Nombre: La muchacha cortada en dos
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Romance
Director: Claude Chabrol
Año: 2007

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Pedro Felipe *

La muchacha cortada en dos (2007)

¿Chabrol o chambón?

A principios del siglo pasado un suceso conmocionó a Nueva York. El arquitecto Standford White fue asesinado por el rico y prepotente esposo de su ex amante, una bailarina de quien se había enamorado y posteriormente alejado para no tener que lidiar con los problemas que suelen presentarse en ese tipo de situaciones. Esa es la historia que La muchacha cortada en dos recrea y adapta: en vez de una bailarina tenemos una presentadora del informe meteorológico (Gabrielle Deneige, interpretada por Ludivine Salinger); reemplazando al arquitecto hay un escritor ganador del Goncourt (François Berléand); y como rico heredero... otro rico heredero (Paul Gaudens, Benoît Magimel). Todo lo anterior orquestado por Claude Chabrol.

Antes de tratar de explicar por qué esta película me dejó tan aburrido y hasta de mal genio tengo que señalar que TODAS las películas de ese director me han dejado aburrido y de mal genio. Del casi medio centenar de filmes que ha hecho ese autor no habré visto más de seis, gracias a Dios, y siempre obligado por la curiosidad de saber por qué diablos Chabrol ha logrado hacer carrera como cineasta y —digamos— Sergio Cabrera no. La muchacha cortada en dos no me ha permitido dar con la respuesta. Más bien al contrario: ha ahondado el misterio.

Como estamos en el planeta Chabrol es obvio que los personajes de la película pertenecen a una burguesía egoísta, la cual cree haber aceitado la maquinaria de su decadencia, olvidando el grano de arena que circula desde el principio de la película. Si dejáramos que la cinta hablara por sí misma no me cabe duda de que se auto compararía con cualquier cosa: con las novelas de Moravia (en particular con las versiones cinematográficas de Los indiferentes y El desprecio) o con los hitos de disección social de Buñuel (El ángel exterminador o El discreto encanto de la burguesía). Pero no la vamos a dejar hablar por sí misma, ni mucho menos: en La muchacha cortada en dos el papel desempeñado por la burguesía consiste encarnar pasiones baratas, gestos falsamente prosopopéyicos, y fantasmas vulgares vecinos del porno chic expuestos con ingenuidad balzaciana. No hay un solo personaje que no diga un cliché presentado a punta de vudú cinematográfico como una punch line brillante.

¿Y bueno, me dirá un desprevenido lector, a ti que te importa que los personajes sean tontos? Lo que cuenta es que la película se sostenga, lo cual se consigue muchas veces justamente gracias a personajes-marionetas. Que te guste o no es otro cantar).

Acepto que no me gusta el mundo visto desde la perspectiva de Chabrol. Él tiene derecho a alimentar su ambigua relación con el dinero y el poder, y sus admiradores a decir que sus cintas son una crítica feroz a una burguesía francesa recta en apariencia, pero llena de odio y de vicios en su interior. (Sobre Match Point se podría decir lo mismo, con la diferencia de que esa obra maestra del irregular Allen sí se merecería esas palabras).

Sucede que a Chabrol no le creo. Me hace pensar en un niño que dice con razón que el emperador está desnudo, pero no inspirado por el sentido común sino por el gusto que le da entrar en los jueguitos de los rumores y contra rumores de los cortesanos: lo dice sólo para aumentar la tensión narrativa, pues en el fondo cree que el dirigente sí está arropado por una sutilísima tela digna de los más altos modistos. En otras palabras, su actitud me hace pensar en Pilar Castaño criticando el proceso de paz emprendido por Uribe y las autodefensas.

No cabe duda de que La muchacha cortada en dos no le hace daño a la humanidad, pero a mí me hizo pasar un mal rato y no estoy dispuesto a terminar esta reseña sin convencer a dos o tres lectores de ochoymedio de que no vayan a verla, y de ser posible de lanzar un boicot contra la obra de Chabrol. Pasaremos pues de las causas subjetivas a las razones objetivas de mi blitzkreig contra el trabajo del heptagenario autor.

Se supone que Chabrol es un director que sabe contar historias, dirigir actores y crear escenarios. Después de haber filmado kilómetros de celuloide es lo menos que uno puede esperar. Y nada de eso es cierto, no por lo menos en La muchacha cortada en dos (ni en La Flor del mal, otra desagradable película), pues la historia se cuenta sola (la peli en cuestión es un remake de la süave La muchacha del columpio), la dirección de actores se limita a colgarles etiquetas dignas de una serie de televisión (ser sexy, o prepotente, o inestable, o sensible, o confundido, o lo que sea), y los escenarios construidos con el fin de deslumbrar (a veces de manera barata, como es el caso del estudio de televisión en donde trabaja la chica), mas nunca para brindar un cimiento en el cual los personajes puedan evolucionar correctamente.

Las actuaciones, pues, dependen de los actores. Ludivine Sagnier hace más o menos lo mismo que en todas sus películas: se pavonea encendiendo pasiones consciente de lo bizcocha que es (disculpen la expresión, pero yo nací en Manizales y no estoy dispuesto a traicionar mis regionalismos), sin preocuparse por matizar sus gestos o sus diálogos: "Yo soy deseable, y con eso basta" (Una gran parte de la responsabilidad de semejante catástrofe para el cine francés recae sobre François Ozon, cuya internacional carrera también constituye un misterio insondable). Benoît Magimel, tan preciso en La Pianista de Michael Haneke, se limita a ser "don prepotente desequilibrado", y uno se pregunta: ¿qué sería de su papel sin el vestuario? Respecto a François Berléand... pues nada: él es un gran actor, pero un papel secundario no basta para salvar una obra gaseosa como La muchacha cortada en dos.

Virgencita del Carmen: Te prometo no volver a ver ninguna película de Chabrol. Como contrapartida sólo te pido un nuevo Truffaut. En vos confío.    

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