Nombre: A corazón abierto
Categorías: Drama
Director: Susanne Bier
Año: 2002

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Pedro Felipe * * * *

A corazón abierto (2002)

El cine escandinavo ha mostrado con maestría y en varias ocasiones que tener las mejores intenciones no basta para conjurar ni el dolor, ni la culpa, ni el miedo. En un mundo sin malos ni buenos, el deseo, el cansancio, o las ganas de que la vida continúe, toman el relevo de la primavera. El famoso olvido, el famoso wishful thinking, y a veces el cinismo son las únicas maneras —las únicas que se imponen— de vivir la vida. A veces somos el desconsiderado que se harta del amante, y otras —cuando estamos del otro lado del espejo— los abandonados, y nos sentimos de lo peor; y eso no arregla nada; y la única solución consiste en cerrar los dientes y aguantar.

Te quiero para siempre cuenta una historia desgarradora tanto para sus protagonistas como para los espectadores; por lo menos para aquellos que logren identificarse con uno o con varios de sus personajes. La narración comienza mostrándonos lo felices que son Cæcilie (Sonja Richter) y Joachim (Nikolaj Lie Kaas); no se trata de un idilio perfecto, pero sí de una pareja que se quiere con sinceridad y ternura, de un par de jóvenes guapos, que sin ser seductores han sido seducidos; a todas luces se trata de una pareja que se encuentra al principio de una larga historia. Como de costumbre, una mañana salen juntos, dirigiéndose a sus trabajos; Joachim desciende y antes de alejarse del coche se asoma a la ventanilla de Cæcilie —quien se encuentra en el puesto del conductor— para darle un beso más, y como dos jóvenes que acaban de conocer el amor, logran contra su voluntad separarse; pero cuando él se da vuelta para cruzar la calle sucede lo inesperado: un coche lo atropella con mecánica violencia.

El accidente es de una gravedad extrema, aunque no mortal. La mujer que conducía el coche, Marie (Paprika Steen) previsiblemente se siente mal —pero muy mal: de lo peor— y le pide a su marido, Niels (Mads Mikkelsen), quien es médico del hospital al que ha sido trasladado Joachim, que se haga cargo de ese pobre par de jóvenes, y que los ayude a superar lo mejor posible ese momento difícil. A todas luces Marie se siente responsable de lo que ha sucedido, pues justo antes de atropellar a Joachim sostenía una clásica pero insoportable discusión con su hija adolescente, una disputa que revela un ambiente familiar malsano que el desarrollo de la cinta no hará más que confirmar.

Y Joachim resulta tetrapléjico. Y Niels se hace cargo de Cæcilie. Y Marie se da cuenta muy tarde de que se ha puesto la soga al cuello. (A mi juicio todo estaba jugado desde antes del accidente, y la pareja de cuadragenarios de Marie y de Niels no hizo más que aplicar un libreto desencadenado por el brutal cruce de caminos ante el cual se vieron confrontados. Pero no me consta, tal vez porque no sé en qué consiste tener cuarenta años).

Releyendo la intriga de la cinta me doy cuenta de que puede pasar por un dispositivo para hacer llorar, pues todos los personajes tienen serias razones para pasárselo mal, y hay varios elementos del guión que corresponden a estrategias manipuladoras utilizadas hasta la saciedad.

Pero... No sé si es por haber utilizado de una manera poco dogmática los presupuestos de Dogma 95 que el resultado es tan eficaz y conmovedor. Sin embargo, sí sé que haberle dado dos papeles principales a dos instituciones del cine danés como lo son Paprika Steen (La celebración) y Mads Mikkelsen (Después de la boda), sólo pudo redundar en beneficio del resultado final. Aunque conozco muy poco de los detalles del oficio de director, gracias al artículo sobre la película publicado por el New York Times puedo constatar que Susanne Bier sabía lo que hacía: aunque la cinta transluce una frescura y una espontaneidad en apariencia inapelables, todo estaba meticulosamente programado; el sufrimiento parece accidental, pero en cuanto judía Bier sabe que el garrotazo puede llegar en cualquier momento, y desde cualquier lado; los presupuestos de su película, en fin, parecen señalar que hay víctimas y verdugos, pero su guión nos confronta con la dura realidad ética según la cual el famoso gris (por oposición al mundo en blanco y negro) no es neutro, ni exento de dolor. Ni de alegría, dicho sea de paso.

Te quiero para siempre es una película que recomiendo. También es una manera de saber si compartimos o no —el lector y yo— los mismos gustos cinematográficos. Yo le he puesto cuatro estrellas, lo que equivale a decir que me parece excelente, es decir que hay que verla cueste lo que cueste; si usted considera que debe llevarse tres, pues no pasa nada: estamos de acuerdo en lo fundamental. Pero si le parece que sólo se merece dos, tenemos que divorciarnos.

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