| Nombre: | King Kong |
| Categorías: | Acción |
| Director: | Peter Jackson |
| Año: | 2005 |
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King Kong (2005)
Regalo de navidad
Cuando vi en televisión la primera versión de King Kong, hace más de 30 años, me emocioné con los aviones, sufrí por el animal y gocé con muchas cosas más. Desde entonces he perdido la inocencia, he visto con ojo clínico muchas películas y se me ha formado callo para las emociones fáciles. ¿Cómo podría sentir a estas alturas algo similar a lo que sentí cuando era niño? Viendo el King Kong de Peter Jackson.
Al principio la película no parece gran cosa. El extenso preámbulo es de lo más convencional y hasta tiene chistecillos de esos que se marcan con un trino de clarinete. Pero cuando el personaje del cineasta aventurero le pregunta a un aborigen si quiere chocolate, es como si Jackson nos preguntara si queremos diversión: allí arrancan dos horas de una apabullante exhibición del poder que tiene el cine para entretener.
Lo que eleva a King Kong sobre otras grandes producciones es que funciona en dos sentidos. El primero es el de la acción y la extravagancia visual. La calidad de las imágenes es deslumbrante y alcanza su punto más alto en el aterrador pantano de los insectos. Claro que en un par de ocasiones los efectos visuales fallan y entonces el filme evoca a King Kong vs. Godzilla, el aparatoso clásico de las madrugadas de insomnio. La película también funciona en el campo de los sentimientos. El romance de Kong y Ann Darrow es más genuino que muchos de los que vemos en la vida real, y eso que el simio computarizado ni siquiera estaba allí cuando rodaron sus escenas.
¿Que la película es larga? A mí sí me pareció, pero cumplo con informar que algo distinto pensaron los niños que estuvieron a mi lado con la boca abierta durante toda la proyección. Y no estaban bostezando.
