Nombre: Caricias
Director: Ventura Pons
Año: 1998

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Alexander Amezquita Pizo * * * *

Caricias (1998)

Caricias

Debemos agradecer a quienes con una mirada, volcada hacía si mismo, son capaces de ver que la miseria no perdona latitudes, posiciones económicas, religión o raza.

Cuando vi por primera vez esta película catalana, logró sorprenderme una Barcelona hostil y mezquina que poco a poco le patea el culo a los habitantes anónimos, aquellos que la prensa llama “la gente del común”, como si no tuviesen valor, y que al final sirven para engrosar los diarios, los noticieros y estas bellas historias narradas con el ojo simple de un director que vive, día a día, este encanto de ciudad llamada Barcelona donde también la gente se tira pedos.

Una historia que surge de la falta de afecto, de la desazón de hombres y mujeres que, incansables, buscan un poco de cariño, un sentimiento de deseo, un “ser importante para alguien”, en otras palabras: una caricia; que en este film termina siendo como una odiosa bofetada que despierta a cualquiera de su más dulce sueño. De allí a la pesadilla de molestar a los vecinos por un poco de aceite de oliva, después que su mujer pisoteara su cara. O mejor, de querer tirarse al papa para disfrutar de aquel coche nuevo parqueado abajo.

¿Que asco? ¿No le parece? Es mejor que no. Porque en la vida real, sí, aquí, en esta, cada día se vive una miseria que puede ser la nuestra.

Con una narración fragmentada en escenas de dos personajes que, como transcurren los fotogramas, vemos que se encuentran en los mismos sitios: el metro, un parque, las escaleras de acceso de un edificio, en fin lugares y roces entre personajes que, a pesar de ser verosímiles, son tan perfectos que en algún momento hacen evidente que atrás existe alguien que quiere contarnos eso que está pasando. Puede ser que me moleste un poco, pero es sólo un poco.

La soledad, que se pasea como “Pedro por su casa” por esta película, hace de los personajes los seres más miserables de una sociedad moderna, acomodada y conformista.

Personajes que sin la capacidad de escuchar al otro se lanzan en una retahíla incoherente frente a un receptor sordo. Dialogo vacío entre dos individuos. Hablan sin escuchar / escuchan sin oír.

Además de la soledad, se pasean junto a ella la agresividad, la vejez, la discriminación, la incapacidad de hablar, el dolor de alma, la imposibilidad de recordar que todos andamos buscando una caricia. ¿Dónde? en la teve, en el trago de licor, en la fumada, en la compañía de un amigo, en la bofetada que, creemos, todavía es una caricia.

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