Nombre: La vida de los otros
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Guerra, Histórica, De época
Director: Florian Henckel von Donnersmarck
País: Alemania
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Pablo Camacho * * * *
Javier Moreno * * * *

La vida de los otros (2006)

El trabajo de mis sueños.

Cuando yo era más joven e inocente, mi lista de trabajos soñados incluía, entre otros, ser astronauta, estafador, Vincent Cassel y agente represivo de un estado. Son cosas que uno se imagina sin ahondar en las consecuencias morales que lo harían desanimarse y claudicar semejantes pretenciones. Me imaginaba por ejemplo siendo censor de un régimen, controlando la información que los ciudadanos reciben y manipulándola a discresión para hacerla más acorde a la que quiera que fuera la ideología reinante. Hay algo sabroso que viene con poder hacer cosas así, ¿no les parece?. De ser el censor, nada me estaría censurado; todo (lo que sí y lo que no) pasaría antes mis ojos antes de ser proyectado o leido, antes de ser inyectado en el sistema. Sería un testigo privilegiado de todas las vanguardias, el editor universal.

Otra opción, claro, era espiar las vidas de los otros. Verlos vivir sin ser visto, registrar sus historias, manipularlas. Lo que está en juego, de nuevo, lo que disfrutaría de un oficio como ese, sería el control sobre información. Información pública en el primer caso y privada en el segundo. Lo global y lo local. La masa y el individuo. La información que moldea y la que define, la que lo resguarda de no ser nada.

Pero dado que no soy lo suficientemente malo o lo suficientemente cínico como para dedicarme cosas así, me resigno a mirar a la gente e imaginar que puedo espiarlos al hablar, o al verlos pasar, que puedo exprimirlos si escucho bien, si sé observar, si sé fijar mi atención en los detalles importantes, si sé escabullirme tras las máscaras que todos cargan. Luego, a veces, escribo piezas de teatro sobre esos que imagino que son, y así los controlo privadamente, sin hacerles daño, así de bueno soy. Los escribo resignados a mi control y mi protección, los hago ser dentro de nuevos espacios cuyas dinámicas de causalidad y eventualidad están, eso creo, completamente a mi merced. Tal vez no sean los mismos, pero da igual. Si alguien los destruye, fui yo. Si alguien los salva, también fui yo. Yo soy su estado represor.

Observar a la gente es fácil, pero a veces requiere participar, tomar parte de las historias que registra. Es un riesgo que hay que correr. A veces alimento una ficción durante meses ordeñándola de las vidas de los conocidos y de repente, tal vez por intentar adaptar lo real a lo imaginado, me veo envuelto en ella también, me observo de lejos, y no me reconozco hasta que ya no hay nada qué hacer. Entonces, encerrado dentro de los límites del escenario que me autoimpuse, me doy cuenta de que aunque puedo salvar y destruir, nada me salva, así que me doy vuelta hacia el público, hacia el director en la penumbra, suspiro, sonrío y, sin prestar atención al guión, actúo; hago lo que tengo que hacer.

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