Nombre: Babel
Categorías: Drama, Política, Basado en hechos reales, Histórica
Director: Alejandro González Iñárritu
País: Francia
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

Babel (2006)

La sabiduría del mundo.

"¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo?"
(Primera carta de Pablo a los Corintios)

Yo siempre creí que la torre de Babel había sido derrumbada por el dios judio-cristinano-musulmán y -como consecuencia- los hombres habían perdido ese esperanto natural que los reunía y les permitía alcanzar cualquier objetivo que se propusieran. Por supuesto, mi interpretación libre de un pasaje de la biblia que jamás había leido no tenía sentido, quiero decir, no había causalidad entre el primer evento y el segundo, pero eso no me importaba, porque cualquiera con mediana conciencia religiosa debe saber que las artes del Señor, como las del Maligno, son misteriosas y en ocasiones hasta incoherentes (por aquello de la multiplicidad de mediums): Tal vez en el pánico del derrumbe de las torres, quiero decir, de la torre, la humanidad había caido víctima de alguna amnesia post-traumática (tan de moda ahora) que rompió su comunicación para siempre y, bueno, de ahí venían todos estos idiomas -menos el euskera, claro; ese es definitivamente posterior-.

Alguna vez (hace tres minutos, para ser exactos) imaginé un cuento de ciencia ficción en el que, tras el derrumbe, los escombros de la torre habían constituido una serie de laberintos independientes donde comunidades se habían desarrollado por miles de años antes de lograr encontrar la salida y que ahí radicaba el quid del asunto: algunos laberintos anidaban otros y en uno de esos hiperlaberintos todavía vivíamos, esperando encontrar una vía de escape.  Pero esa era sólo otra conjetura desinformada; como es de esperarse, una leida del capítulo once del génesis despejó todas mis dudas. Aprendí lo siguiente: (1) La torre jamás fue demolida pues, para empezar, nunca fue construida. De todas maneras yo me pregunto qué tanto podrían haber avanzado -sin ayuda de extraterrestres providenciales- antes de que una torre hecha solo de piedra se hubiera venido abajo. (2) La torre nunca fue construida porque Dios, al leer los negros propósitos de su rebaño -de por sí bastante descarriado desde Adán-, los confundió con el truco de las lenguas  y luego los esparció por el mundo. Así ni modo. Curiosamente, un testamento más tarde, enviaría a su versión plumífera a imprimir hipnopédicamente (durante un viaje con peyote) todas esas lenguas en las mentes de los apóstoles de su versión humanizada para que pudieran eficientemente transmitir su mensaje. ¿Al fin qué? ¿qué es lo que quiere ese dios?

(Digresión: ¿No habrá alguna vertiente cristiana enfilando cañones contra los lingüistas por proponer teorías evolutivas de los lenguajes en lugar del súbito quiebre babeliano? No demoran.)

Claro que si uno lo piensa mejor, lo de la torre que se cae y genera incomunicación no es tan descabellado. Tiene hasta su lógica. Unas torres se caen (las caen) -ya lo hemos visto- y las diferencias entre los hombres se convierten en amenazas y generan filas interminables en aeropuertos y miradas raras hacia mí, porque no soy suficientemente claro, o hacia esas mujeres de manos finas con inscripciones tatuadas en los dedos, además de locos suicidas cada tanto con explosivo plástico entre la chaqueta, y secuestros "preventivos", y decapitaciones, y muros, y pruebas atómicas en Corea e Irán. Lo curioso del asunto es que el idioma no tiene nada qué ver, el idioma no importa. Hablen lo que hablen, no se conectan.

En Road to Guantánamo, un docudrama de Winterbottom, unos muchachos ingleses son capturados en Afghanistan por los de la Alianza Norte y luego entregados a los gringos, quienes prontamente los envían encapuchados en un avión hercules con todo pago a darse un tour de puta madre por el caribe con destino la soleada isla de Cuba. Y todos hablan el mismo idioma, el omnipresente inglés, pero no se entienden, y ya no es un truco divino sino algo meramente terrenal; no se entienden porque no quieren, porque desconfían, porque cunde el odio y el miedo, porque las palabras -en estos tiempos post-babelianos- dejaron de servir para encontrarse y crear lazos. Para eso -para lo de convivir- primero hay que ser iguales, parece.

Babel, como es de esperarse, también va sobre diferencias y distancias, y también, de alguna manera, sobre los laberintos de escombros aislados que dejó la caida de las torres. Y de nuevo el problema no es el idioma, ese lo solucionan los traductores, los políglotas, los diccionarios, los subtítulos, los gestos o ese libro que garantiza un idioma en siete días (o le devolvemos su dinero). De hecho, para ser justos, incluso en la peor de las circunstancias es posible transmitir un mensaje, y el mensaje llega, y el mensaje es comprendido, ¿pero de qué sirve que ese proceso mágico ocurra si al final, de cualquier manera, el mensaje es despreciado? ¿qué importa todo el esfuerzo si el mensaje al final no cuenta? ¿de qué valen las palabras si nadie las escucha?

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