Nombre: El gran truco
Categorías: Drama
Director: Christopher Nolan
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

El gran truco (2006)

El truco es que no hay truco.

Primera razón para ver esta película: Sale David Bowie.

Segunda razón para ver esta película: David Bowie hace de Nicola Tesla.

Es como con la película de Basquiat. Yo la ví para ver a Bowie haciendo de Warhol. Uno tiene que ver eso. Cualquier aparición de Bowie en cine merece atención. No se imaginan mi sorpresa al encontrarmelo de sorpresa en la mitad de Zoolander. No podía de la dicha.   

Pero bueno, eso soy yo. No a todo el mundo, hay que reconocerlo, le basta con un cameo de Ziggy Stardust para pagar por una película. Ir a cine, después de todo, es un pasatiempo caro. Hay que elegir bien.

La razón tres para ver esta película es que uno no debió verse El Ilusionista por más que Norton y el gordito de Entre copas salieran. Cuando ocurren estas rachas de películas temáticas, uno siempre, por principio, debe dudar de la primera que sale, porque usualmente hay alguna jugada de espionaje industrial al fondo. Llamenme paranoico si quieren, pero es así. Les voy a poner un ejemplo: Entre Madagascar (2005) y The Wild (2006) uno debió verse la segunda e ignorar la primera. Por supuesto, conozco más de uno que cayó en la trampa y dejó de ver la fabulosa The Wild creyendo que era un remake descarado de la otra -que ya era bastante mala-. Craso error: The Wild era buenísima.

A lo que iba: Uno no debió verse El Ilusionista. Si uno sabía que venía en camino otra de magos, debió esperar. Si además sabía que la otra era dirigida por Christopher Nolan, es vergonzoso que no haya esperado. Claro, usted dirá, podría ver las dos, pero la cosa con estas películas temáticas es que -por lo general- la primera que usted vea predispone -de alguna manera- a la segunda. O al menos la pone a trabajar en un papel de respuesta que no siempre le viene bien. Por lo demás, eso de que los personajes de El Ilusionista fueran todos germanoparlantes pero hablaran en inglés lo debería prevenir a uno. ¿O seré yo el único que duda con detalles como esos? Es como esa adaptación de El Perfume con todo el mundo hablando en inglés.

(Esta regla de las primeras películas, entre otras, tiene sus excepciones. Por ejemplo, por más Infamous en camino, había que ver Capote. En este caso, y lo digo sin haber visto la segunda, es probable que las dos valgan igualmente la pena.) 

The Prestige cuenta la historia de dos magos enfrentados en una cadena de venganzas mutuas motivadas por un accidente. En principio, uno podría cambiar magos por cualquier otra cosa. Poner ahí jardineros, o peluqueros, por ejemplo. En principio, The Prestige podría ser sólo una película sobre una envidia mal llevada, pero entonces los magos no servirían para nada, y subutilizar magos, mis amigos, es uno de los grandes pecados cinematográficos. Que nadie se sorprenda cuando Woody Allen termine en el infierno por culpa de Scoop. No, no va a ser por culpa de su mal llevada pedofilia. Se los digo desde ahora.

Una película con magos necesita magia. Y la magia es siempre una ocasión para reflexionar sobre el engaño y nuestra disposición constante a aceptarlo. Es un pacto: Usted me engaña, yo me sorprendo. The Prestige explora, a más de un nivel, esa complicidad. Juega con ella. Ambos lados conocen las reglas y ambos las aceptan porque de eso se trata todo. Si uno duda que la mujer está flotando, el truco pierde su gracia. Hay personas aburridas que dedican su infancia a descubrir cómo lo hacen los magos. Compran kits de magia y los desarman, exigen magos en las fiestas de cumpleaños y luego los espían, así son de miserables. De mayores, se vuelven personas desconfiadas y paranoicas y, al final de sus días, ya deprimidos, padecen regulares episodios psicóticos que, en más de una ocasión, han terminado desencadenando crímenes horrendos en venganza por su infancia infeliz. Pero bueno, desvarío. El punto, quizás, es que The Prestige es propuesta, en sí misma, como un gran truco de magia. Algunos la acusarán de predecible, ¿pero es que acaso hay algún truco de magia que no culmine con un retorno a la realidad? La magia, por lo general, radica en la ejecución global del acto y pocas veces en su conclusión. (Para ser sinceros, dudo que el propósito de Nolan sea sorprendernos con un final revelador e inesperado. La película no lo necesita.)

Tal vez lo más mágico de la magia es que no hay magia. Que eso no existe. Todo es cuestión de perspectiva. A mí a veces todavía me cuesta aceptarlo. Todavía me sorprendo con esas llamadas transoceánicas de un teléfono celular a otro y, aquí entre nos, esto de escribir tonterías estando en España para que sean inmediatamente publicadas sin censura en algún servidor en Estados Unidos y estén disponible para ser leídas por alguien que vive en Bogotá -un alguien que yo no controlo- me sigue pareciendo un prodigio fabuloso. Es como telepatía, pero mejor.

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