Nombre: Juego sucio
Categorías: Comedia, Suspenso
Director: Colin Higgins
Año: 1978

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Tomás Obregon * * * ½

Juego sucio (1978)

Triple tanto de letra

Es una película invisible. Una gran película que no vemos porque nadie nos la recomienda. Una gran película que muy pocos han visto. Una experiencia inolvidable que sólo cuantos han vivido del todo. Parece que se salvó del olvido, al menos en los Estados Unidos, cuando llegó a los alquileres de video. Pero vale la pena hablar de ella, hoy, mañana, siempre, hasta que se tome las habitaciones de los cinéfilos desprevenidos. Desprevenidos, digo, porque no es una obra de fondo. No es una obra para gente de cine clubes. No resuelve problemas existenciales ni reinventa las leyes secretas del lenguaje cinematográfico.  Consigue, sin embargo, lo que consigue el buen cine: nos emociona, nos transforma, nos obliga a ver fantasmas en las escenas que intepretamos en nuestras rutinas. Nos deja, de paso, un álbum de fotos de una serie de personajes maravillosos. 

Creo que no he disfrutado tanto otro video en mi vida. Siento ponerlo en esos términos, en términos personales, pero Internet termina conduciéndolo a uno a esos terrenos. Espero, del cine, que no me deje quitar la mirada de la pantalla. Y esta historia de suspenso, que al tiempo es una gran comedia (la escena con el enano, casi de dibujos animados, es insuperable), que además es una comedia romántica, que como si fuera poco parodia su género sin perder jamás la compostura, me hace sufrir siempre desde las torpes escenas en la fiesta del comienzo hasta el final, en la extraordinaria ópera de Gilbert y Sullivan, The Mikado, que parece una broma pesada (la volvimos a ver, hace muy poco, en Topsy-Turvy). ¿En qué otra película el Papa lleva el ritmo de la música con el pie?

Se habla, cuando se habla del cine de los 70, de una cantidad de obras maestras. Amarcord, La noche americana, Apocalispis now, en fin, todas esas obras maestras. Se quedan por fuera, en las listas de siempre, las obras de entretenimiento. Y es curioso que ocurra. Porque fue entonces, en los 70, cuando se retomó la idea de que entrar en los cinemas es como entrar en un parque de diversiones. Juego Sucio, por ejemplo, es una casa del terror que produce risa de vez en cuando. El aire se acaba todo el tiempo cuando una la ve. Pero no es una historia falsa, sin personajes, de esas en las que uno siente que los productores están presionando botones para conseguir nuestras reacciones. No, acá tenemos a una protagonista memorable, Gloria Mundy (el nombre, decía Colin Higgins, el director, venía del latin "gloria del mundo"), una bibliotecaria frágil, precavida, que una tarde se atreve a recoger a un hombre en una carretera vacía. La pesadilla comienza a asomarse. 

No, no le ocurre nada malo. No todavía. Simplemente lleva a ese hombre, un tipo interesante llamado Bob Scott, Scottie, de vuelta a la ciudad, a San Francisco, al mismo lugar en el que Scottie Ferguson, el personaje de Hitchcock, perseguía al fantasma de la mujer que se suicidó ante su vértigo. ¿Por qué una mujer controlada, medida, inteligente cometería el gravísimo error de recoger a un desconocido en la carretera? Porque quiere poner en práctica el consejo de su mejor amiga, Stella, que es una especie de sicópata amable. "Debes arriesgarte", le dice Stella. "Si quiere una vida, cualquier vida, debes saltar al vacío", insiste. Y sí, Gloria corre el peor de los riesgos, recoger a un autoestopista, y de paso se involucra en una extraña conspiración que podría habérsele ocurrido a Sidney Lumet o a Alan J. Pakula. Una serie de criminales quieren asesinarla de un momento a otro. Todo el mundo la persigue. Un degenerado sexual, más bien tierno, se le aparece en todas partes. Y ella no sabe por qué ni para qué ni encuentra un lugar en donde esconderse. Es la mujer equivocada. Un policía, interpretado por Chevy Chase en el borde de la tontería y la genialidad cómica, parece ser su único amigo.

Goldie Hawn es una actriz excelente. Quien haya visto una película titulada Hay una chica en mi sopa sabrá que pudo enfrentar la actuación brillante de Peter Sellers sin problemas. Quien la haya visto bailar en Todos dicen te quiero, sabe que tiene una gracia que se salta generaciones. Creo, no obstante, que este es el mejor papel de su carrera. Sospecho que jamás lo aceptaría. No sé si sea consciente de que parodió, de manera brillante, a la mujer rubia de Hitchcock. Que consiguió deshacer la frialdad que entusiasmaba al maestro sin romper, ni siquiera por un momento, la tensión. Tiene que serlo.

Juego sucio tiene, entre muchas otras, una escena inolvidable. En una de sus tantas fugas, Gloria se asoma a una ventana en donde un par de viejitas juegan scrabble. La primera pone la palabra "fuck", la segunda le agrega "er", la primera le pone "mother" al comienzo, y, mientras cae una tormenta en sus ventanas, emprenden una discusión sobre si "motherfucker" aparece o no en el diccionario. Bien, creo que lo mejor es verla. No hay nada peor que una película contada por otro. La escena que menciono, además, es un ejemplo del sentido del humor de esta obra invisible, que no entorpece la narración sino que la ayuda a avanzar. Este par de viejitas inocentes, que saben las palabras que todos sabemos, no quieren abrirle la puerta a Gloria. Y esos seres de circo que la persiguen, esos hombres deformes, enanos, albinos, gordos fisiculturistas que no la dejan en paz, la acosan como los monstruos de La parada de los monstruos en esa última escena escalofriante.

Juego sucio es un largometraje de Colin Higgins. Que nació en Nueva Caledonia, el 28 de julio de 1941, y murió en Beverly Hills el 5 de agosto de 1988 de sida. Dejó suficientes pruebas de su genio, creo: Harold and Maude, basada en su guión original, es un gran trabajo del director Hal Ashby (se han hecho muchas versiones para televisión y teatro en todo el mundo); 9 to 5, escrita y dirigida por él, es una comedia negra casi perfecta. John Landis, infravalorado desde siempre, le pidió que apareciera en un pequeño papel en Into the Night, otra invisible comedia romántica de suspenso (los adjetivos no paran de llegar): es el único homenaje que se le ha hecho, hasta el momento, a un hombre que estuvo a punto de recordarnos qué es el cine. 

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