Nombre: Casino
Director: Martin Scorsese
Año: 1995

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Samuel Castro * * * *

Casino (1995)

El juego de la vida

Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos la llevo perdida.

"Relato de Sergio Stepansky", León de Greiff

¿Qué pensaría Johann Sebastian Bach el día del estreno en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig de su “Pasión según San Mateo”, si alguien le hubiera dicho que muchos años después, un director de cine estadounidense usaría esas mismas notas para él sagradas, en la representación de la muerte de un tahúr y apostador, y luego en una secuencia inicial que compara las luces de neón y los foquitos titilantes de Las Vegas, con el infierno? Probablemente, como cualquiera que vea “Casino”, pensaría que no había otra elección posible, y que aquella era la única música apropiada para el momento.

Porque esa es una de las características del cine de Martin Scorsese, la certeza de sus elecciones: escoger la canción perfecta para el momento que aparece Sharon Stone, como una diosa caníbal que lanza fichas de casino por los aires mientras se ríe de su propia astucia; elegirla a ella para ese papel de prostituta frágil y fuerte al mismo tiempo; repetir con la misma dupla fantástica que en Raging Bull y Goodfellas formaron Robert De Niro y Joe Pesci. Decisiones impecables, como las de atraer a su equipo de trabajo a talentos que ya se habían destacado con otros directores (Robert Richardson, director de fotografía que filmaba con Oliver Stone, Dante Ferretti, el diseñador de producción de Fellini, que aquí hace una impecable reconstrucción de Las Vegas en los años 70) para aprovecharse de sus talentos y mantener la fidelidad a su editora de siempre, la genial Thelma Schoonmaker.

Las elecciones de Scorsese son las que hacen que su cine no sea “realista” en el sentido que el cine de hoy le da al término. Él no necesita una cámara en mano temblorosa, o planos generales que nos muestran las mismas calles sucias de todas las ciudades del mundo fotografiadas en paletas de azules para que su cine se parezca a la vida: si cada plano de sus cintas está planeado cuidadosamente, si cada movimiento de cámara demuestra ser el de una mirada imposible en la “vida real” es porque detrás hay un tipo que sabe que lo lindo de las películas es precisamente que tengan su propia lógica, aunque no sea la lógica del día a día. Así, escoge dos narradores en off (al final, en un trocito de la película hay un tercero) en vez de uno y nos parece creíble; elige que la secuencia inicial sea mentirosa (ese no es el verdadero final del protagonista) y nadie le reprocha su “error de script”; hace que el matón más cruel de su película sea un tipejo gordo y bajito que se enfrenta con éxito a grandulones de dos metros, y a todos nos parece posible. Porque el cine es COMO la vida, y no es la vida, a pesar de lo que piensen algunos. Esa es su fortaleza, no su debilidad. Martin Scorsese sabe que para hacer historias que causen identificación, que nos emocionen, no hay que imitar lo que vemos a nuestro alrededor, hay que crear un mundo que tenga sus propias leyes en el que podamos creer.

Ese mundo que retrata Casino es el del juego y el azar, el de la trampa y el engaño como forma de vida, donde Las Vegas es el cielo que llega a tener en sus manos Sam “Ace” Rothstein al dirigir el casino “Tangiers” con el cuidado y el detalle de un artista y que pierde por su obstinada convicción de tener siempre la razón. Al comienzo, para que podamos ser parte de ese mundo, Scorsese describe paso a paso su cotidianidad: las remesas de de ganancias a la mafia en una maleta llena de dinero que la cámara persigue con deleite, el castigo a los tramposos que incluye las tomas de violencia brutal y directa que son su marca, la desconfianza necesaria para sobrevivir (cada mirada, cada gesto de los actores nos dice eso). Además nos presenta al personaje principal, interpretado magistralmente por Robert De Niro, y a su compinche del hampa, Nicky Santoro (Joe Pesci), el lado racional y la cara violenta de la misma cultura. Seres complementarios que se necesitan y se protegen mutuamente, hasta que llega Ginger, el personaje que compone Sharon Stone, una especie de musa decadente que logra enamorar a “Ace” y lo hace tomar su peor decisión: casarse con ella creyendo que la puede controlar, como si fuera una ruleta arreglada del casino.

Como el descenso a los infiernos que realmente es, “Casino” nos lleva a acompañar a los personajes protagónicos en su caída: “Ace” pierde su pequeña parcela de poder, pierde a su mujer y esa familia de mentiras que quiso edificar, Nicky se queda sin el respeto conseguido delito tras delito, al caer en el atractivo ritual de cocaína, mujeres y depravación que tiene a su alcance; y Ginger se va quebrando de a poquitos hasta convertirse en un remedo de sí misma, que muere sin orgullo en medio de la nada. Pero esa caída, como la caída de todos los antihéroes que adora Scorsese, es tan gloriosa y tan épica, tan parecida a un réquiem en su grandeza pesimista, que el espectador se regodea con la desgracia de los personajes; casi nos gusta que sufran de esa manera, como si estuviéramos en la tribuna salpicada de sangre de una gallera.

En otro de los artículos de este especial, alguien dice que de lo único que no se le puede acusar a Martin Scorsese es de falta de ambición, que incluso en sus películas menores el intento por alcanzar la grandeza, por hacer que cada secuencia nos corte la respiración -ya sea con los hechos narrados o con su belleza formal- es inspirador. Casino por fortuna, no es una película menor. Cuando termina sentimos que Las Vegas, esa mujer lejana y de vestido dorado de la que hemos oído hablar, nos permitió verla en ropa interior; que entendemos gracias a su protagonista qué significa “perder honrosamente” y que nuestra memoria acaba de llenarse con algunas imágenes que difícilmente se puedan borrar. La frase “basada en un hecho real” que aparece al principio, nos parece innecesaria y hasta tonta, pues la historia de Sam, de Nicky y de Ginger es tan real como un documental, porque el dios que creó ese mundo, ese dios miope de decisiones casi perfectas (parecido al nuestro) que se llama Martin Scorsese, nos ganó la partida con flor corrida.

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