Nombre: Akeelah and the bee
Categorías: Drama
Director: Doug Atchison
País: Estados Unidos
Año: 2006

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Samuel Castro * * * *

Akeelah and the bee (2006)

La palabra familiar

La mayor parte del cine que se produce hoy está dirigido a ese grupo de adolescentes-jóvenes adultos que va de los 11 a los 20 años. Esa es una verdad que se comprueba dando un repaso por la cartelera de cualquier ciudad colombiana. Y lo está porque se supone que es un grupo humano “fanático” capaz de repetir varias veces la película que le gustó y porque los “expertos en mercadeo” dicen que son ellos los que realmente llenan las salas, pues los adultos-adultos dedicamos todo nuestro tiempo al trabajo. Debido a esto, casi todos los filmes que se distribuyen en la actualidad están llenos de diálogos de una sola línea, de efectos especiales que compiten con los que traen los videojuegos y personajes estereotipados tipo “el gafufo intelectual” o “el gordo bonachón” que ayudan a que esta camada de seres con deficiencia de atención no deban concentrase mucho y entiendan la película, aunque miren hacia otro lado.

Antes no era así. Hace algunas décadas la estrategia de los mismos “expertos en mercadeo” buscaba que a una película entrara “la mayor cantidad posible de personas”, es decir, familias enteras: papá, mamá, hijos y si era posible, nietos. Todo por competir contra ese aparato tan grande que ocupaba la mitad de la sala y tan costoso que en la mayoría de hogares que lo tenían sólo había uno: LA TELEVISIÓN. Por esa razón, los programadores de los canales eran expertos en crear contenidos “aptos para todo público”: comedias de humor blanco tipo “Los tres chiflados” o espectáculos de variedades inofensivos (que en Colombia serían “Don chinche” y Animalandia). El cine decidió competir con la televisión en sus mismos terrenos y se consolidó una clase de películas que en las videotiendas ocupaban la sección “Familiar”, donde había títulos tan entrañables como “Goonies” o “El mago de Oz”. Pero los tiempos cambiaron, los televisores se hicieron tan baratos que cada quien podía tener uno en su cuarto, y la palabra “target” se volvió muy popular, haciendo que sólo las productoras de animación continuaran haciendo cintas familiares. Ese es el verdadero éxito de films como “Toy Story”, “Shrek” o “Finding Nemo”, que son capaces de decirnos cosas distintas a todos, sin importar la edad: si mi sobrinito se queda asombrado o se muere de risa viendo cómo el Señor Increíble hace ejercicio levantando unos camiones, yo pienso en aquello de que “cuando todos son súper, nadie lo es” o en lo cercana que está la crisis de la edad madura.

Y toda esta introducción era necesaria para que entendieran por qué recomiendo que salgan ya hacia su videotienda y disfruten de “Akeelah and the Bee”, de Doug Atchison, una maravillosa película FAMILIAR. Sí señores, como lo leen: una película que no sólo disfrutarán los adolescentes de la casa. Bien contada, bien filmada y sobre todo, maravillosamente actuada por su protagonista, Keke Palmer, una niña que dará mucho de qué hablar en el futuro. Palmer interpreta a Akeelah Anderson, la hija menor de una familia de clase media venida a menos, con un hermano problemático que se está relacionando con las pandillas del barrio y una mamá tan cansada de un trabajo frustrante que no tiene tiempo para su hija.

Akeelah es muy inteligente aunque no quiera demostrarlo, un poco por pereza y otro poco para evitar burlas de sus compañeros (ya usa gafas, no quiere caer en el cliché). Sin embargo, el director de su escuela, le pide que participe en un concurso de deletreo (lo que significa el Bee del título original), una de las competencias escolares más populares en Estados Unidos, tanto que tiene transmisión en directo por ESPN. Y entonces aparece en la vida de la niña el Dr. Larabee, (un Laurence Fishburne reposado y contenido, aunque haga también de mentor del protagonista, como en Matrix), quien exige de ella toda la dedicación necesaria para triunfar, le enseña varias lecciones (especialmente a creer en sí misma) y le ayuda a sobresalir en ese mundo rudo y aguerrido de las competiciones infantiles, donde ella es la más joven.

En el camino Akeelah tendrá tropiezos y conflictos con su madre, con su mejor amiga y sobre todo con Dylan Chiu, su principal contendiente en el concurso de deletreo, a pesar de que él también cargue con su propio drama. Sin embargo la niña también encontrará en la competencia reconocimiento por su inteligencia, nuevos amigos y sobre todo, la razón perfecta para conseguir cambios increíbles en su familia, su colegio y su comunidad: el orgullo de que sea parte de ellos. De pronto la pequeña niña de lentes es una celebridad que representa a todos, que habla en los noticieros y que los motiva con su eterna sonrisa. Y aunque esa responsabilidad le pesará en algún momento, sabrá sobreponerse para triunfar.

Sí, “Akeelah” es una historia con todos los elementos para ser cursi o sentimentaloide o boba, pero gracias a un guión que le quita excesos melodramáticos, una dirección ágil y jamás obvia (las cámaras subjetivas entran en el momento exacto, los recursos visuales para mostrarnos qué piensa Akeelah son bastante originales) y una fotografía luminosa que se aleja de la “estética Jerry Bruckheimer” tan de moda, consigue convertirse en un cuento creíble y en un relato de superación con lecciones más profundas para la memoria que las de “Karate Kid”

Porque gracias a sus cualidades, nos convertimos en Akeelah, comprendemos su miedo, sufrimos con ella cuando creemos encontrar una palabra muy complicada (en la parte del concurso es recomendable poner los subtítulos en inglés) y recordamos lo cruel y al mismo tiempo, lo sorprendente que era la infancia. Porque al final, nos identificamos con esos personajes que no pierden la esperanza, y casi deletreamos con  ellos (en una escena admirable por su buen gusto) la palabra ganadora que nos lleva al esperado final feliz. Sí, como debe ser, porque las películas familiares no se hicieron para que todos terminemos llorando y nos preguntemos acerca del significado de la vida, como supuestamente lo hacen las cintas trascendentales. Las buenas películas familiares, las inteligentes, las que nos arreglan cualquier tarde de aburrimiento, hacen que miremos a nuestro alrededor, y nos sintamos felices de poder estar ahí, y de ser como somos. Esa es su importancia.

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