Nombre: Los cronocrímenes
Categorías: Ciencia Ficción, Terror, Suspenso, Fantasía, Basado en hechos reales, Misterio, Comedia dramática
Director: Nacho Vigalondo
Año: 2007

Otras reseñas para esta película

Pablo Muñoz * * * *

Los cronocrímenes (2007)

A small remembrance of something more solid

"Through the mirror of my mind 

Time After Time

I see reflections of you and me”

THE SUPREMES (again)

Las películas de viajes en el tiempo tienen un rasgo común: que los viajes son un medio. Incluso en la única película en la que la que se viaja por error (Regreso al Futuro) desmiente la concepción de la travesía accidental ya que finalmente sirve para que Marty McFly salve su vida, la de Doc Emmett Brown y rehaga la historia de amor de sus padres, cumpliendo los sueños de bienestar de ambos, y en un sentido más amplio, consigue tener el coche para llevar a Jennifer al lago. Otras cintas proponen el viaje ya como medio: para cambiar el futuro (Regreso al Futuro 2), para salvar al amor de su vida (Donnie Darko y su triste plagio de adelantada poética de fotolog llamado El efecto mariposa y la también triste versión de La máquina del tiempo dirigida por el nieto de Wells) o para salvar, directamente, al mundo de la destrucción (Terminator, 12 Monos). Hay más exponentes: el viaje en el tiempo a descubrir (El planeta de los simios) y el viaje como aventura sin más, siempre deudor de la imaginación de Twain y su yanqui en la corte del rey arturo (El ejército de las tinieblas o en distintas variaciones El vuelo del navegante, Los visitantes o The Navigator) o también el viaje temporal (definición algo inexacta, en realidad es a una realidad alternativa) como discurso moralista acerca de lo que ocurre si no somos buenos (el modelo claro es Que bello es vivir con ejemplos posteriores como 13 going on 30 o Family Man). En Los Cronocrímenes el viaje nunca es un medio sino un accidente, y ni en el último plano esto cambia. El protagonista absoluto de la película de Nacho Vigalondo es el viajante y el que cambia, en todo caso, es él. El viaje es, apenas, una velada definición de su tragedia y no hay nada de fantástico (en un sentido espectacular y brillante) en el acto de viajar (y hasta en la melancólica Donnie Darko todo venía rodeado de miticismo con ese libro llamado The philosophy of Time Travel).


Puede que para descifrar esta pequeña obra, destinada a ser un tesoro debamos recurrir a la EC: al fin y al cabo, también sus viñetas enmascararon crónicas del terror verdadero de los 50 (I married a communist!) o reflexiones más profundas de la existencia del ser humano. Igual que para Al Federlstein, Vigalondo traza una reflexión similar a la de Dostoievski en Crimen y Castigo (tal vez la primera novela negra) adquiere un sentido mayor a través de un lenguaje que encaja con suma perfección, la metáfora sencilla pero no obvia y la iconografía más limpiamente pulp y folletinesca (que van desde una deliciosa máquina del tiempo hasta la célebre momia rosa)


Vigalondo ha aprendido de Hitchcock: prefiere admirarle que rendirle directa pleitesía, sabiendo que DePalma ya ofreció toda la reflexion barroca que podía. Así la película, concebida según su autor como Psicosis, tiene elementos de La ventana indiscreta y Vértigo: Héctor, encarnado por un sensacional Karra Elejalde, es un equivalente perfecto a la fisicidad crepuscular de Jimmy Stewart, protagonista de ambas. Si de la primera, parece adquirir su gusto por equiparar deseo y mirada, de la segunda adquiere una estructura de misterio inicial completamente inexplicable y un delicioso clímax final hiperbólico, doblando siempre los giros hacia lados más lógicos. Pero, debo señalar, que estamos ante una mirada única y hasta insobornable: Vigalondo es capaz de introducir gotas de humor absurdo hacia situaciones ampliamente asimiladas por el cine anterior de viajes temporales y convertir en cuestionamiento lo que, de entrada, siempre funciona. Cerrando su obra con un inolvidable plano secuencia, Vigalondo hace de la canción una arma perfectamente generacional y de su elegancia algo tan inteligente y disimulado, que pocos sabrán apreciar un tesoro de lo que Borges llamaba obras de imaginación razonada.

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