Nombre: Pandillas de Nueva York
Categorías: Drama, Política, Religiosa, Guerra, Histórica, Crimen, De época
Director: Martin Scorsese
País: Estados Unidos
Año: 2002

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Pablo Muñoz * * ½
Mauricio Reina * * *

Pandillas de Nueva York (2002)

La güera y el chamaco

Dicen por ahí que el director Martin Scorsese ha vuelto por sus fueros, y que Pandillas de Nueva York es comparable con El taxista o El toro salvaje, sus mejores filmes. Lamento disentir: estas dos cintas son unos trabajos cinematográficos superiores, mientras que Pandillas de Nueva York es tan sólo una buena película. Y es buena gracias a su magnífica realización, porque si de la historia dependiera, la cinta se escurriría irremediablemente a los terrenos de la mediocridad.

Cuando salga el DVD de la película uno podrá congelar las imágenes para disfrutar el fastuoso realismo del trabajo de Scorsese y su equipo. ¿Cuál escenografía? En Pandillas hay una ciudad de verdad: si uno se concentra, hasta puede oler los orines de los perros. ¿Vestuario? Eso déjenlo para las telenovelas. Lo que hay aquí son genuinas capas roídas por el uso, camisones percudidos por el sudor, bolsillos rotos de tantas manos que han buscado en ellos mendrugos de pan. ¿Extras? No, no, no. La pantalla está poblada por una auténtica caterva, desdentada, sucia y maloliente. ¿Y el peinador? A ese lo despidieron tras el vahído que le produjo el pelo de los personajes adobado en su propia grasa.

Pero como en la sala de cine no se puede congelar la imagen para disfrutar de tanta realidad, uno empieza a fijarse en la historia y hasta allí llega la dicha. Lo que hay es una eterna sucesión de viñetas costumbristas vagamente articuladas alrededor de la anécdota de una venganza. Una vez verificada la debilidad argumental, uno empieza a fijarse en el trabajo del elenco y concluye que ese gran actor que es Daniel Day-Lewis habría merecido mejores compañeros de faena que la rubia Cameron Diaz y el muchacho Di Caprio. Digo mal: no son la rubia y el muchacho. Porque ante la pobreza de la historia, uno también empieza a fijarse en los subtítulos: la rubia es una güera, el muchacho es un chamaco y el más malo de todos es un pinche cabrón. Y en medio de tanto mexicanismo, uno se antoja de un buen pollo al mole, pero todavía falta más de una hora de proyección. 

Publicado en la revista Cambio. ©Casa Editorial El Tiempo - Todos los derechos reservados 

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