Nombre: El ilusionista
Categorías: Drama, Suspenso, Fantasía, Misterio, Crimen, De época
Director: Neil Burger
País: Republica Checa
Año: 2006

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Andres Borda Gonzalez * * *

El ilusionista (2006)

Neil Burger (el director y guionista de esta, su segunda película) comete su peor error cuando cree que va a conseguir involucrarnos en la atmósfera de la Austria de finales de siglo XIX poniendo a todos sus actores a hablar en inglés con acento de turista extraviado; pero aparte de eso, esta historia sobre magia y amor en donde Edward Norton hace, como es su costumbre, su trabajo tan bien como si estuviera buscando un Oscar, es lo suficientemente entretenida y divertida para sacarnos sonriendo del teatro, y sin muchas ganas de destruir con críticas los torpes intentos de Burger por recrear la época.

La historia, puesto en pocas palabras, es la de Eisenheim, un ilusionista tremendamente hábil en el escenario (consigue, ante el asombro de su público, traer fantasmas del más allá, hacer crecer árboles de naranja en pocos segundos, y avergonzar a un príncipe recreando el mito de la espada en la piedra y el rey Arturo) que todavía busca reencontrarse con Sophie, la joven de clase alta de quien se enamoró cuando era joven, y a quien por causa de diferencias sociales tuvo que dejar de ver. Su vida, según nos relata en inspector Uhl (interpretado por un Paul Giamatti que no parece convencido de estar en el papel adecuado), tuvo un curso similar al de un iniciado del estilo de Jesús o Buda: después de ser separado de Sophie, Eisenheim desaparece sin dejar rastro alguno para aprender todo sobre su oficio, y volver muchísimos años después a Viena, y con los suficientes secretos profesionales como para convencernos a todos de que es un conocedor de los profundos misterios del universo. Su único problema será que la mujer a la que nunca dejó de amar es la prometida de un maquiavélico príncipe, famoso por su irascibilidad y su tendencia a violentar a todas sus mujeres; el resto, obviamente, hay que verlo.

Y aunque el final nos deja dándole más vueltas de las necesarias a una trama que, durante casi todo el tiempo, fue lo suficientemente clara y concisa para mantenernos atrapados, uno sale no sólo conmovido con la nostálgica historia de amor que sirve como eje de todo, sino también convencido, como lo estuvo en sus años Meliés, de que el cine es una vía única para ver y hacer magia: en diversos momentos la película consigue que también nosotros, como público de una película que reconocemos como una ficción, como una mentira, intentemos inútilmente comprender los secretos mecanismos que le permiten a Eisenheim hacer sus trucos.

 

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