Nombre: La virgen de los sicarios
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Cine colombiano, Biográfica, Histórica, Crimen
Director: Barbet Schroeder
País: Colombia
Año: 2000

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Mauricio Reina * * *

La virgen de los sicarios (2000)

Irreverencia, agudeza y excesos

Si hubiera hecho carrera la tontería aquella de prohibir la proyección de La virgen de los sicarios en Colombia, ustedes no estarían leyendo esto. En ese caso habría triunfado la opinión de algunos que, tras haber visto la película, decidieron que los demás colombianos no deberíamos verla. Los mismos que pretendían pisotear la libertad que cada cual tiene de decidir qué películas ve y qué conclusiones saca de ellas. Una iniciativa tonta, sí, pero peligrosa en tanto pretendía cercenar una de las pocas libertades que nos quedan en este país de vírgenes y sicarios.

Pero entremos en materia: ¿qué hay en La virgen de los sicarios? Las huellas inconfundibles de Fernando Vallejo, autor de la novela y guionista de la cinta: irreverencia, agudeza y excesos. (Claro que Vallejo no es sólo eso: también es la dulzura de Los días azules, la minuciosidad enfermiza de Chapolas negras, la erudición desbordada de Logoi y la pluma admirable de El mensajero. Pero ese es otro tema.)

Irreverencia, agudeza y excesos: tres elementos que caracterizan la novela y que el director Barbet Schroeder ha sabido replicar en el celuloide con elocuencia. Empecemos por la irreverencia. La virgen de los sicarios arrasa con todo lo que se le pasa por delante, desde el Papa hasta Simón Bolívar. Sus juicios lapidarios combinan una crítica sesuda con el ánimo provocador de un mocoso iconoclasta. No en vano en un pasaje de la cinta uno de los sicarios opina así sobre los escandalosos comentarios del personaje de Vallejo: “No le hagás caso que te está mamando gallo”. Pero aunque buena parte del público ría de lo lindo con los apuntes de la cinta, todos sabemos que detrás de cualquier mamadera de gallo que se respete hay buenas dosis de sensatez y de verdad.

Sigamos con la agudeza. A través de la simple historia del regreso de Vallejo a Medellín y sus amores con un par de jóvenes sicarios, la película hace un retrato descarnado de la descomposición a  la que ha llegado el país: asesinatos por doquier, ambición desmedida, instituciones derruidas y aturdimiento general. Y quizás ese sea el mayor mérito de la cinta: el poner un espejo implacable frente a un pueblo aturdido que mira al infinito sin querer ver el infierno que lo consume. Una prueba de ello es la indignación de algunos que se quejan de que hay demasiados asesinatos en la película: algo más de cinco en una hora y cuarenta y cinco minutos de proyección. ¿Demasiados? Según estadísticas oficiales, en un lapso equivalente hay en el país un promedio de 6 muertes violentas.

¿Y los excesos? Pueden ser el resultado de la ausencia de una mirada crítica que habría podido contribuir a solucionar algunos de los problemas que tiene la cinta. Por ejemplo, esa tremenda caída que sufre la narración en la última media hora, en la que la historia luce repetitiva, gastada y redundante. (En ese sentido, quizás habría sido conveniente una adaptación menos atada a la estructura de la novela y más orientada al lenguaje narrativo del cine.) O esas pocas escenas en las que Anderson Ballesteros recita más de la cuenta sus parlamentos. O aquellas secuencias inverosímiles en las que se muestran las alucinaciones de Vallejo. ¿Para qué alucinaciones con esta realidad?

Una mención especial merece la excelente actuación de Germán Jaramillo. Con todo su talento y profesionalismo, el veterano actor del Teatro Libre de Bogotá logra caracterizar en la pantalla a un Vallejo humano, vulnerable y desolado, como el que se adivina en la realidad detrás de tanto alarde de irreverencia, agudeza y excesos. 

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