Nombre: Kundun
Categorías: Drama, Religiosa
Director: Martin Scorsese
Año: 1997

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Juan Carlos Gonzalez Arroyave * * * *
Tomás Obregon * * * *

Kundun (1997)

La tormenta interior

La esencia del cristianismo y el budismo es la misma: la práctica del amor, para lo cual es necesario poner énfasis en el perdón y compartir el sufrimiento ajeno.
- Tenzin Gyatzo, el XIV Dali Lama

El Dalai Lama el siglo XX, la decimocuarta reencarnación de Avalokitesvara -el Buda de la Compasión- y de todos sus predecesores, está abrumado. Se siente frágil y solitario, quizá demasiado humano para sus espirituales compromisos. Y en un momento dado llega a reflexionar y a preguntarle a uno de los monjes si de pronto no se habrán equivocado con él, que a lo mejor no era el verdadero elegido, ese Kundun etéreo en cuyos zapatos iluminados no parece encajar, y cuyas responsabilidades parecen superar lo que un muchacho de dieciocho años es capaz de enfrentar. El Dalai Lama, en silencio, ve a su país derrumbarse, mira a su pueblo sufrir, y a la vez adorarlo, recuerda su infancia primera y se pregunta por qué se siente temeroso e indeciso, víctima y a la vez continuador de una estructura religiosa milenaria que lo ha metido en una jaula de oro.

Por eso el Dala Lama está abrumado, porque comprende que su estatura es la de un hombre y que como tal, sufre y teme. Unos años antes, frente a sus ojos, una carta de su predecesor, el decimotercer Dala Lama, profetizaba que la religión del Tíbet iba a ser destruida por la China, los monjes del país asesinados, y que él y sus seguidores tendrían que vagar como mendigos. “Qué puedo hacer? Sólo soy un niño”, les dijo a sus consejeros. Y ellos le respondieron: “Usted es el hombre que escribió estar carta. Usted es el hombre que ha regresado para guiarnos. Usted debe saber que hacer…”.

Esta figura tan humana es la que nos trae Martin Scorsese en Kundun (1997), hermosa película que tuvo la mala fortuna de ser contemporánea de Siete años en el Tíbet (Seven Years in Tibet, 1997) y tener que competir con la figura de Brad Pitt por una audiencia que, ante un tema similar, optó por lo seguro y no reconoció ni premió con su presencia la calidad de la obra del neoyorquino. Porque entonces es necesario subrayar que Kundun tiene peso y sustancia donde Siete años en el Tíbet es fragilidad y anécdota; y que es una puerta abierta a reflexiones y argumentos, donde la segunda es tan sólo una visita turística a un país exótico.  Las diez semanas que las separaron en su estreno en los Estados Unidos -la de Annoud pegó primero- no tienen importancia frente al abismo de calidad que las aleja.

A los que piensan que Scorsese se encuentra fuera de foco cuando filma lejos de las calles de la Little Italy de Nueva York, hay que recordarles que fue este mismo director quien nos trajo La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) que, mirada con más desapasionamiento, era una película que básicamente intentó ofrecernos una figura de Jesús más humana y más histórica que la que los dogmas estaban dispuestos a tolerar. Y en este punto se hermana con Kundun: ambas quieren recordarnos que tras el símbolo está en realidad un ser palpable, que expuesto al sol refleja una sombra, que sueña, que tiembla. Que está vivo. Y para mostrarnos eso no es necesario ser católico o budista, tan sólo ser un hombre y poseer las ideas tan claras como este director las tiene. El mismo Scorsese nos lo dice, en una entrevista para el periódico The Guardian: "puede que no conozca al detalle la cultura -tuve muchos asesores técnicos para este filme- pero lo que sí comprendo es el conflicto que hay dentro de nosotros, lo bueno y lo malo, la idea de expresarse a través de la violencia como la única manera, que es algo que he visto mucho".

Aquí entonces el Dalai Lama y su pueblo optan por la no violencia, por no igualarse a su invasor, por no permitir que se manchen de sangre sus manos y su espíritu. ¿Pero,  hasta cuando? ¿Pero, hasta donde? ¿Seguirán siendo válidas las teorías de la no violencia en este siglo? En una escena antológica, el joven líder está de pie, con los brazos abiertos, rodeado por un mar muerto de monjes tibetanos, confundido el rojo de sus trajes con el color de su sangre. Vuelve Scorsese: “Está la lucha entre la violencia y la otra parte de nuestra naturaleza, la bondad. Y es por eso que me interesó la historia. Me pregunto como sería si todos nos tomáramos la vida tan en serio y tuviéramos tan fuertes convicciones como las que él tiene”. Es difícil mostrar la no violencia en el cine, cuando lo sencillo es dejarnos ver lo fiero, la espada que atraviesa el cuerpo, el espasmo postrero de dolor, el granate que tiñe de oprobio la pantalla. Scorsese asumió ese reto y en vez de batallas a campo abierto nos muestra luchas espirituales, prefiriendo entonces la mirada silente y diciente del Dalai Lama al puño cerrado que golpea la cara. La paz al trueno, la vida a la muerte.

En su filmografía la violencia es un elemento recurrente, consecuente con el ámbito donde la mayoría de sus filmes se desarrollan, esto es, las calles de una urbe donde la gente transforma sus soledades y conflictos en ira. Y así sus personajes no encuentran otra manera de expresar su inconformidad con lo que les rodea: Travis Brickle en Taxi Driver (1976) y Jake La Motta en El Toro salvaje (Raging Bull, 1980) no pueden comunicarse con los demás y parecen encontrar en la violencia el único lenguaje que aquellos a su alrededor están en capacidad de entender. Pero esa violencia, a diferencia de la que otros directores nos muestran, no es un fin en sí misma; ante todo es un medio para lograr una conquista espiritual, que puede ser la búsqueda de la verdad, la sabiduría o la belleza. Así, el dolor y el sufrimiento como medios de encontrar una redención son un punto central de su obra: ahí tenemos a Jesús inmolado por nosotros en La última tentación de Cristo, a Charlie en Calles peligrosas (Mean Streets, 1973), buscando en la religión el sendero del respeto que sólo el asfalto de las calles y la sangre podrán darle, o a Paul intentando sobrevivir a la pesadilla tragicómica de Después de las horas (After Hours, 1985). Y mirado de esta forma, Kundun es una prolongación de sus temas. El largo y doloroso camino que debe seguir un hombre en una doble búsqueda: respuestas a sus inquietudes y preguntas interiores, y la libertad de su pueblo.

El guión, escrito por Melissa Mathison tras cerca de siete años de extensa investigación, entrevistas con el Dalai Lama, escritura y reescrituras, empieza en los años treinta, en el momento de la búsqueda de la anhelada reencarnación del decimotercer Dalia Lama, fallecido hace cuatro años. Reting Rinpoche (Sonam Phuntsok), un monje regente a cargo de la posición mientras se encuentra al sucesor, vio a un niño en una visión y envió a un grupo de monjes a buscarlo a una provincia lejana en la frontera con China, donde encuentran al pequeño Lhamo Dhondrub (interpretado por Tenzin Yeshi Paichang), hijo menor de una familia campesina. El niño es sometido a una curiosa prueba, en la que debe reconocer entre una serie de objetos similares, los que pertenecieron a su predecesor. Como si se tratara de un juego, el niño elige sin dificultad lo que lo ansiosos monjes estaban esperando. La divinidad ha vuelto a tomar forma humana.

A partir de aquí la vida del niño y su familia se transforma: Lhamo es el elegido y debe ser formado rigurosamente. Tratando de evitar confusiones históricas, Scorsese y Mathison cierran la narración sobre el punto de vista del joven Dalai Lama y así muchos aspectos de la historia deben inferirse, paso a paso, de una argumento cuya estructura no es falsamente condescendiente con el espectador, quien debe ir entonces, con pocas pistas, descubriendo por sí mismo el sentido del modo de vida y de los rituales de una cultura riquísima y milenaria. Vamos de la mano del joven monje, trasladado ahora a la ciudad de Lhasa, recorriendo sus años de niñez y adolescencia Scorsese utiliza cuatro actores para mostrarnos los cambios de edad del joven-, sintiendo que hay voces que se callan a nuestros pasos, que hay cosas que no nos dicen, que hay  asuntos que él no debe oír ni ver, que hay misterios que todavía Lhamo no está preparado para conocer. Sacrificios, obligaciones, deberes y carencia de cosas que serían normales para una persona de su edad se convierten en su rutina diaria, hábitos y costumbres que acepta no sin cierta y muy natural resistencia, transformados en detalles muy humanos en los que el director se detiene admirado: la lucha entre el cuerpo y el espíritu, entre las ganas y pulsiones de un joven y su compromiso religioso en el que él no eligió, sino que fue elegido. Al respecto hay una escena muy diciente: el niño, ataviado como un monje, se encuentra rodeado de sus maestros -todos adultos- en oración ante un recinto presidido por el rostro gigantesco de un Buda sonriente. A su alrededor todos se encuentran en extática meditación, mientras el joven Dalai Lama no logra concentrarse, los mira extrañado y se ríe, con Buda, feliz de descubrir a una rata tomando agua de un copón ceremonial.

De esta forma Kundun nos cuenta del proceso lento pero inalterable de la educación de un hombre en los postulados de la no violencia. Y lo que sus tutores tienen en frente no es un Dios todo poderoso, sino un niño travieso que los desafía comiendo carne de cerdo y huevos, que corre por todo el templo, que llora asustado llamando a su mamá y que tiene tiempo de jugar con soldaditos de plomo y de halarle los bigotes al papá. Los maestros van poco a poco transmitiéndole sus creencias y su fe antiquísimas, y él -sin más experiencia- crece en un mundo idealista e idealizado, a espaldas de los gigantescos cambios políticos que sacudían al planeta en esos años. En 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, el Dalai Lama tiene un poco más de diez años, juega con su hermano mayor, maneja a escondidas un automóvil y ve películas mudas en un proyector manual. La situación del mundo la vislumbra en revistas y en un atlas. El Tíbet parece más allá del bien y del mal, pero sin embargo, está por llegar el momento en que va a ver conmoverse por completo su mundo. Y ese momento llega y este joven despierta, pasando del sueño a la pesadilla: con sorpresa descubre que sus colaboradores pueden sufrir atentados, que los monjes portan armas, que hay cárceles en su ciudad, que ha explotado una bomba atómica en Japón y que un país vecino quiere quitarles la libertad. Los demonios andan sueltos en el mundo, como bien le informan.

En los años cincuenta, La China de Mao decide anexar el Tíbet a su territorio, invadiendo y tomando por la fuerza una nación que una vez fue parte suya y que considera "tiranizada" por el Dalai Lama. Invadir un país que ha hecho de la no violencia una forma de vivir y que está regentado por un muchacho que apenas alcanza la mayoría de edad es una empresa que no podía ser más fácil. Y la sangre tibetana empieza a correr. Aconsejado por sus mayores, Kundun traslada al gobierno al Monasterio de Dungkhar, para luego regresar a Lhasa ante la gravedad de la situación. Sin ninguna solidaridad internacional, deben entenderse directamente con Mao, que recibe en Pekín a un empequeñecido y silencioso joven de dieciocho años. El encuentro entre ambos líderes es el de un político sagaz con un chico ingenuo. Y aunque las palabras de Mao hayan sido conciliadoras y sus promesas le hayan dado tranquilidad, la realidad es otra. Mao le dice: "La religión es un veneno", mientras el Dalai Lama lo mira tranquilo, pero sabiendo en su interior que no hay nada más que hacer, que sus días en el Tíbet son pocos.

Y regresa a Lhasa para continuar escuchando oprobios, sumando penas, viendo como le suplican que se vaya, que abandone su país. Ya no es posible interpretar la no violencia como cooperación, ahora debe convertirse en resistencia, pero en una que venga desde afuera, sumando apoyo internacional. Sumido en una enorme pena, y sin otra alternativa, abandona el Tíbet en 1959 para iniciar un exilio que, tras cuatro décadas, aún no concluye. Scorsese finaliza su película en el momento del primer adiós, cuando desde la frontera india, el Dalai Lama del siglo XX, a sus veinticuatro años de edad terrena, contempla las esplendorosas montañas de la patria de sus mayores, que en ese momento simbolizaban la esperanza y la promesa de un regreso.

Lo que subyace en Kundun, antes que su  tono de denuncia política -que lo tiene- es el tema de la dignidad y de la convicción, en medio de una historia episódica que el director nos cuenta como si fuera un cuento de hadas. Y lo que nos sorprende es saber que ocurrió entre nosotros, sin que lo supiéramos, sin que pudiéramos hacer nada. Martin Scorsese logra un exquisito balance entre realidad y ficción histórica, consiguiendo un filme que se puede ver como un poema, lleno de texturas y palabras no dichas, tan sereno, tan reflexivo y a la vez tan diciente como un texto budista. Una labor de paciencia, como una de esas mandalas de arena que en el filme vemos, construidas lentamente, al parecer sin sentido alguno y que una vez concluidas son tan inconmensurablemente bellas que nos parece probable que en su creación haya intervención divina. Y en esa labor que ayudó a crear a Kundun no hay que olvidar que sus intérpretes son tibetanos exiliados, no actores profesionales, algunos incluso familiares del Dalai Lama, como Tencho Gyalpo –su sobrina- que en la película hace el rol de su madre. Para estar personas, antes que recibir un salario pro su trabajo, la motivación grande era tener el honor de representar la vida de su líder y poder darla a conocer al mundo, lo que hizo que se entregaran con amor a una empresa para la que tenían poca capacitación y a las órdenes de un director que tiene como una de las fortalezas de su cine el hecho de contar con una plantilla de actores que podríamos llamar “fijos” y que conocen al detalle su cuidadoso estilo de trabajo.  
La música embrujante y precisa de Philip Glass, la fotografía intimista de Roger Deakins, una sinfonía visual donde cada color tiene su significado, y la absoluta autenticidad de los decorados y del vestuario que diseñara Dante Ferreti, transformaron las locaciones de Ouarzazate (Marruecos) en el Tíbet -donde se les impidió filmar- para ayudar a completar el cuadro de una cinta de veras satisfactoria y fascinante, pero que no pierde de vista sus verdaderos fines, como lo anota Deakins en una entrevista para la revista American Cinematographer: “Esta película no es realmente épica, es más bien una mirada íntima a la vida de una persona extraordinaria”. Aquí no hay nada gratuito ni ninguna genuflexión incómoda: es el cine de Martin Scorsese puesto al servicio de ninguna causa distinta a la de sus propósitos como artista. Y ha triunfado.

Aturdido de luz, el cielo se empieza a cubrir lentamente y el sol imbatible de hace unos instantes se pierde en medio de nubes cada vez más enormes y oscuras, que parecen haber traído consigo un viento frío que pega incesante sobre nuestros cuerpos. Ya resuenan, cercanos, algunos truenos, mientras la tarde y el aire se llenan de humedad y de la calígine que antecede a la tempestad. Sentimos que debemos buscar refugio para la lluvia que, inminente, va a caer. Pero no estamos en medio de un descampado: estamos en cine, asomados, gracias a Martin Scorsese, a los ojos del Dalai Lama y allí es donde la tormenta se está desatando, dentro de un hombre cuya agitada y reencarnada alma no comprende los motivos de aquéllos que, ciegos, se empeñan en sembrar el odio y la ira donde deberían haber paz y abrazos. Pero su lucha continúa y con ella, afortunadamente, también la esperanza.

Kundun (1997) Dir: Martin Scorsese; Guión: Melissa Mathison; Fotografía: Roger Deakins; Música: Philip Glass: Interpretes: Tenzin Thuthob Tsarong, Tencho Gyalpo, Sonam Phuntsok, Gyatso Lukhang. USA, 110 mins.

Texto publicado en la revista Kinetoscopio No. 49 (vol.10, 1999)  págs. 74-79

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