Nombre: Shane
Categorías: Western
Director: George Stevens
Año: 1953

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Tomás Obregon * * * *

Shane (1953)

Héroe impecable

Shane es un tipo que viene de ninguna parte. Un hombre justo, misterioso, iluminado, que parece un fantasma dispuesto a poner el mundo en orden. Un fantasma que hará todo lo que esté a su alcance, por lo pronto, para que un grupo de granjas se libere de la presión de un ranchero malvado llamado Rufus Ryker. Fue filmada hace un poco más de 50 años. Y se siente, por supuesto, un poco pasada de moda (los malos de sombrero negro, la higiene extrema del protagonista, el romanticismo de sus imágenes), pero está tan bien filmada, sus escenas se encuentran tan bien encuadradas, que resulta imposible negar que se trata de una clásico del género. Quizás no sea una obra maestra dentro de las obras maestras del arte, quizás hoy en día tenga ciertas secuencias risibles, pero ¿quién, desde dónde, puede definir qué es una obra maestra? y ¿no es nuestra labor de espectadores volver al tiempo en que una obra fue filmada para conmovernos, incluso, con las escenas cursis que nadie filmaría en el cinismo de estos años?

Es una trama simple, pero, al mismo tiempo, hay algo metafísico, como de cuento en la pampa de Borges, que jamás se resuelve del todo. Un pistolero llamado Shane, un nómada del oeste de esos años que se dirige "a un lugar en el que nunca he estado", llega a la casa de una familia de apellido Starrett. Conoce a Joe, el padre, a Marian, la madre, y a Joey, el niño. Y pronto se descubre defendiéndolos de un tal Rufus Ryker, que quiere quitarles sus tierras. ¿Qué más se puede decir? Que las escenas de acción son memorables. Que uno llega a creerse, a pesar de todo, las peleas en los bares. Que el malvado intepretado por Jack Palance es una máquina sin sentimientos. Que Alan Ladd, el actor protagonista, parece vivo aunque murió en 1964 en circunstancias escalofriantes. Y que la cámara de George Stevens, director de obras como La mujer del año, Un lugar en el sol o La más grande historia jamás contada, no se equivoca nunca en las imágenes que elige. Stevens era, al fin y al cabo, un operador cinematográfico de un talento asombroso. Escribía, producía, filmaba: era un verdadero hombre de cine.

El New York Times publicó, hace un par de años, un artículo en el que Woody Allen elegía a Shane como una de las grandes películas norteamericanas. "Es una extraña opción, de alguna manera, porque no me gustan los westerns. Me gustan High Noon y The Ox Bow Incident, y hay otras tantas que me interesan, pero Shane, creo, es una gran película que se sostiene frente a cualquier producción, sea del oeste o no". Dice Allen, en aquella entrevista, que vio el largometraje por primera vez cuando estaba en el colegio. Era 1953. Y no corrió a verla ni nada porque jamás se ha afanado para ver una película de vaqueros. No le interesan, dice, las atmósferas rurales. "Para mí no es lo mismo si un film empieza en una granja o si empieza en un penthouse". Pero años después (51 años después) siente que pondría a Shane en una lista de las mejores películas americanas de la historia sin ningún remordimiento.

Cree que George Stevens logró una obra maestra. Y confiesa que la ha visto más de 20 veces. Y que ha llevado a muchas personas que odian los westerns a verla. Si la dieran esta noche en televisión, la vería. Siempre persigue sus imágenes como si acabara de verlas. Y sí, reconoce que High Noon es una gran obra, que es de una belleza incalculable, pero que Shane, en cambio, no se queda atrapada en un mensaje y promueve el misterio como un poema filmado. "Eleva los tiroteos a la categoría de arte", son sus palabras exactas. Y quizás sea eso, sí, lo que no podemos creer de esta historia: hay algo mágico en sus escenas, una violencia escalofriante que nunca se materializa, unas señales que no nos llevan jamás al lugar que imaginábamos, una atmósfera oscura pero iluminada, un clima irreal si se quiere, que, aun cuando jamás nos sacan de aquellos años de tierras arrebatadas, sí nos hace pensar que estamos, en verdad, ante el punto de vista de un hombre, George Stevens, que sólo cree en el intento de darle un sentido al mundo que vivimos.

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