Nombre: Secretos íntimos
Categorías: Drama, Comedia, Erótico, Basado en una novela
Director: Todd Field
País: Estados Unidos
Año: 2006

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Alejandro Martin Maldonado

Secretos íntimos (2006)

Sobre la madurez

Confuso y desacomodado, profundamente tocado en unos momentos y disgustado por la manera como se trataron tantos otros, salí de esta película pensando que tendría que escribir sobre ella. Es de las películas que prefiero no calificar, no tomar una decisión definitiva sobre si es buena o mala. En principio, una que preferiría que fueran a ver antes de leer este comentario, para que la vivieran, la odiaran o la quisieran según su propia experiencia.

En la película están muchas de las preguntas que me atormentan por las mañanas cuando no logro salir de las cobijas, o en la ducha cuando después de los primeros minutos se me baja la presión y me quedo en ese estado nublado reflexivo lleno de intuiciones que me parecen brillantes y dispersiones que siento ya como parte un complot que me hago para no ir definitivamente hacia ningún lado. La cuestión principal de la película tiene que ver justamemten con el tema que le da el título en inglés: Little children (niñitos) y es la cuestión de la madurez, de la imposibilidad de madurar.

¿Es esta una época en la que resulta especialmente difícil madurar o ha sido así siempre? ¿Qué quiere decir "madurar? ¿Debemos madurar? Los protagonistas parecen incapaces de crecer, de tomar decisiones, de escoger un camino. A la manera de la imagen más fuerte de la película, cuando la hijita de Sarah se queda encantada mirando los insectos danzar alrededor de la lámpara, ellos van dejándose “distraer” por una serie de eventos. Pero no se toman nada en serio, ni se comprometen de verdad con nada.

Por otro lado está la cuestión del matrimonio. Ilusamente hace unos años yo llegué a pensar que en mi generación los matrimonios durarían, que los hijos de una generación de divorcios intentarían cambiar las cosas. Muy al contrario, parece que los divorcios se van haciendo cada día lo más normal hasta el punto que parece que seguir creyendo en el matrimonio como algo para toda la vida resulta ser un total contrasentido.

Pero más allá de un espíritu conservador que se duele por la “pérdida de las instituciones” está para mí lo que parece subrayarse en una y otra película y en una y otra experiencia: el infierno del matrimonio.

Más allá de la época en que se puso en cuestión el matrimonio como institución y como estructura de poder lo que parecemos encontrar ahora repetidamente es la cuestión de la incapacidad de la convivencia, de la anulación de cada uno en la pareja, de la imposibilidad de que la atracción se conserve. En lugar del círculo virtuoso que está en la concepción romántica del matrimonio, parecemos chocarnos con la realidad de que toda relación se gasta, se corrompe, se disuelve y no sólo eso, sino que termina convirtiéndose en enemiga de sí misma, en enemiga de los dos que une y que mas bien parece querer acabar con ellos.

En el matrimonio la ambigüedad del amor se enfrenta con la realidad del día a día. ¿En qué consiste el amor? ¿Qué se está dispuesto a hacer por amor? ¿O más bien, simplemente, qué se está dispuesto a hacer por el otro, por los dos? ¿No es eso, y no algo más, el amor? El amor como sentimiento, el amor como voluntad, el amor como disposición. El amor y el enamoramiento.

Y el deseo. Nos hemos acostumbrado a separar a tal punto el amor y el deseo que nos cuesta entenderlos como una sola cosa. ¿Qué quiere decir la pérdida del deseo en una pareja? ¿Es inevitable? ¿Cómo mantener una relación cuando ahora se desea a todos menos al compañero? Parecemos vivir en unos tiempos en los que el deseo, a la vez que sigue marcado con el signo del pecado, por otro lado es la fuerza vital que motiva todas nuestras acciones.

En ese mundo de consideraciones se mueven tanto los protagonistas de la historia como el autor de la novela en que está basada y que colabora en el guión (Tom Perrota), y el director de la película (Todd Field) que hace unos años sorprendió con el durísimo drama In the bedroom. Tiendo a estar de acuerdo con la opinión del crítico de Salon, Andrew O’Hehir: la película es menos de lo que quisiera ser. Aspira a ser Magnolia, pero se queda corta. El manejo de la cámara y del montaje es impecable, nos va metiendo en esos ambientes, rodea a los personajes principales de manera que casi los toca y nos deja sentir su piel y sus dudas, hasta el punto de sentir que estamos contemplando la obra clásica. Sin embargo siempre sucede algo que nos saca. Ante el cuidado con que nos presenta a Sarah (Kate Winslet) y Brad (Patrick Wilson) se choca la superficialidad con que despacha a sus parejas. El marido de Sarah resulta ser una caricatura ridícula, y la mujer de Brad, la preciosa Jennifer Connelly, nunca está a la altura de lo que nos dicen que debe ser. La premisa desestabilizadora de la película, la presencia en el barrio de ese “pervertido”, nunca se inserta del todo en la trama y resulta, en su voluntad de perturbar, como algo más bien desagradable y cómico en el peor sentido. Al contrario de Magnolia en la que todos los personajes son igual de protagonistas, aquí, los personajes marginales: el pervertido y el ex-policía obsesionado con él, resultan tan caricaturescos como los maridos y distraen más de lo que aportan al eje de la historia. La voz en off no termina de funcionar y más allá de darle un tono literario innecesario no consigue realmente aportar un personaje “divino” significativo; además aquellas secuencias en las que es absoluta protagonista (los partidos de fútbol nocturnos) son presentadas en un tono humorístico que resulta ridículo y molesto. Enfrentado a eso, está todo eso tan bien realizado: la sutil tensión con que se presentan los diálogos en en el parque de los columpios con las "amas de casa desesperadas", las cómplices e inteligentes viejas del club de lectura, la recreación meticulosa del ambiente caluroso de la piscina en el que el deseo se va apoderando de la relación de la pareja, y por encima de todo: esos dos niños, que apenas siendo mostrados, aparecen mucho más complejos e incomprensibles que todos los adultos de la película.

Al contrario que O’Hehir, no juzgo a la película con el juicio de la historia (que según su opinión habrá de condenarla al olvido). Yo la miro ahora, la recuerdo desde el día siguiente, y vuelvo a todo eso que me dejó pensando. Agradezco esa inquietud que me metió en la espalda. Admiro que se le midiera al reto, que se tomara con seriedad el drama, que quisiera a sus personajes. Recuerdo con emoción esa voluntad de hacer cine de verdad, de crear tensiones, de cuidar cada toma y cada suspiro de los actores. Quise y odié a Sarah. Me identifiqué con Brad y eso me hizo poner en duda muchas cosas que hasta ese momento pensé que tenía claras. ¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar? ¿Con qué decisiones seré capaz de ser consistente?

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