas e inesperadas del cine contemporáneo: una lluvia de sapos.

Con los años Magnolia se convirtió en mi película favorita. Sí, es imperfecta, es ambiciosa como un relato bíblico, es inextricable. Pero posee una cohesión narrativa y un manejo de las técnicas cinematográficas que sólo alcanzan los verdaderos genios del cine, como Kubrick, Scorsese o Bergman.

Luego tuve la oportunidad de ver el primer filme de Anderson, Hard Eight, y después, gracias a Cinemax, pude apreciar su incursión en la comedia romántica con Punch-Drunk Love, de la mano de Adam Sandler y Emily Watson. Aquí Anderson deja de lado la narración coral al estilo de Boogie Nights y Magnolia, y se concentra en un solo relato, el del protagonista neurótico para quien la terapia más efectiva resulta ser el amor. El resultado no pudo ser mejor: Punch-Drunk Love es una de las mejores comedias románticas de los últimos años, y la única película de Adam Sandler que soporto.

Y tras cinco años de receso y de cierto bloqueo creativo que Anderson logró despejar gracias, entre otras cosas, al encuentro con uno de sus maestros, el finado Robert Altman (sin duda el mayor inspirador para Magnolia; las resemblanzas entre el terremoto al final de Short Cuts y la lluvia de sapos en el film de Anderson son evidentes), llega en el 2007 There Will Be Blood (Petróleo sangriento). A primera vista esta película supondría un quiebre con toda la obra anterior del director. Sin embargo, podemos descubrir en ella fuertes semejanzas estilísticas y de contenido con sus antecesoras: la ambición, la desmesura, el carácter bíblico, la excentricidad, los conflictos entre padres e hijos (Magnolia) o entre hermanos (Punch-Drunk Love), y, sobre todo, algunas escenas que bordean peligrosamente el nonsense. El tema central, sin embargo, es nuevo en Anderson. Si en sus otras películas no podíamos hablar de personajes que encarnaran completamente el Mal debido a su fuerte dualidad, al hecho de que muchas veces no eran conscientes de su pecado o de que terminaban arrepintiéndose, en There Will Be Blood encontramos que los dos personajes principales, el predicador y “falso profeta” Eli Sunday (Paul Dano) y, sobre todo, el magnate petrolero Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), no son seres que hayan sido tentados por el demonio, sino que descienden al abismo por su propia cuenta. Son, hasta cierto punto, libres en su decisión, guiados por la voluntad de excavar en lo más profundo de su alma. Si algún día se arrepienten harán lo posible por aniquilar ese arrepentimiento. El Mal en ellos proviene de la ambición, pero a su vez esta ambición está cimentada en la envidia y en el odio visceral hacia sus congéneres, como de hecho lo admite Plainview en una de las escenas del filme. Las vidas de estos dos hombres serán espirales descendentes que se cruzarán una y otra vez hasta ese final espeluznante y ridículo a un tiempo, con aquella frase pronunciada por Daniel y que cierra el filme: “I’m finished” (que en español tendría por lo menos dos traducciones: “He terminado” o “Estoy acabado”).

Daniel Day-Lewis es, quizás, el más grande actor vivo, y esta película sería la prueba definitiva. Es imposible concebir un rostro distinto al de Day-Lewis para Daniel Plainview. En la mayoría de escenas de There Will Be Blood no vemos en él un sentimiento único, sino una superposición de sentimientos e ideas que se contradicen entre sí: el dolor está opacado por la ambición; la compasión por el odio; el amor por el pragmatismo; el cinismo por la violencia desenfrenada. Plainview es un monstruo guiado por la envidia y por el afán de competir, un depredador que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, que pisotea sin piedad, que roba y usurpa la tierra a sus dueños, que es incapaz de perdonar y olvidar las ofensas, y que culpa a un Dios en el que no cree por el dolor que lo acompaña siempre. En algún momento llega a aniquilar, incluso, el único sentimiento que podía redimirlo: el amor por su hijo y por su hermano (con quienes, sin embargo, no existen lazos de sangre). Y Plainview es, ante todo, una fuerza de la naturaleza, y es sobre este tipo de fuerzas aparentemente sublimadas que hemos construido nuestra civilización.

Paul Thomas Anderson ha logrado hacer, de nuevo, una película inquietante e imperfecta, pero esta imperfección es la misma que encontramos en genios como Dostoievsky: es el deseo enfermizo de ir mucho más allá de sus capacidades, de hacer preguntas sin respuesta, de no cerrar completamente las historias, de dejar grifos abiertos por donde se escapan nuevas ideas e interpretaciones. Es la obsesión por el simbolismo y por la religión; es el tener algo que contar a toda costa; es la ambición desmesurada. Pero a diferencia de Plainview, en Anderson la ambición sigue el camino del arte y todo lo que ello conlleva. Sus películas, antes que procurarnos placer, nos sacuden hasta la médula, y es justamente esto lo que esperamos del gran arte en estos tiempos de ligereza intelectual y cosas peores.

 

Vea: http://elpersa.blogspot.com

 

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