Nombre: La edad de la inocencia
Categorías: Drama
Director: Martin Scorsese
Año: 1993

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Luis Fernando Afanador Perez * * * *

La edad de la inocencia (1993)

La improbable sonrisa de Ellen

La edad de la inocencia es aparentemente una película alejada por completo de la estética de Martin Scorsese. Ópera, aristocracia finisecular, grandes mansiones, elegantes vestidos y cenas exquisitas. ¿Qué tiene que ver esto con la sangre, los mafiosos y las “calles peligrosas” a que nos tenía acostumbrados? Parece más una película de Visconti; la excepción que confirma la regla. Pero sin necesidad hurgar tanto ni de profundizar demasiado, es fácil observar que tras los refinamientos y los finos modales en ese mundo de la alta sociedad neoyorquina de 1870 se vivía bajo unos estrictos y represivos códigos de comportamiento y se ejercía una violencia sutil e implacable contra cualquiera de sus miembros que osara rebelarse. “Aquí las familias no derraman sangre, pero matan igual, psicológicamente, para expulsar el cuerpo extraño, para salvar su pellejo”. Y bien mirado, Newland Archer (Daniel Day-Lewis) es el héroe típico de Scorsese, un hombre que vive en el infierno y es incapaz de encontrar la redención en esta vida: un perdedor.

Con esta cinta Scorsese no sólo plasmó su visión de mundo sino que cumplió un viejo sueño: contar una historia romántica, de amor imposible, sin sexo, donde toda la intensidad recae en una mirada y en unas manos que se rozan. Aunque su encuentro con La edad de la inocencia, la novela de Edith Wharton ganadora del primer premio Pulitzer en 1920, no fue un amor a primera vista. Un día de 1980 su viejo amigo, el crítico de cine Jay Cocks se le apareció con la novela de Warthon y le dijo: “Tú quieres hacer una obra romántica, pues bien: ésta es la tuya”. En ese momento Scorsese no se interesó en leerla porque estaba acabando de filmar Toro salvaje y tenía planeado seguir con El rey de la comedia. Fue sólo hasta 1987 que le llegó la hora. Su vida interior era más tranquila y el delicado paisaje de Inglaterra –Guardian lo había invitado a dar allí unas conferencias- propiciaron el encuentro con la historia de amor entre Newland Archer y Ellen Olenska (Michelle Pfeiffer). Se fascinó con su relación no consumada, su erotismo velado, su intento de comunicarse y la rica y detallada descripción que hacía Wharton de ese mundo, a su juicio, un verdadero documento antropológico. Le pidió a la Twentieth Century-Fox que comprara los derechos y en 1989, en apenas tres semanas, escribió el guión junto con Jay Cocks.

La versión de Scorsese-Cocks es bastante fiel al libro. “Mi impresión era que el libro es demasiado bueno, entonces, ¿para qué cambiarlo?”.  Scorsese, enemigo acérrimo de los “tres actos” de Holywood, esta vez  también hizo caso omiso de esa tiranía y prefirió la utilizar cartas como elementos narrativos para separar los distintos bloques del relato. Y los “encadenados”, un recurso poco usado hoy en día: veintiséis años de relato –bautizo y nacimiento de los hijos; muerte de la esposa- son contados sin salir de las cuatro paredes de una habitación. Hay una novedad que llama la atención. En la novela de Wharton, el punto de vista de la narración es el Newland Archer; en la cinta, hay una voz exterior femenina, una narradora omnisciente. Un cambio que trae sus beneficios. La voz en off da una idea aproximada de la fina narración del texto original. Y la omnisciencia no le evita a Acher la sorpresa final de descubrir cómo su clan orquestó los hilos de su destino bajo la batuta de su nada ingenua esposa May (Winona Ryder).

A medida que se sumergía en la filmación, Scorsese empezó a encontrar muchas afinidades personales. Las primeras series de televisión que vio en los Estados Unidos trataban de aquella época y en su memoria estaban muy presentes La heredera de William Wyler (basada en Washington Square, de Henry James, el gran escritor de esos ambientes aristocráticos y primo de Edith Warthon) y El Gatopardo de Visconti, que transcurre en hermosos palazzos de su natal Sicilia. Con un presupuesto de 34 millones de dólares, no escatimó en nada para reconstruir como un arqueólogo cada detalle. Las pinturas con motivos de paisajes, los candelabros, la vajilla de Sèvres, la ponchera romana en medio de la mesa, los arreglos florales, los bordados: todo tal y como fue en el siglo XIX. Una minuciosa investigación supervisada por Dante Ferreti, el ex director artístico de Federico Fellini. La acostumbrada cámara vertiginosa de Scorsese no se aquieta pero hace aquí lentos travellings y suaves movimientos de grúa para resaltar la enorme riqueza plástica de ese ambiente y para que el retrato de época sea convincente. Y no deja de sorprender con el repentino cambio de un primer plano de una lámpara o un rostro a un plano general de un baile o de una cena vista desde arriba. Michael Ballhaus, el director de fotografía, hace su aporte con la utilización de una “luz de gas” que resalta los objetos y los rostros.

Volver a ver esta película es confirmar que el decorado y la mueblería no le han quitado vivacidad a este drama. A pesar de la distancia histórica, la triste historia del malogrado  Newland Archer sigue vigente. Desperdiciar la vida con la persona equivocada por ceder a las convenciones sociales y a la propia cobardía, es una asunto que todavía nos conmueve. En una de las escenas emblemáticas, Newland observa a Ellen, de espaldas a él, mirando el mar. Un velero atraviesa el horizonte dorado y está a punto de pasar el faro de Newport. Si ella se da la vuelta antes de que esto ocurra –piensa Newland- me acerco. Ellen no lo hace. Sólo al final, en un flash-back mental, ella da la vuelta y sonríe. Cuando todo está perdido y lo ha derrotado la prosaica realidad, acude a consolarlo una imagen probable. Beatriz Portinari, que tampoco le sonrío a Dante en la vida real, esboza una sonrisa eterna en las páginas de la Comedia, antes de entrar al Paraíso. Son los pequeños triunfos del arte.

 

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