Nombre: Infiltrados
Categorías: Drama, Acción, Suspenso, Policiaca, Crimen, Remake
Director: Martin Scorsese
País: Estados Unidos
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Pedro Felipe * * * *
Miguel Gualdrón
Mauricio Reina * * * ½

Infiltrados (2006)

Euforia y dolor de cabeza

Hoy me duele mucho la cabeza. Esto no parece nada nuevo. Lo nuevo, según creo, es el hecho de que nunca dejo, concientemente, que pase más de media hora de dolor sin tomarme algo. Hoy es distinto y no sé por qué, y me intriga bastante. Se siente, un poco, como un disparo en la cabeza: concentrado en un punto específico, exacto, con un dolor que, de todas formas, atraviesa el cráneo por completo, de tal manera que no puede hablarse correctamente de un punto, sino de una línea recta que se siente como un punto pero no lo es. Un disparo en la frente, inesperado, mortal, asombroso. Mientras escribo alguien me apunta de frente, pero no lo veo; me mira desde detrás del monitor, silencioso, esperando el momento justo en el que me dé cuenta y un pequeño atisbo de sorpresa se dibuje sobre mi cara. Sorpresa, no terror. Sorpresa, que es lo único que parece existir en la cara de aquellos que son, bla, sorprendidos, de una u otra manera, con un arma que apunta hacia ellos, y que deja apenas un par de segundos para que la expresión se dibuje levemente en sus caras. Nadie tiene miedo de morir; yo tampoco. Tengo miedo, en realidad, del dolor de cabeza que crece, del pequeño hilo que penetra mi cerebro y no me deja pensar: una vez termine el dolor, deja de existir el miedo.

No me asusté con ninguno de los disparos de The Departed, yo que me asusto con cualquier grito, disparo o puerta abriéndose en un cine. Y no me asusté, no porque no lo merezca lo abrupto, lo insperado, lo absurdo, sino porque estaba absorto en la historia que una y otra vez me asombraba, como si viera una película de mafias por primera vez y no supiera ya, gracias al cine, que el mundo es esa pequeña historia que se repite en Boston o en Hong Kong; una historia inverosímil y real. Me encontré, sorprendido, más bien eufórico, saltando en el asiento y pensando que, de todas maneras, quisiera estar ahí en algún momento, correr sobre las balas y recibir una que otra herida; hacer parte alguna del mundo. Pero hoy me duele de nuevo la cabeza y veo la pistola asomarse por la pantalla, y siento el hilo en mi cabeza, como un cordón de zapato que pasara por entre el hueco y rozara sus paredes, mi cerebro, libres de cualquier sustancia anestesiante. Y no sé muy bien cómo continuar esa sensación de euforia y reemplazar una más apática que viene siempre, de todas maneras, cuando los créditos de la pantalla se acaban y hay que cerrar los ojos porque prenden la luz, y, de nuevo, duele la cabeza.

Ese dolor, que es apatía lineal y no puntual, cuando The Departed se acaba, y esa euforia que es sorpresa y no terror, cuando todavía no se ha acabado, constituyen mi pequeño esquema de la película. Algo parece faltar cuando llega por fin el empleado del cine a sacarme: un túnel totalmente recto en mi cabeza, unos cuantos gramos de cerebro, el hilo de sangre que corre por la frente, hacia abajo... Un dolor de cabeza insoportable que no estaba ahí antes, mientras no tenía que considerar la película hacia atrás, y ni siquiera considerarla como película, y que comienza poco a poco una vez sé que, de alguna manera, no es más que una entre mil historias muy parecidas, muy parecidamente contada, no consecuente con la euforia de unos minutos antes. Imposible, entonces, pensar en repetirla por televisión.

 

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