| Nombre: | Perdidos en Tokio |
| Categorías: | Drama |
| Director: | Sofia Coppola |
| Año: | 2003 |
Otras reseñas para esta película
Perdidos en Tokio (2003)
Perdidos en la traducción
Un crítico italiano, de cuyo nombre quiero acordarme y no puedo, clasificó el cine en cine de poesía y cine de narración. Evidentemente, Perdidos en la traducción -imposible traducir de otra manera- es cine de poesía.
Aclaro que tampoco recuerdo el artículo -era un pesado escrito semiótico- pero la clasificación me pareció afortunada. Desde luego, cualquier clasificación es muy pobre y ésta, además, posee una evidente filiación literaria. Sin embargo, resulta bastante útil a la hora entender algunas películas. Para simplificar, por vía de ejemplo, diríamos que Amarcord, de Fellini o In the mood for love, de Wong Kar wai, son claramente cine de poesía y La ventana indiscreta -en general todas las de Hitchcock- son cine de narración.
Es importante no confundir la poesía con "lo poético": de ahí a la sensiblería no hay sino un paso y terminaríamos, dios nos libre, en el patético Eliseo Subiela. En el cine de poesía puede haber narración -de hecho en Perdidos en la traducción hay dos historias-, pero lo importante es la forma: el énfasis está en cada plano, la unidad mínima del lenguaje cinematográfico, de la misma manera que en el poema la importancia está dada en la palabra que busca desligarse del "mensaje" y quisiera ser apreciada únicamente por sus valores eufónicos. Si uno cuenta la historia del poema necesariamente lo empobrece. Igual ocurre con la película de Sofía Coppola: puestos a contar su historia -o sus historias- resulta muy poca cosa: un actor maduro Bob (Bill Murray) viaja a Tokio a filmar unos comerciales. Se siente sólo y aburrido y en el hotel donde se hospeda conoce Charlotte (Scarlett Johanson) la joven y abandonada esposa de un fotógrafo. Tienen un amor platónico que dura unos pocos días y luego él se va. No es más. O, sí: hay otra historia paralela que es cómo el Japón moderno, en una burda imitación de la cultura norteamericana ha perdido toda la belleza de su rica tradición. Pero, gracias a la manera como no es contada esta simple historia -gracias a su poesía- lo que tenemos al final es una película tan memorable como In the mood for love, con la cual tiene muchas afinidades temáticas y de cuyo director la Coppola ha aceptado una benéfica influencia.
A través de sus planos, de sus encuadres, de la música, de la luz, de los diálogos y los silencios, la película va envolviendo en una atmósfera de soledad y de orfandad total a esos dos personajes -extranjeros de sus países y de sus relaciones personales- para que luego su encuentro, inevitable y gradual, tenga toda la intensidad de los grandes amores. Decíamos atrás que la historia es sencilla. Lo es pero en su enunciado, en la claridad de sus hechos, no de sus significados que son, como los de la poesía, plenos de sentidos ocultos y de sutilezas. Esta simple historia de amor es mucho más de lo que aparenta. Hay en ella una reivindicación del amor sublime -como en El Banquete, de Platón- que frustra las expectativas de los espectadores predeterminados por la mayoría de las películas de ahora en las que nunca falta la consabida escena de sexo. Tiene la crisis del amor conyugal y el encanto del amor prohibido y efímero; el amor del hombre mayor y la mujer joven -el amor edípico- y la tragedia, que ennoblece a los personajes, de ser más el que ama que el objeto del amor. Charlotte, con su estoicismo inteligente y su sonrisa es muy superior a su tonto e hiperactivo marido y lo es también Bob con respecto a su esposa, tan necesaria para elección del color del tapete (no necesitamos verla para definirla, sólo su voz nos basta: que gran acierto). Charlotte y Bob están a la misma estatura pero su amor, por razones absurdas -todas las razones que impiden un gran amor son absurdas- no puede ser posible. Como en el bolero, deben separarse: "no me preguntes más". Y como In The mood for love, se trata de un amor frustrado. Más espiritual que carnal; absoluto pero efímero, es decir, con todos los elementos para permanecer en la memoria, intocado por el tiempo y la contingencia.
Más allá de los impredecibles y prescindibles premios Oscar Sofía Coppola se ha graduado con esta bella película como directora de cine y nos ha demostrado que ha pesar de todo, en pleno siglo XXI y multinacionales del cine en acción, se puede seguir haciendo cine de autor.
Andrés Caicedo decía que el cine existía, básicamente, para amar un rostro como si fuera una religión. Por eso, iremos una y mil veces a ver otra vez Perdidos en la traducción, para adorar los ojos enigmáticos de esta nueva diosa -imperfecta pero por eso más diosa-: Scarlett Johansson.
Recomendaciones: para ir preferiblemente solo -esta es de esas películas en las que nos fastidia sobremanera que el de al lado esté comiendo-. Y, después de ver la película, puede ir a un bar cercano. Es posible -en Bogotá nada es imposible- que no haya un barman sino una barwoman de ojos color miel y movimientos delicados. Déjese atender por ella, tómese tres whiskys, mírela largamente en silencio y luego váyase.
