Nombre: Magnolia
Categorías: Drama, Comedia, Suspenso, Erótico, Policiaca, Fantasía, Basado en hechos reales
Director: Paul Thomas Anderson
Año: 1999

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

Magnolia (1999)

La tilde en Magnolia

(Por su seguridad, le advierto que este texto habla del contenido de la película. Si no la ha visto, le recomiendo no leerlo.)

Dependiendo del dialecto, hay dos o tres lugares donde Magnolia puede llevar la tilde. En su versión más popular, el acento de la película, el momento de mayor énfasis narrativo, ocurre a pocas cuadras del final, cuando —y lo digo seguro de que para este momento no es un spoiler para nadie— caen ranas del cielo. Esta es una escena para la que el espectador es preparado desde el mismo principio de la película a través de enigmáticos anuncios climatológicos y conversaciones sobre la lluvia. Además, es la escena que desencadena las conclusiones. En esta versión, la Magolia cuasi-aguda, la película es una historia sobre la nada, sobre las casualidades y los hechos inexplicables que ponen a personas en los lugares que les convienen o que no les convienen, una película sobre los eventos de probabilidad nula que terminan determinando el desarrollo de las vidas de los hombres, una película para los que creen en el Plan, o un chiste terriblemente largo y muy malo, como el del marranito morado.

En la versión pseudo-esdrújula, por su parte, el énfasis de la película está en el monólogo de Earl junto a Phil. Earl fuma un cigarrillo imaginario, el último que aspirará, y articula a trancas una frase sin aire sobre una vida muy larga de la que se arrepiente.

...it's so fuckin' hard....and so long....life ain't short, it's long....Life is long, godddmnit — god damn....what'd I do? What'd I do? ohhhh what'dIdo?

Es una frase larga que recorre con su mirada las otras historias. Anderson dice en alguna parte que él quería hacer una película sobre siete historias que parecieran una. El hilo de palabras de Earl, en apariencia errático y trastornado por los sedantes, anuda las historias de manera evidente por primera vez. La voz entrecortada del viejo moribundo se convierte, a medida que pasan las imágenes, en la conciencia de los personajes, en la conciencia de la película. Bajo esta perspectiva, Magnolia es una película sobre el arrepentimiento, arrepentirse a tiempo o demasiado tarde pero arrepentirse. La tilde, si quieren, se inicia en la escena donde Linda le dice a Phil que le diga a Earl que la perdone y se extiende sobre la escena donde Frank pierde el control al llegar a la lección How to fake that you are nice an caring para luego conectar con el monólogo de Earl, que parece un eco de todo lo anterior.

....this is a long way to go for no punch...a little moral....story I say...Love. love. love....this fuckin' life....ohhhhhhh, love.....

Finalmente está la versión semi-grave, mi favorita. El acento en este caso va justo después de que termina el monólogo de Earl: Phil se acerca al viejo, casi no lo deja terminar lo que dice, y le administra las goticas que le permitirán descansar. Llueve afuera, llueve por fin después de tanto anuncio de lluvia. Phil se aleja un poco, luce triste pero de repente parece notar algo porque su rostro cambia y surge de la nada una sonrisa. Justo ahí, justo en el momento cuando Phil, el enfermero, deja ver que la muerte de Earl no es del todo triste, Wise Up, interpretada Aimee Mann, empieza a sonar. Lo que sigue aún me deja sin aire y también, como le pasa a Alejandro, me saca algunas lagrimas. Wise up dura tres minutos y medio, y en esos tres minutos se produce una recapitulación extrañísima que saca de manera definitiva la película de una patada de cualquier molde. De repente, y sin que nadie se lo espere, los personajes, uno a uno, empiezan a cantar. La primera vez que ví eso, en un teatro de Metrópolis, casi me paro del asiento para poder verlo mejor.

No sé bien por qué me conmueve tanto esa escena. La acabo de ver antes de escribir esto intentando tener las sensaciones frescas para al menos ser capaz de explicar lo que me pasa, pero no sé. La canción habla sobre madurar, sobre descubrir algo determinante que corta de pleno lo anterior, que clausura algo que corrompe, que duele. ¿La vida? Tal vez, al menos en el caso de Earl. Pero de nuevo, como en la versión pseudo-esdrújula, la voz de Aimee Mann parece hablar con todos, mezlcarlos, unificarlos en un solo coro que, pese a las diferencias, los describe uno a uno, los toca. Donnie decidirá cometer un crimen; el programa de Jimmy llegará a su fin; Jack irá a despedirse de su padre; Linda decidirá acabar con su vida; Jim, decepcionado, le abrirá su corazón a Claudia, se desnudará; Claudia, por su parte, le abrirá la puerta a Jim, y eso ya es mucho pedir; y finalmente Stanley, oculto en la biblioteca, prefigurará su futuro y verá a Donnie al fondo. It's not going to stop, so just give up, dice al final Aimee Mann mientras la cámara se aleja de Stanley y luego aparece la calle, la calle que hemos visitado tantas veces ese día, Magnolia Boulevard, y súbitamente deja de llover.

¿Y de qué se trata esta versión? Tal vez, aunque no estoy del todo seguro, la versión grave es la esperanzadora. La canción reconcilia, perdona y embellece. A diferencia de las dos anteriores, esta versión no es excesiva, no maldice la vida ni la muerte sino que las acepta como parte de un proceso natural, dice hay que seguir porque esto —lo que quiera que sea— no va a detenerse. No importa lo que haga o deje de hacer, el final llega cuando debe llegar, no antes ni después. Hay que aceptar, dice la canción, y luego deja de llover. Pese a ser unificadora, los trata individualmente. Eso la diferencia de la lluvia de ranas.

Hay otros acentos menores. Anderson seguramente diría que la conversación de Jim y Claudia es clave, que de allí y justo de allí es de donde nace la película. De esa frase de Claudia que Anderson le había escuchado cantar a Aimee Mann y lo había marcado tanto: Now that I've met you, would you object to never seeing each other again?. La entrevista truncada de Jack también cumple un papel similar, pero en ambos casos no hay una interconexión tan profunda entre todas las historias como en las tres anteriores.

No importa cuál de las tres o cuatro o cinco Magnolias vea uno, al final la sensación en el torax es siempre la misma. Es mas o menos la que uno siente al terminar de leer cuentos de Salinger, una ansiedad benigna: ahí, en ese lugar, sucedieron cosas, se dijeron cosas. Ahí atrás hay algo, no se bien qué es pero hay algo, y aunque no lo sé siento como si lo hubiera entendido de alguna manera implícita. Como si no admitiera palabras pero de todas maneras entrara por ojos, nariz y boca. Luego uno sonríe, como Phil, y comienza a tararear la canción sin darse cuenta de que todos en el teatro están haciendo lo mismo.