Nombre: La reina
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Histórica
Director: Stephen Frears
País: Reino Unido
Año: 2006

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Pedro Felipe * *

La reina (2006)

Monarchy in the UK

Las películas de Stephen Frears suelen ser impecables. Bien actuadas, bien iluminadas, bien editadas, y por supuesto bien dirigidas. La reina no es la excepción y el rosario de premios que sea ha ganado —en gran medida gracias al excelente trabajo de Helen Mirren— son una prueba contundente de que tanto a la crítica como al público los ha dejado satisfechos. Ahora bien, si quien escribe estas líneas reconoce que se trata de una cinta lograda y finamente actuada, ¿a qué se deben las dos miserables estrellitas que con tacañería le ha otorgado?

Para no darle vueltas al asunto revelaré que mi desfavorable opinión se debe a dos largas conversaciones que sostuve con una persona que aprecio hasta las estrellas, pero cuyo nombre no revelaré por razones de seguridad (nada me garantiza que el MI6 no lea mis reseñas). Su argumento, al que me opuse en un principio con la tenacidad de una mula, consistía y consiste en que se trata de una gran estafa. En concreto, sostenía la citada persona, se trata de hacer pasar por personas sensibles y atribuladas a seres fríos y calculadores, confundiendo voluntariamente el engaño con el malentendido, la astucia con la valentía, y la presión de la opinión pública con el espíritu de nuestros tiempos (una expresión que dicho sea de paso no quiere decir nada). ¿Recuerdan el cuento del traje nuevo del emperador?

Comencé a sospechar que su feroz crítica a la película tenía sentido (por lo menos para mí) cuando advertí que cada vez que iba a decir algo sobre ella  comenzaba desvinculando a sus personajes de los seres en los que se inspiran, de modo que Tony Blair no fuera el perro faldero de Bush ni un responsable de crímenes de guerra por la cobarde e irresponsable invasión de Irak; que la reina Elizabeth II, por su parte, no fuese la encarnación y el símbolo máximo de la mayor y más duradera institución terrorista producida por la humanidad, es decir el Reino Unido en cuanto potencia colonial (ojo: hay muchas cosas inglesas que me gustan; los Sex Pistols por ejemplo); y que Diana, pobrecita, fuese sólo una señora muy amada por todo el mundo, casi una santa, que murió en un desafortunado ACCIDENTE de tránsito.

En lo que a mi respecta Stephen Frears es en esta película un genio, un sutil manipulador, pues me hizo ver como a una pobre viejecita bienintencionada —pero desfasada con respecto a su tiempo— a una mujer que encarna los valores que se oponen a mi presencia en este mundo: la tradición; la nobleza (de billetera y artillería, no de espíritu); los punk que no tienen el valor de reconocerse como tales y se autodenominan gentlemen; la irresponsable acumulación de poder; las piedras preciosas; los modales artificiales; el maquillaje que no es para jugar; el espíritu reaccionario inglés; la caza; las formalidades; las poses...  Ah, qué hermosa y qué falsa es esa escena en la que se compara a Elizabeth II con un cervatillo perseguido por los cazadores, como ella misma lo es por los perversos y ambiciosos medios de comunicación, que a través de los paparazzi acaban de matar a su nuera.

Y a propósito, ¿por qué Helen Mirren no imitó el irritante acento de Elizabeth-la-segunda (como sí lo hizo con el de Elizabeth a secas)? Yo le tengo la respuesta: porque ella es una gran actriz y sabe que para interpretar a un personaje con mal aliento no se necesita dejar de lavarse los dientes. Sea como sea, prefiero su trabajo en Age of Consent de Michael Powell.

Ahora me pregunto, queridos hermanos, en qué estaba pensando mi merced cuando vio a Tony Blair disfrazado de joven dinámico encargado de la transición, y tan sólo se dijo Mmm, no es así como lo recuerdo. Claro, al escribir estas líneas tengo la ventaja de saber que se trata de una ser grotesco, del César Gaviria inglés: capaz de vender a su madre y también a su abuela con tal de quedar bien con el Tío Sam, el cual —como todo el mundo sabe— distribuye las chambas de las organizaciones internacionales (¿En cuál puesto acaba de ser nombrado ese luminoso estratega por sus servicios en el Medio Oriente? ¿Ah...?).

Y Lady Di... A mí no me alegra que se haya matado; me daría igual que siguiese paseándose por medio mundo acompañada por multimillonarios dispuestos a consolar su infinita tristeza. De hecho, recuerdo que estábamos con mi familia desayunando y alguien dijo que había escuchado en la radio lo del accidente, y mi hermano respondió ¿Y qué? (He de advertir que antes de las once de la mañana es mejor no hablarle, a mi impotable hermano; pero su comentario resumió bastante bien la impresión que semejante noticia nos produjo). Respecto a lo de la Princesa del pueblo, no comprendo cómo tantas personas pueden utilizar ese término sin sonrojarse, pues ¿no es grotesco hablar de bondad cuando uno tiene una chequera infinita, alimentada por sucias fortunas que se quieren blanquear a través de nuestra buena imagen? (El anterior argumento se lo debo a al agudo Antonio Caballero, pero como he cancelado mi suscripción a Semana porque no me gustan las publicaciones falaces, ya no tengo acceso a sus ediciones anteriores y por eso no puedo citar con precisión).

Y el príncipe consorte, alias Philip, es presentado como un imbécil... Eso también es inexacto, pues desde hace años no abre la boca, probablemente debido a que sus comentarios racistas en recepciones oficiales le trajeron problemas. Así que nada nos garantiza que siga siendo por lo menos tan estúpido como durante los primeros años de reinado de su señora esposa.

En conclusión, he sido particularmente duro con La reina por razones ideológicas. Si esta reseña hubiese sido escrita hace treinta años, es probable que esa perspectiva —la ideológica— fuese la única posible. Reconozco que a veces me parece algo coñazo que no me dejen disfrutar mi blockbuster del verano que dizque porque se gastaron haciéndolo muchos millones de dólares que habrían podido consagrar a mejorar la vida sobre el planeta Tierra. Pero hasta yo tengo un límite, y le atribuyo un gran valor a la conversación que me abrió los ojos y me ha evitado pensar:

La Princesa ha muerto, ¡Viva la Reina!

 

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