Nombre: Babel
Categorías: Drama, Política, Basado en hechos reales, Histórica
Director: Alejandro González Iñárritu
País: Francia
Año: 2006

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Alejandro Martin Maldonado * * ½

Babel (2006)

La sensación de una deuda

Es triste tener que criticar una película tan bien hecha como ésta. Me siento en una posición incómoda. Al verla, en muchos momentos tuve la sensación que nadie hoy está dirigiendo películas como González Iñárritu. Él tiene una capacidad para encontrar siempre la imagen precisa, el movimiento de cámara que es, el montaje perfecto. Con un sentido de lo cinematográfico que me recordó al de los grandes directores de películas de vaqueros (sobre todo los espectaculares, tipo Leone o Peckimpah). Pero, ¿para qué lo usa? En este caso le queda a uno la sensación de que todo eso es para nada.

Se pueden presentir una cantidad de ínfulas, se tiene la sensación de que él se siente diciendo cosas muy grandes, importantes. Pero al final parecen ser puras obviedades, y sobre todo, puros “mensajes” que no son reales experiencias cinematográficas, porque el espectador se queda exclusivamente con el agotamiento que producen esos dramas tan terribles. El tema anunciado en el título, la incomunicación, no es elaborado de manera que uno pueda sentir su inmensa realidad hoy. Todo es tan forzado para que sea tan pero tan dramático, que aquello que está en el origen del sufrimento es opacado por el sufrimiento puro.

Es tremendamente contradictoria esa sensación de estar ante una película que sabe utilizar también todas las reglas de la gramática cinematográfica, pero que sólo parece aprovecharlas para abusar del espectador.

Está la estructura general, de tres historias conectadas por un accidente (esquema repetido de sus dos anteriores películas), pero que aquí se encuentra con una asimetría muy grave: mientras dos de los relatos están tremendamente interconectadas (la de los padres en África y sus hijos extraviados en la frontera con su niñera), la anécdota japonesa está pegada con babas.

¿Qué se gana aquí con sumar las tres historias? Este mecanismo, que uno creería que es para revelar algo común que compartirían todos los relatos (su esencia), termina atentando en contra de la película. Son tres dramas muy dramáticos, cada uno de los cuale se queda corto, y que al juntarlos más que potenciarse se debilitan.

Yo, por lo general, odio cuando la gente dice que una película es “pretensiosa” a manera de crítica. Porque si no se tienen pretensiones, ¿cómo hacer una gran película? Pero entiendo la tentación a decirlo cuando uno se encuentra con películas como ésta, donde la pretensión de hacer una gran obra parece deshacerse en puro gesto, grandioso, pero vacío. De todas maneras, agradezco esas ganas de decir cosas grandes y hacerlo de forma grande. Creo que eso es lo que hace que el cine sea cine, y que si la mayor de las veces lo que se hace me decepciona, es justamente por esa falta de ganas.

González Iñarritu las ganas las tiene todas. Al ver Amores Perros fue tan grande la sorpresa que me produjo el  encontrarme una película con esa fuerza para decir las cosas, con tanta verraquera, que aunque las segundas historias no fueran tan buenas como la primera, yo salí absorto, completamente mudo y emocionado. Y era mayor la alegría de que fuera justamente un mexicano el que estuviera haciendo cosas así. En 21 Gramos, todavía me dejé seducir por el poder de unas imágenes que por encima de todo evocaban un estado del alma en el que me he pasado más horas de las que debería. Pero luego de ver Babel confieso quedar un poco triste, con la sensación de que hay una energía que no ha sabido ser conducida hacia contar una historia que tiene que ser contada.

En la trama que tiene lugar en Japón se consigue que el humor alterne con la tragedia con una premisa que promete. Además, la gran ciudad de luces de neón se presta para una secuencia de antología: la entrada de la protagonista sorda en la rumba nocturna, alternando una mirada subjetiva con otra objetiva, donde se ve cómo la comunicación entre interior y exterior amenaza con poder darse. Esa extrañeza continua que me produjo tanto el mundo japonés como el de esa niña me hace preguntarme qué habría pasado si esa premisa tan buena la hubieran desarrollado para un largometraje completo.

Sin embargo, es en México donde Iñaritu muestra cómo la deuda que tiene con nosotros los espectadores (y más los latinoamericanos) es inmensa. Todo lo que Aljure hizo mal en El Colombian Dream, González Iñarritu lo hace bien al filmar ese matrimonio que tiene lugar en el desierto mexicano. Las tomas precisas para mostrar las emociones que son, el montaje para trasmitir el proceso de la locura y el calor.

Hay cientos de elementos valiosos que me tomaría una reseña inmensa detallar uno por uno. Por ejemplo, esas banda sonora y fotografía, que se adaptan tan bien a cada uno de los distintos ambientes. Pero todos esos elementos no hacen sino recordarme el hecho de que nunca sentí que pudieran articularse en un gran todo. Todo puede resumirse en esa frase con que termina Peter Bradshaw su reseña de Babel: "mucho menos que la suma de sus grandiosas partes".

Queda esperar que la trilogías de las trilogías se haya terminado y que pronto Gónzalez Iñarritu nos brinde la gran película mexicana que tiene que hacer.

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