Nombre: Las vírgenes suicidas
Categorías: Drama
Director: Sofia Coppola
Año: 1999

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Luis Fernando Afanador Perez * * * *

Las vírgenes suicidas (1999)

Las diosas mueren jóvenes

La muerte de una mujer bella y joven siempre será algo trágico. ¿Qué decir, entonces, cuando mueren no una sino cinco a la vez, como sucede en Vírgenes suicidas, la espléndida película de Sofia Coppola? ¿Una tragedia sublime? Puede ser. Pero, también, podría haber sido algo muy truculento. Por supuesto, tratándose de la inteligente y delicada Sofia Coppola hay que dar por hecho que ninguna de esas dos opciones tendrá lugar. Ni tragedia, ni patetismo: apenas cierta aura fantasmal, cierto humor negro y mucha nostalgia. Y al final, un insoportable nudo en la garganta.

Basada en la novela homónima del Jefrrey Eugenides, Sofia Coppola vuelve a contar con imágenes, música y palabras, la malograda historia de las hermanas Lisbon que sin razón aparente se suicidaron en un suburbio de clase media alta de Michigan, en 1960. Primero fue Cecilia, de 13 años: se arrojó desde un segundo piso contra la reja del antejardín de su casa el día en que le celebraban una fiesta en su honor. Y la fiesta de honor era precisamente para que “socializara”, según la recomendación del psicólogo después de un primer intento de suicidio. Aunque nada consigue detener a quien tiene una verdadera vocación suicida. “Ni siquiera tienes la edad suficiente para saber cómo se vuelve dura la vida”, le había dicho el psicólogo. Ella le había respondido de manera contundente: “usted nunca ha sido una niña de trece años”.

Este es apenas el comienzo de la película y además se nos advierte que las otras cuatro hermanas -Lux, Bonnie, Mary y Therese- correrán la misma suerte. No, conocer esa información, no afectará para nada el interés en la trama. Primero porque, en el fondo, es difícil aceptar un hecho tan absurdo: uno se niega a creer que esas hermosas muchachas se hayan suicidado. Y, en segundo lugar, porque quien narra la historia –o quien la recuerda: un vecino de las Lisbon ahora convertido en un hombre- nos insinúa que sus muertes voluntarias serán un misterio que él nunca llegará a develar por completo.

Según Eric Rhomer, elegir donde se pone la cámara es definitivo: constituye la moral de una película. Sin embargo, elegir quien narra la historia, también puede llegar ser decisivo. El punto de vista elegido en Vírgenes suicidas es uno de sus grandes aciertos y lo que la convierte en una película sobresaliente. Contada en tercera persona, no pasaría de la mera crónica: un trhiller más lleno de sangre, sexo y muerte. Con algunas connotaciones –y explicaciones- sociológicas: unas lindas niñas de clase media se suicidan porque tenían unos papás muy severos y represivos que no fueron capaces de entender lo que se estaba gestando: la revolución generacional de los locos 60s.

Contada en primera persona, es otra cosa. Es lo anterior y mucho más. El narrador amó a las Lisbon con la ansiedad y la desesperación de su adolescencia y no ha dejado de amarlas en sus recuerdos. Al volver a contar lo sucedido tratando de armar el rompecabezas de la tragedia revive de nuevo aquel tiempo: los amigos, los árboles, ese verano ardiente y único. No puede haber objetividad: la investigación se convierte en una elegía. (Hasta el indolente Trip Fontaine que consigue la hazaña de seducir a Lux -la más concupiscente y sensual de las hermanas- se arrepentirá de su torpeza). Las Lisbon son más hermosas gracias al lente de la nostalgia y su dorado prestigio. Y sus destinos truncados, aún más dolorosos y absurdos. ¿Cómo pudieron morir? ¿Por qué? El misterio permanecerá irresoluble. Con su paradoja dulce y amarga: las Lisbon murieron en casa de sus padres, inaccesibles, apartadas del mundo, con sus sueños y sus deseos intactos, con “toda la vida por delante”. No obstante, ¿la vida cuando ha cumplido sus falsas promesas? Ellas, es cierto, se fueron antes de la hora señalada. Pero nunca conocerán el fracaso ni las frustraciones, “el ultraje de los años”. Siempre estarán bellas e incontaminadas como esos años maravillosos porque ya no pertenecen al tiempo sino a la memoria.

Hay escenas inolvidables como aquella en la que las Lisbon, recluidas en su casa cual monjas de clausura, sólo se comunican con el mundo exterior a través de canciones de rock. Vírgenes suicidas, siendo una película intemporal, es rabiosamente sesentera (y setentera: los imaginarios son los mismos). Aunque realizada en 1995, candidatiza a Coppola para ocupar un lugar de privilegio entre los Mavericks. Por la música, la vida en los suburbios, su toque personal y su bajo presupuesto, nos hace revivir mucho del cine producido en la década prodigiosa. Por eso, además de lo ya dicho, me conmovió especialmente. Tanto fue así que hasta pensé en escribir un poema. Pero sólo alcancé a garrapatear esta pobre nota. La vida, ya se sabe, incumple sus promesas.

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