Nombre: Buenos muchachos
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Basado en una novela, Biográfica, Histórica, De época
Director: Martin Scorsese
País: Estados Unidos
Año: 1990

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Luis Fernando Afanador Perez * * * *

Buenos muchachos (1990)

Crónica de una derrota

Esta película, sin duda, pasará a la historia del cine como una de las mejores sobre la mafia. Pero, vale la pena aclararlo, no se trata de una saga al estilo El Padrino o Érase una vez en América sino de una historia de ascenso y caída: la crónica de un soldado menor destinado a ser destruido.

La primera secuencia ya da el tono y el ritmo de una narración contundente. Henry Hill (Ray Liotta), Jimmy Conway (Robert de Niro) y Tommy de Vito (Joe Pesci) van –en apariencia- huyendo en un carro y unos golpes extraños los obligan a detenerse. Pronto descubren el origen de los golpes: provienen del baúl. Se detienen, abren el baúl y aparece un hombre ensangrentado. Estaba vivo aquel que habían querido matar. Entonces, lo rematan violentamente. De inmediato se escucha una música suave y melodiosa y pasamos a otra escena: Henry Hill a los 13 años que habla en off y empieza a contarnos que su sueño es ser un mafioso. Él no aspira a ser presidente de los Estados Unidos sino un mafioso como Paul Cicero que no hace cola en las tiendas, conduce Cadillacs y en su barrio de Nueva York East es respetado por todos, incluida la policía. Es alguien en un lugar poblado de gente que no es nadie.

En pocos minutos Scorsese ha definido unos personajes, un mundo y la historia que va a contar: la vida de Henry Hill, el hijo de una siciliana y de un irlandés que desde muy joven ingresó al clan de la familia Pauline. Un relato que abarcará más de 40 años pero que va ser reducido a lo esencial y no va a ser contado en orden estrictamente cronológico para darle mayor intensidad. Cuatro años en la cárcel pasan veloces y de pronto la narración se vuelve minuciosa: en un largo y notable travelling Henry Hill llega al Copacabana –el sitio de moda- a ver un show con su reciente novia Karen (Lorraine Bracco), una judía de una familia acomodada a quien quiere impresionar: da propina para no tener que parquear, entra sin hacer cola por otra puerta y sigue abriendo otras puertas con sus propinas mágicas hasta que llegan al lado del famoso cantante y unos meseros sacan de la nada una mesa, dos sillas y, el adorno del moño, dos copas de champaña. La cámara los ha seguido sin despegárseles para que sintamos el vértigo y los privilegios del poder que ellos sienten en esa vida: por tener esos efímeros privilegios roban, matan y están dispuestos a hacer cualquier cosa. “Todos se dejaban comprar, todos extendían la mano”, dirá después el delator Henry Hill en el juicio contra Jimmy Conway y Paul Cicero.

Un modo de vida cruel, vano, estúpido y condenado al fracaso. Sin embargo, esplendoroso y lleno de acción en el recuerdo de Henry Hill y desde la perspectiva de su nueva vida gris y anónima del plan de protección de testigos al cual se acoge para salvarse de una muerte inminente: “ahora tengo que esperar como todos los demás”. Desde luego que esa “parábola existencial” da lugar interesantes reflexiones. No sólo porque es una parodia perversa del sueño americano sino porque se trata de una realidad de aterradora vigencia. Cada cual sacará sus propias conclusiones y de alguna manera esta película lleva implícito un cuestionamiento. Pero Scorsese antes que un moralista es un artista: él quiere mostrar ese mundo en detalle, reconstruirlo a la manera de un arqueólogo: cómo vivían esos mafiosos, cómo comían, amaban, se vestían, se divertían y urdían sus robos y sus crímenes. La cámara inquieta de Scorsese lo revela desde adentro y los blues y el rock dan el golpe de gracia emocional. (Es un lugar común elogiar la música de sus películas pero hay que reiterarlo: Scorsese ha utilizado como nadie el poder evocador de la música).

Como se sabe, Henry Hill existió y en prisión le contó en detalle su vida a Nicolas Pileggy quien a partir de su testimonio escribió la novela Wisguy: Life in a Mafia Family. Un valioso material rico en detalles que le hizo decir al regocijado arqueólogo Scorsese cuando lo leyó: “Es el libro que he estado esperando por años”. Pileggy fue coguionista de este proyecto y esa es otra fortaleza de esta brillante crónica cinematográfica que, sin embargo, no le sirvió en su oportunidad para ganar el Oscar que obtendría finalmente por Los infiltrados, una obra inferior en comparación. Pero así son los premios, arbitrarios e impredecibles. Aunque, por fortuna, en este caso no hubo injusticia, sólo un poco de retardo. Scorsese es un gran director: quien tenga alguna duda aquí encontrará la prueba reina.

 

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