Nombre: La maldición del escorpión de jade
Categorías: Comedia, Policiaca, Fantasía, Comedia romántica, Romance, Crimen
Director: Woody Allen
País: Estados Unidos
Año: 2001

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Samuel Castro * * *

La maldición del escorpión de jade (2001)

Una joya oculta

Muchos piensan que es fácil hacer reír. Al menos eso es lo que podríamos deducir al ver las carteleras de cine de nuestra ciudad, donde siempre habrá lugar para una historia de profesores chiflados, o un “American” algo (la siguiente se llama “American Wedding”), donde sobran las caídas, los gestos exagerados, y por supuesto, las alusiones sexuales o escatológicas burdas. Sí, la carcajada sale fácil, pero no podemos decir lo mismo de la sonrisa. Cuando sonreímos nuestro cerebro ha encontrado una situación, un juego de palabras, una imagen, que ha exigido de nosotros un esfuerzo mental más allá de tener abiertos los ojos.

ESCENA UNO: Un hombre muy bajo, medio calvo y desgarbado se le acerca a una hermosa mujer (hermosísima Helen Hunt, que lo es más por no ser perfecta) quien le dice: “Cuidado Briggs, o puede terminar como castratti de un coro infantil”. ESCENA DOS: Los mismos personajes están sentados en un bar de mala muerte. Después de una conversación desafortunada presenciamos este duelo de frases. Ella dice: “Bueno, me voy, por favor sal después de mí, no vaya a ser que crean que vinimos juntos” El contesta: “Sólo si tuviera un organillo en mis manos”, ella responde: “eso es lo que tienes”. Y uno sonríe. Porque no se puede evitar hacerlo en esta película, “La maldición del escorpión de jade” de Woody Allen, cuando tenemos la posibilidad de escuchar diálogos como esos, de ver personajes tan bien actuados y de encontrar una historia que se desarrolla en los años 40, no por las ansias de recrear una época sino porque la trama realmente lo necesita.

Woody Allen -a quien los años ya comienzan a sentarle mal para ser siempre su propio protagonista, aún cuando parte del encanto es precisamente su fragilidad física frente a sus co-estrellas-, encarna a C.W. Briggs, un detective de una aseguradora, encargado de investigar los robos de material valioso y quien es exitoso a más no poder porque es capaz de “pensar como un criminal”. Briggs es duro y cruel con las mujeres y aparenta necesitarlas sólo para tener sexo con ellas. Betty Ann Fitzgerald (Helen Hunt) es una mujer moderna e independiente que se vanagloria de no necesitar a los hombres más que para ponerlos en su sitio y que ha llegado a la compañía para diseñar estrategias de administración que ahorren tiempo y dinero. Por supuesto, ninguno de los dos se la lleva bien con el otro.

Un extraño mentalista en un acto nocturno los utiliza como conejillos de indias y consigue que salga a flote aquella personalidad que ambos ocultan: él, un verdadero romántico que quiere volver a creer en las mujeres; y ella, una mujer apasionada y tierna. Sin embargo, los problemas surgen cuando el hipnotizador comienza a utilizarlos para llevar a cabo una serie de robos. Al oír ese argumento uno piensa en una película de sábado por la tarde en los canales nacionales, pero no, porque Woody Allen como lo ha demostrado ya muchas veces a lo largo de su carrera de más de treinta años, sabe que en ocasiones es más importante el cómo se cuenta algo, que los hechos contados.

En “La maldición del escorpión de Jade” está como siempre New York, pero esta vez mirada con esa nostalgia por lo perdido que ya había puesto de manifiesto en películas como “The purple rose of Cairo” (1985), “Radio days” (1987), o “Bullets over Broadway” (1994) y que le entrega a la apariencia de lo que vemos, una melancolía y un tono de tristeza que conjugan muy bien con la lírica de sus diálogos humorísticos.

Tal vez por la misma idea de recordar el pasado, Allen convierte las escenas entre él y Helen Hunt (sólo que esta vez es ella la que mira hacia abajo al bajísimo Allen) en una constante alusión a películas como “His girl friday” de Howard Hawks, donde otra pareja, Cary Grant y Rosalind Russell, se sacaban chispas con diálogos tan incisivos como los de esta película. Pero no es la nostalgia, la perfecta decoración, la correcta y cuidada puesta en escena, o la simple pero efectiva edición lo que hacen de esta una película importante. Lo es porque cuando pasa la hora y media uno se para de la silla de la sala con la sensación de haber estado en otro mundo, en uno donde no importan las apariencias, y los feos se pueden quedar con la mujer bonita; uno donde podemos tirar a la basura los disfraces que llevamos encima, y sólo queremos volver a enamorarnos, “una vez más, antes de que el horrible telón de la realidad caiga sobre nosotros”.

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