Nombre: La casa de las dagas voladoras
Categorías: Drama, Acción, Artes marciales, Fantasía, Guerra, De época
Director: Yimou Zhang
País: China
Año: 2004

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Andres Borda Gonzalez * * ½

La casa de las dagas voladoras (2004)

La casa de las dagas voladoras

Cuando entramos a ver la última película de Yimou Zhang, La casa de las dagas voladoras, tenemos, creo, dos formas de hacerlo: primero, podemos simplemente ir a ver una película y juzgarla con el mismo criterio con el que juzgamos el resto de cosas que vemos en los teatros; la segunda opción es entrar en la sala de la misma forma en que se entra a un museo arqueológico sin ser arqueólogo, o como se va con la familia a visitar las muñecas de porcelana o las bailarinas de Epcot center.

Los críticos de cine de todo el mundo, para bien o para mal, han usado en muchas de sus reseñas una palabra que casi nunca usan para referirse a una película: dicen una y otra vez, sin importarles el hecho de que en su vida nunca se referirían a una obra de arte de esta manera, que La casa de las dagas voladoras es la obra más “hermosa” que han visto, de la misma manera en que una tía, una abuela, o uno se expresaría con relación a la cama en la que Napoleón pasó su última noche. En esta ocasión los críticos y los espectadores hicieron una excepción con respecto al análisis incisivo que suelen hacer de los personajes, de la historia, de la coherencia narrativa, y le dieron paso libre a la contemplación a-crítica y fascinada de dos horas de imágenes espectaculares, fotografías llenas de colores intensos, y batallas perfectamente coreografiadas.

La pregunta es si en verdad estamos entendiendo lo que está pasando en la pantalla, si podemos comprender por qué La casa de las dagas voladoras es o no una buena película. Con la misma tendencia con la que vemos e interpretamos todo lo que no entendemos (las piezas antiguas de museo, los cuadros abstractos y los retratos franceses, los bailes rusos y los trajes africanos) entramos a verla, y salimos evidentemente fascinados. Si nos aburrimos o no, si nos parece lenta y predecible, o si simplemente no nos interesan los personajes, todos los criterios con los que usualmente juzgamos las obras de cine o literarias dejan de jugar un papel en el momento de criticar o interpretar lo que acabamos de ver.

Puede ser que simplemente estemos reconociendo nuestra impotencia ante cierto tipo de cine oriental (que en cualquier forma siempre nos tiene que resultar un poco extraño, ya sea por razones culturales o de cualquier otra índole), o que en verdad encontremos en el definido y repetitivo estilo visual de esta película una razón para considerarla como una buena obra. Y aunque Yimou Zhang haya repetido esquemas y estrategias visuales de su anterior trabajo (Héroe), y a pesar de que transcurrida una hora de película ya todos hayan comenzado a mirar sus relojes, por alguna razón nos sentimos obligados a admirarla como algo intocable, como un clásico que está más allá de las reglas y los criterios con los cuales solemos juzgar el arte. Puede que La casa de las dagas voladoras parezca a los chinos una obra perfectamente coherente, pero para quienes estamos acostumbrados a ver el cine y el arte de una manera determinada (occidental, si se quiere), quienes salimos de la película corriendo al baño con pena de decir que después de habernos aburrido tanto no entendemos por qué dicen que es tan buena, podemos tranquilamente aceptar que no nos gustó, que no la entendimos; que detrás de las coreografías, de las fotografías impactantes y de los curiosos hombres de ojos rasgados, no podemos reconocer ninguno de los factores que usualmente nos impulsan a aceptar o no una película como buena.

 

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