Nombre: Karmma
Categorías: Drama, Basado en hechos reales
Director: Orlando Pardo
Año: 2006

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Diego Guerra ½

Karmma (2006)

Dilemma moral

Dicen las malas lenguas que Karmma, la película de Orlando Pardo, fue financiada lavando dinero de los paramilitares. Yo estoy convencido de que tal rumor es infundado (tal vez causado por esa malsana envidia que reina en el medio cinematográfico), y que más bien, gracias a la Ley de Cine actualmente vigente en Colombia, que ofrece espléndidos beneficios tributarios a los donantes e inversionistas del cine nacional, no resultó difícil a los productores de esta película encontrar financiamiento legal en transparentes dineros de probos empresarios colombianos, que habrían decidido invertir en la emergente industria cinematográfica nacional, y que gracias a ello hoy la cinta se exhibe en las salas de Bogotá y otras importantes ciudades del país. Lo que sí es cierto es que la ideología que esta película exhuda definitivamente es muy afín con la de la ultraderecha más radical. Aparte de eso, está muy mal hecha.

Y me explico, cuándo salí de ver “Soñar no cuesta nada“, me escandalicé un poco, ante la idea de que ahora surgiera un nuevo cine de derecha en el país, un cine amigo del sector más oficialista, un cine que promulgue los sagrados valores de la tradición, la familia y la propiedad, y por ende, un cine de calidad muy escasa y de contenidos muy pobres, equivalente absoluto a nuestra mediocre televisión. Y me explico más, durante años la desigual y escasa cinematografía local ha estado casi copada por realizadores afines a la izquierda, que han tratado en sus películas el tema del conflicto armado, mostrando casi siempre un sólo lado del problema, ése en el que el ejército regular, en contuvernio con ilegitimos cuerpos de las autodefensas, ha cometido, o impulsado, crímenes de lesa humanidad, lo cuál en Colombia desde luego que ha ocurrido. Lo único es que estas bien intencionadas películas (La primera Noche, Edipo Alcalde, La sombra del caminante, Soplo de vida), así sea por omisión, dejan a los grupos guerrilleros como los menos malos del paseo; cuando no en ocasiones, por afirmación categórica (Bolívar soy yo, Golpe de estadio), los pintan abiertamente como unos luchadores idealistas, defensores de causas justas. Haciendo cualquiera de las dos cosas, TODOS los realizadores de las cintas mencionadas se han equivocado, aparte de que han hecho películas en mayor o menor medida fallidas, a años luz de verdaderas obras de arte, como el Underground de Kusturica, o el No Man’s Land de Danis Tanovic, que tratan también sobre conflictos armados complejos, vigentes y sí, muy difíciles de plasmar en ficción sin caer en posturas maníqueas.

Aunque siempre menos infame que cualquier producto de Dago García, la exitosa, pero muy mediocre “Soñar no cuesta nada”, plantea una irresponsable trivialización de un tema muy serio, que además abrió la puerta a un cine que mira las cosas desde el otro polo (igual de obtuso, igual de estúpido), que muestra ahora a los guerrilleros como criminales despiadados (que lo son), y por omisión o afirmación, a la iglesia, el ejército y el estado como entes sacrosantos. Pero con Karmma se va mucho más lejos. Nos cuentan la historia de un noble hacendado (Julio Medina) que se ha ganado el respeto, y el cariño, de sus empleados (Edgardo Román como el sirviente fiel, haciendo aquí el papel más indigno de toda su carrera). Este bondadoso hacendado tiene una esposa anodina (Lus Stella Luengas), una hija rebelde (Diana Angel, a sus más de 30, haciendo de niña de 20) y un hijo delincuente (el muy poco convincente Juan Sebastián Mogollón, que comanda una banda de secuestradores bastante ridículos). Este hijo díscolo de nuestro Rey Lear es engatusado por otro inescrupuloso hacendado (el acartonadísimo Luis Fernando Múnera), y termina sin saberlo, secuestrando a su propio padre, lo cuál lo llevará a enfrentar un grave dilemma moral, a cuestionarse lo impropio de sus actos y sufrir en carne propia la tragedia de todos los familiares de los secuestrados. Por su parte, en una de las secuencias menos creíbles que se han registrado en 35mm, el valiente hacendado logra escapar de los muy torpes guerrilleros cabalgando en una veloz mula, pero todo es inútil, en las escasas 48 horas que ha durado su secuestro, el anciano ha padecido una extraña variación del síndrome de Estocolmo (no se enamora de sus captores, pero pierde el amor por todos los demás), ha descubierto que toda su vida no tiene sentido, y al llegar a un pueblo donde es acogido por un pelotón de soldados, decide, en otra de las secuencias más inverosímiles que ha registrado el celuloide, regresar a la selva, donde se encuentra con su hijo, quien también ha padecido una profunda transformación, de secuestrador sin escrúpulos, a hijo pródigo. Juntos, padre e hijo emprenden un penoso viaje, (iniciático o algo así?), donde el joven ex secuestrador demuestra absolutas dotes de comando entrenado, abriéndose paso entre la maleza llevando a rastras a su padre herido de vuelta a la finca. Pero el anciano ha decidido renunciar a su vida, ha descubierto que quiere alejarse de todo, y sólo ha venido hasta la finca por su hija, pero en lugar de encontrar a ésta consigue a su esposa en la cama con el hacendado sin escrupulos que lo hizo secuestrar. Y así se cierra el Karmma (que no el karma).

Estamos hablando de una película que, sin llegar a estar tan mal hecha como “El trato“, del muy venido a menos Francisco Norden, tiene un guión absurdo, unos diálogos ridículos y una narración en off lamentable; las situaciones inverosímiles antes mencionadas y otras muchas más. Karmma abusa de forma arbitraria y vulgar del steady cam, los jumpcuts y otros efectos siempre inapropiados; tiene constantes errores de script, incontables saltos de eje injustificados, y está llena de momentos supuestamente dramáticos que en realidad son risibles. Eso sumado a que hace ostentación de un muy mal gusto y de un tufillo reaccionario que hacen que Karmma, así con dos emes como señala el absurdo capricho de su iletrado director, con holgura derroque a todas las candidatas al podio de la peor película colombiana de todos los tiempos: After Party, Bolívar el héroe, Desasosiego, El trato… convirtiéndose en el hito absoluto de todo lo que una película jamás debe ser.

No nos llamemos a error, la historia de Colombia, hecha como está a sangre y fuego, no debe obviarse, cómo piensan algunos. Debe contarse, en películas, en libros, incluso en cómics… pero con dignidad, con propiedad y con elegancia. Sólo cuándo eso se logre podremos ir entendiendo que es lo que ocurre en este extraño país, y encontremos tal vez alguna forma de mejorarlo, aunque sea un poquito.

Publicado originalmente en 68 revoluciones

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