| Nombre: | La brújula dorada |
| Categorías: | Aventura, Fantasía |
| Director: | Chris Weitz |
| Año: | 2007 |
Otras reseñas para esta película
La brújula dorada (2007)
Al hablar de mundos paralelos solemos imaginar lugares en los que en efecto existen más de tres dimensiones, en donde hay colores primarios desconocidos, o en los cuales simple y llanamente uno más uno no es igual a dos. La brújula dorada nos propone diferencias más sutiles, pero tal vez más inquietantes y esclarecedoras, pues el escenario en el que se desarrolla la historia es parecidísimo al nuestro: los humanos lucen como nosotros, el cielo es azul, existen universidades o colegios llamados Oxford, los niños juegan tal y como los niños suelen hacerlo... un universo que podría perfectamente ser el nuestro, decía, si no fuese por varios detalles definitivos: la revolución industrial no ha cambiado el aspecto de las ciudades (aunque eso no les haya impedido convertirse en grandes metrópolis); para bien o para mal la democracia no se ha impuesto como "el menos malo de los sistemas políticos"; y las leyes naturales no pueden ser controladas a menos que se tenga fe en la magia. Para enrarecer aun más el ambiente, allí los humanos no tienen alma sino daimonions, es decir animales cambiantes —o no— a los que estos (los humanos) consideran a veces sus amigos, otras sus mascotas, y que en ciertas ocasiones funcionan incluso como su sexto sentido.
La película cuenta el inicio de las aventuras de Lyra Belacqua (Dakota Blue Richards), una joven huérfana estudiante del Jordan College de Oxford, una institución a la que ha podido acceder gracias a los favores de su tío y mentor Lord Asriel (Daniel Craig). Todo comienza cuando gracias a una serie de coincidencias creíbles al comienzo de una película, Lyra descubre mirando a través de las rendijas de la puerta de un armario en el que se ha escondido, que su tío va a ser envenenado por haber descubierto que en el polo hay una fuente de Polvo (es decir una partícula elemental que según la tradición corresponde al pecado original residual) y que en cuanto verdadero científico quiere investigar. Bueno, para ser exactos lo que Lyra descubre es que el mundo no es tan sencillo como ella creía, no sólo porque alguien quiere matar a su único ser querido, sino porque se da cuenta de que los miembros del magisterio que rige su ciudad no buscan el bien común pues ocultan algo, y ese algo le concierne a ella y al resto de la humanidad. Completando el retrato de los protagonistas de la historia encontramos a la Sra. Coulter (Nicole Kidman), una sofisticada, poderosa e inquietante mujer que parece encontrar por accidente a Lyra, y que también parece interesarse por ella por pura simpatía.
Aunque todo parezca indicar que he contado tres cuartos de la película, no he hecho más que esbozar el primer cuarto de hora de la cinta (la cual tiene casi dos horas de duración). Y al señalar ese detalle me parece importante indicar el gran defecto de esta obra. Aunque no sepamos que se trata de la adaptación de un libro, los acelerones que sufre con frecuencia el guión traicionan el hecho de que en su desarrollo participan muchos más elementos de los que que el tiempo de narración cinematográfica puede mostrarnos. Al respecto, empero, me parece que la película no resulta seriamente damnificada, aunque es bastante probable que eso se deba a que no conozco el libro, y a que sólo la he visto una vez.
Pero pasemos a sus virtudes, las cuales a mi juicio son mucho más numerosas que sus defectos.
Para comenzar confesaré que no me esperaba ser tan grata y positivamente impresionado por La brújula de oro. Recuerdo que durante mi infancia y buena parte de mi juventud me dejé encantar —y con razón— por la literatura fantástica, sobre todo en su versión dura (Lovecraft, Machen, Dunsany,...); recuerdo también los extraordinarios momentos que me hicieron pasar escritores menos intensos como Ende, Tolkien y Bradbury, lo mismo que el deseo que me produjo su lectura de llegar a hacer un día algo parecido; pero también guardo en la retina el profundo tedio que me produjeron las adaptaciones cinematográficas Harry Potter 1 (el único episodio que mi exigua paciencia me permitió ver), Narnia 1 (Ibíd.), y El señor de los anillos 2 y 3: nunca logré identificarme con sus búsquedas, ni creer en sus buenas intenciones, ni nada.
Para continuar señalaré que pese a su guión contrahecho, nunca me sentí a disgusto viendo La brújula de oro. Al salir de la sala en la que la que asistí a la proyección me dije que eso podía deberse a que visualmente se trataba de una obra dirigida con buen gusto, aunque sin mucha originalidad. También pensé que los osos me simpatizan de sobremanera. Y en fin, me dije que las actuaciones de sus tres protagonistas son notables: es sabido que cuando Nicole Kidman se lo propone puede ser una excelente actriz (Cfr. Dogville o Las horas); todos recordamos que el último milagro cinematográfico del que se tenga memoria lo cometió Daniel Craig, ya que es a penas creíble que un rubio chaparrito exento de glamour pudiese insuflar de nuevo un alma al celebérrimo 007; y Dakota Blue Richards... pues es perfecta: larga carrera te deseo.
Hasta ahí todo está bien. El misterio no ha sido resuelto, y podría irme muy satisfecho a abrir mis regalos de navidad.
Cuando todo se torna deliciosamente complejo es al saber que La brújula dorada es una película políticamente incorrecta, aunque mucho menos que el libro (taquilla obliga), por atacar un credo, es decir por permitirse insinuar que los líderes espirituales son unos charlatanes, que Dios una especia de miedo hipertrofiado al padre, amén de poner en duda la autoridad establecida. En algún lugar leí que se trataba de una trilogía que iba contra la serie Narnia, y aunque no puedo firmar esa aseveración por falta de datos, no me puedo aguantar las ganas de celebrar que alguien vea las cosas de esa manera: si la obra del mojigato C.S. Lewis condujo a una estupidez del tamaño de un león comparado con Jesucristo (quien no existió, no se asusten niños y niñas: la vida es cruel pero no tanto), la de Philip Pullman ha trazado el marco para que una niña —es decir una verdadera víctima de la humanidad, como los judíos y los negros— tenga los elementos necesarios para poner en evidencia un par de sonrisas hipócritas. No les quiero dañar la cinta, y por eso me limitaré a reforzar mi punto de vista advirtiendo que si la cuestión de la paternidad suele fluir de manera süave en La brújula dorada, la de la maternidad es más complicada. Muchísimo más complicada.
Para responder a cierta encuesta que circuló en un blog en internet, me permito señalar que a diferencia del libro (cuya trama he leído en Wikipedia, excuse me) la película me parece insuficientemente anticristiana...
Para ver: Con sus hijos. O en su defecto con sus sobrinos.
