Nombre: La noche americana
Categorías: Drama, Comedia
Director: François Truffaut
Año: 1973

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Tomás Obregon * * * *

La noche americana (1973)

Un gato que sepa actuar

Pensemos en un grupo de hombres que filman cualquier escena de cualquier película. Bueno, bien, pensemos en la filmación de una violenta escena de sexo para llegar más rápido al punto. ¿No tiene el director que gritar "acción" después de haberle indicado al actor cómo debe acariciar a la actriz principal?, ¿no vemos, si somos simples espectadores de ese día de trabajo, a un hombre y a una mujer más o menos desnudos rodeados de luminotécnicos, camarógrafos, asistentes de continuidad que dicen "aquí no deben gritar esto sino esto"? ¿No ocurre una comedia afuera, en el set, mientras el operador les dice a los intérpretes muertos de frío en qué parte de la cama no pueden aparecer cuando la cámara comience a rodar? ¿No hay algo menos erótico, en resumen, que la producción de una acalorada escena erótica? ¿No hay una representación más precisa de todo lo que hacemos por salvar la extrañeza que nos produce vivir?

No, no lo hay. No hay nada más triste -eso es, quizás, lo único malo de los estupendos documentales "detrás de cámaras" que vienen con los dvd- que recordar que el cine es simplemente una ilusión. Un truco de magia. Una misa en la que nuestra fe se pone a prueba desde la primera imagen hasta la última. Querríamos que el cine fuera la vida: eso es. Querríamos que las películas no fueran hechas por gente tan perdida como nosotros. Y la verdad es siempre otra.

La verdad tiene que ser lo que ocurre en La noche americana. Los actores no consiguen aprenderse las líneas, las estrellas hacen lo que pueden para descender al nivel de los demás mortales, los romances entre los miembros del equipo pronto hacen insostenible la atmósfera del set de filmación, el dinero se acaba día por día por día, el director empieza a trabajar con la ambición de filmar una obra maestra y en la mitad del camino se conforma con terminar esa película. Y no, el resultado, cuando uno se asoma a la producción de un largometraje, no es un drama terrible. Es una comedia que nos revela tal como somos: seres incapaces de dejar atrás la infancia, jugadores dispuestos a arriesgarlo todo por una escena que valga la pena, actores sin parlamentos a la mano, que venimos y vamos sin saber muy bien qué es lo que sigue. Sí, saber que por medio de ciertos trucos puede filmarse una noche de día (a eso se refiere el título del largometraje) es tan triste como aprender en dónde viven las palomas que salen de los sombreros de los magos. Pero el único camino que nos queda es, entonces, el camino de la risa. Encoger los hombros ante ese pacto que hacemos cuando entramos a ver una película. Perderse en las imágenes como católicos que sospechan, en le puerta de la iglesia, que Dios es un cuento de sus padres.

El propio François Truffaut lo dijo alguna vez: "me han preguntado cien veces este año ¿no tiene miedo de haber arruinado el misterio de un oficio que usted quiere tanto?, y cada vez les he respondido que un aviador puede explicar todo lo que sabe sobre pilotear un avión pero nunca conseguirá desmitificar la maravilla de volar".

La noche americana, con los planos más conmovedores de Jacqueline Bisset (¿no es cierto que es perfecta?), ligera como un poema que no podemos olvidar, llena de frases memorables (imdb.com recoge algunas: "dígale que hablo inglés pero que no lo entiendo", "consíganme un gato que sepa actuar", "dejaría a un tipo por una película pero nunca a una película por un tipo"), no sólo es, creo, una de las mejores películas sobre cine que uno puede encontrar en esta vida menos importante que el cine: es una demostración de que estamos en el mundo para fingir realidades, para negarnos a crecer a toda costa, para ponernos de acuerdo en cómo no pensar en las peores preguntas de la existencia. Cuesta hallar en los alquileres una obra con mejores personajes: el conmovedor director Ferrand (que, como si fuera poco, tiene la cara del propio François Truffaut), la indescifrable estrella americana, el frío esposo siquiatra, el cinematógrafo con suerte, el actor inmaduro que no cederá hasta que las cosas le salgan como quiere (¿no es este el mejor papel de Jean-Pierre Leaud?), todos, entregados en cuerpo y alma a la excursión que es una producción cinematográfica, nos recuerdan a alguien que conocemos.

Porque La noche americana, con sus planos largos bajo la música, no es sólo un largometraje para los amantes del cine, no, sino el retrato de lo que nos sucede cuando nos entregamos a estar con los demás por mucho tiempo. Los reality shows tiene que convertirla, hoy, en una de las obras más relevantes de su autor: porque nos recuerda que, cuando nos vemos forzados a permanecer encerrados con un grupo de desconocidos, tarde o tempranos descubriremos en ellos las cosas que sí conocemos: la necesidad del amor, la presencia del deseo, la esperanza de comenzar a vivir, una y otra y otra vez, las historias que nos han hecho felices. 

La noche americana (1973) Dirección: François Truffaut. Reparto: Jacqueline Bisset, Jean Pierre Leaud, Jean Pierre Aumont, Nathalie Baye, François Truffaut, Valentina Cortese. Guión: Suzanne Schiffman, Jean-Louis Richard y François Truffaut. Música: Georges Delerue. Fotografía: Pierre-William Glenn. Edición: Martin Barraqué, Yann Dedet. Francia e Italia, 115 minutos.

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