Nombre: La verdad incómoda
Categorías: Documental, Horror
Director:
País: Estados Unidos
Año: 2006

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Andres Borda Gonzalez * * * ½

La verdad incómoda (2006)

Un asunto importante

Está bien (nos dirán los defensores de la causa de Una verdad incómoda) que vayamos a ver La marcha de los pingüinos y que horas después sólo recordemos el documental como un bonito desfile de pingüinos, o que confundamos La historia del camello que llora con otra de las muchas narraciones de ficción que vemos en las pantallas de cine. Incluso podemos perdonarnos haber visto Fahrenheit 9/11 y Bowling for Columbine (ambos documentales de Michael Moore) con la intención de alimentar un poco más nuestra aversión a las políticas exteriores de ciertos gobiernos, y recordarlos un par de días después sólo como otros más de los muchos programas sobre política que encontramos en la televisión. Pero aquí, en el caso de Una verdad incómoda (un documental que sigue, como muchos otros en esta época, la tendencia a no querer limitarse sólo a documentar el mundo en el que vivimos sino que busca, también, incitar el debate, la acción, y que quiere que sus imágenes nos persigan más allá de las salas de cine en nuestras casas y trabajos), el problema parece ser más serio que eso. Y no se trata de ser alarmistas, pero si alguien nos dice que si no hacemos algo por detener el calentamiento global la geografía del planeta se verá drásticamente alterada en diez años y, con ello, también la rutina de cada uno de nosotros (implicando esto, entre muchas otras cosas, que para ese entonces millones de personas se verán obligadas a desplazarse de sus hogares a causa del crecimiento del nivel del mar en casi doce metros) es muy, muy posible que reaccionemos con preocupación. De eso, podemos asegurarlo, se trata este documental.

Al Gore, su protagonista y a quien la mayoría de nosotros conoce como el ex vicepresidente de Estado Unidos durante la presidencia de William J. Clinton y como el rival más fuerte de George W. Bush en las elecciones del 2000, lleva más de veinte años peleando por que el resto del pueblo norteamericano tome conciencia del problema del calentamiento global. Desde la década de los ochenta ha dado conferencias, escrito libros, promocionado campañas, divulgado información sobre esto a lo largo de su país, y desde que renunció en el 2000 a sus aspiraciones por la presidencia se ha dedicado, casi de tiempo completo, a buscar soluciones concretas y viables a este asunto. Pero ha sido tal su empeño por hacerse oír que la mayoría de los estadounidenses ya se cansaron, a estas alturas de la campaña, de su discurso: basta con leer un par de artículos sobre él o sobre su película para intuir la sensación de hastío y desinterés que comparten la mayoría de sus conciudadanos frente a cualquier cosa que Gore tenga que decir. Y la cosa ha llegado hasta tal punto que los republicanos, los medios, e incluso algunos demócratas ya se toman la libertad de hacer chistes a costa suya (incluyendo, entre muchos a otros, a George Bush papá).

Es por esto, entre otras razones, que Gore, junto al documentalista y director de ficciones David Guggenheim, bautizaron su esfuerzo más grande y ambicioso dentro de su campaña ecológica con el sugestivo título Una verdad incómoda: es una verdad porque, según los datos y la opinión de cientos de científicos, el calentamiento global no es tanto un asunto interesante y discutible como un hecho; y es incómoda porque implica, primero, que todos los detractores de Gore dispongan una hora y media de su tiempo para oír una vez más su discurso; y, segundo, porque enfrentar y solucionar el problema del calentamiento global implica que cambiemos algunos de nuestros hábitos de vida. Y es precisamente dentro de este contexto semi-político que es importante comprender el documental no tanto como una obra cinematográfica independiente que después de ver vamos a llenar de premios y estrellas y buenas calificaciones, sino, mejor, como un llamado de alerta dentro de una campaña “moral” (esto de acuerdo a palabras del mismo Gore) que pretende meterse en nuestras vidas y cambiarlas. Solo hay que entrar a la página oficial (http://www.climatecrisis.net/) para confirmar que no se trata sólo una película: una encuesta que nos dice qué tanto aportamos nosotros al problema, una lista de cosas que podemos hacer para ayudar a superar la crisis, y una guía que nos explica en detalle los datos científicos que encontraremos también en el documental nos demuestran que, efectivamente, la cosa va en serio.

Y aunque no se trata de que demos por terminado el mundo y que salgamos de nuestras casas en pijamas con carteles para que los extraterrestres nos recojan, sí es un llamado importante para que, por lo menos, nos enteremos de lo que estos personajes tienen que decirnos. No es, pues, un documental para que lo vean sólo los fanáticos del cine y los ambientalistas enfurecidos; es, necesariamente, si no nos han engañado, para todos nosotros. El documental como tal tiene cosas desesperantes, parecidas a las que encontramos en las típicas propagandas políticas en Estados Unidos (Guggenheim intenta mostrarnos, en varias ocasiones, a Gore como un tipo normal y corriente en su enorme rancho); pero aquí lo que importa no es la película, sino el mensaje. Porque si es verdad que nuestras vidas, nuestra rutina, nuestra comodidad depende de lo que Gore tiene que decirnos; si se trata, en verdad, de un asunto moral que pide acción y conciencia inmediata, ¿no será entonces necesario, imperativo, que vayamos a verlo?

 

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