Nombre: Kundun
Categorías: Drama, Religiosa
Director: Martin Scorsese
Año: 1997

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Tomás Obregon * * * *

Kundun (1997)

Nueva biografía al margen

Poco a poco, biografía por biografía, Martin Scorsese completa su propia enciclopedia de vidas filmadas. Ningún director de cine ha logrado filmar, como Scorsese, el paso horroroso del tiempo y de las vidas, y la forma en que los hechos pueden convertir la historia de cualquier persona en una pesadilla que gira y gira sobre su propio eje. Los personajes de Scorsese son seres autodestructivos, hombres al margen del mundo oficial que dedican todos los esfuerzos de sus vidas a la obsesión de ser aceptados por grupos humanos a los que jamás podrán pertenecer. Porque, claro, los personajes de Martin Scorsese no pertenecen a nada ni a nadie, toman las peores decisiones posibles, y se suicidan lentamente como si fueran serpientes que se consumen a sí mismas desde su propia cola.

Las biografías que Scorsese filma son largas pesadillas. Bastará recordar a Travis Bickle, el taxista insomne que, en Taxi Driver, no logra soportar esa Nueva York que se derrumba por las noches frente al vidrio panorámico del carro. Bastará recordar esa pesadilla en blanco y negro que es Toro Salvaje, la historia de los fracasos del boxeador Jake La Motta, o la noche sin salida que Paul Hackett vivirá una y otra vez en Después de las Horas.

Los personajes de Scorsese, a pesar de empeñar sus sistemas nerviosos en el intento, nunca lograrán hacer parte de ninguno de esos grupos o, mejor, de esas sectas que, sumadas, de acuerdo con la obra del director de Nueva York, conforman lo que, cuando nos referimos a nuestra relación con los demás, llamamos “este mundo”. A pesar de sus esfuerzos, el Henry Hill de Goodfellas tendrá que alejarse de los círculos de la mafia y será rechazado para siempre por aquellos que delató y que le dieron la vida. Newland Archer, en La Edad de la Inocencia, venderá su alma a ese diablo -esa secta- que es la alta sociedad de la Nueva York de comienzos de siglo, y de esa forma su vida se reducirá a una oportunidad perdida para siempre. “Ace” Rothstein, en Casino, sufrirá un atentado ordenado por la misma mafia a la que le sirvió como director de uno de los casinos más importantes en la historia de Las Vegas. Eddie Felson, en El color del dinero, hallará su propia redención en el rechazo del grupo de esos billaristas vividores que lo acompañó desde los primeros años de su juventud.

Los personajes de Scorsese, además, se autodestruyen como las horas, los minutos, los segundos. Rupert Pupkin, el Rey de la comedia, secuestrará a Jerry Langford y así se convertirá en una de esas celebridades que se mueren por culpa de su propia fama. Lionel Dobie, el pintor de Lecciones de vida, se consumirá en nombre del rechazo de la mujer que le sirve de ayudante y sólo hallará la redención en la sublimación de sus deseos reprimidos sobre el inmenso lienzo que ocupa gran parte de su estudio. El propio hijo de Dios, en La última tentación de Cristo, descubrirá, sobre la cruz que le dará sentido a su existencia, que son sus propias decisiones las que lo han llevado a ese lugar, que él mismo se ha llevado al final y que todo habría podido ser diferente. Esa es la última tentación de todos los personajes de Martin Scorsese: la sospecha de que la vida habría podido ser feliz si sólo no hubieran ocurrido tantos accidentes, si alguna vez se hubiera considerado la posibilidad de elegir el camino correcto.

El año pasado Martin Scorsese terminó de filmar una nueva biografía. La película se llama Kundun, y es, palabras más, palabras menos, la historia que narra la primera parte de la vida del último Dalai Lama. El líder tibetano ha vivido en el exilio durante casi tres décadas y, desde que escapó de su país, por culpa de la invasión de la China comunista, se ha convertido en algo así como la consciencia de una serie de políticos y artistas de nuestra época. En las últimas dos décadas, por ejemplo, el Dalai Lama ha sido muy bien recibido en Hollywood. Se trata de un gesto general que merecería un serio análisis sociológico. Actores como Richard Gere o Harrison Ford (que es el esposo de la guionista de Kundun) han apoyado los esfuerzos del líder por mantener su posición espiritual ante el mundo. El año pasado fue estrenada en Colombia la versión de Jean Jacques Annaud (el director de El Nombre de la Rosa, El amante y La guerra del fuego) sobre la relación histórica entre un explorador alemán y el líder tibetano. Es por eso, quizás, y porque al menos la presencia de Brad Pitt en la película de Annaud confundía a las adolescentes a la hora de entrar en los teatros, por lo que no hemos podido ver, en ninguna de las salas del país, Kundun, la versión definitiva de la historia del sucesor de Buda.

Dice el mismo Martin Scorsese, en una conversación editada por David Thompson y Ian Christie: “La película fue escrita por Melissa Mathieson, y es la historia directa de la búsqueda del Dalai Lama cuando era un niño en Amdo, una provincia del Tíbet. La película nos lleva a través de la maduración del niño hasta que se convierte en un joven de dieciocho, cuando tiene que tomar una decisión que, como él sabe, llevará a su país -literalmente- a la vida o al muerte. Lo que me interesó fue la historia de un hombre, o un niño, que vive en una sociedad basada en el espíritu, una sociedad espiritual que, finalmente, choca contra el siglo veinte y se enfrenta cara a cara con una sociedad materialista. Mao finalmente da en el blanco durante la visita del Dalai Lama a Beijing. Le dice: ‘¿Usted sabe que la religión es un veneno, cierto?’ En ese punto el Dalai Lama descubre que todo ha terminado para todos, y que la única manera de salvar al Tíbet es que él se vaya y se lo lleve con él. Lo que me interesa es cómo un hombre hecho a partir de la no violencia trata con estas personas: esa es, al final, la historia”.

Kundun es, como siempre, una biografía filmada desde el sistema nervioso del biografiado. Scorsese posee, como director, la extraña cualidad de convertirse en el personaje que relata y siempre ha contado con la presencia y la asesoría del biografiado en sus sets de filmación. Así como podemos sentir el dolor de Cristo en la cruz, o la desesperación de Jake La Motta, así como sentimos la angustia de Paul Hackett, o la ira del Max Cady de Cabo de miedo, así, de la misma forma, sentimos el asombro que el Dalai Lama niño siente ante el mundo que se abre como un libro ilimitado ante sus ojos. Se sabe que la nueva película de Scorsese contó, de nuevo, con la participación y la asesoría del biografiado y que tanto él como la guionista, Melissa Mathieson, dedicaron horas y horas a entrevistarse con el Dalai Lama. Y es que Kundun está filmada desde el punto de vista del líder tibetano: la cámara, por ejemplo, siempre está a la altura de sus ojos y se asoma al mundo con la curiosidad de los niños, los sueños se suceden unos a otros con un poder nunca antes visto (creo que sólo los sueños filmados por Woody Allen en Otra mujer, los que Kurosawa filmó para su antepenúltima película y los que Dalí diseñó para Spellbound, una película de Alfred Hitchcock, podrían compararse con los sueños en forma de pesadilla que son las últimas escenas de Kundun).

La película de Martin Scorsese llega al centro del alma del Dalai Lama de tal manera que la imaginación, la memoria y la realidad del personaje se cruzan constantemente. Frente a un mundo que se derrumba por las leyes de la oferta y la demanda, frente a un mundo lleno de la miseria de los desplazados, de los asesinados, de los abandonados, frente a un mundo que no ve el final de su propia crisis, un ser similar al Principito de Saint-Exùpery, el último Dalai Lama, intenta que el espíritu guíe sus pasos. Es como siempre, en las películas de Martin Scorsese: el mundo va a una velocidad que el espíritu no entiende; el mundo se ha decidido por el dinero y los cambios, el mundo se ha llenado de imágenes corporativas y, mientras eso, un personaje, el último Dalai Lama de nuestro tiempo, se ha quedado atrás, en un territorio que escapa de la materia. El muy joven líder tibetano es como un último emperador del espíritu y, sin embargo, como en todas las películas de Scorsese, se da cuenta de todo lo que está pasando. Su imperio ya no es de este mundo, es cierto. Y es cierto que su imperio sólo existe dentro de él mismo. Pero también es cierto que, para su pesar, él es consciente de su propia desgracia.

En esta ocasión Scorsese ha conseguido, además, que Philip Glass rodee sus imágenes con una partitura sobrecogedora. Glass es, sin duda, un maestro de la música de nuestro tiempo, que, como el Dalai Lama, ha sabido integrarse a la segunda mitad del siglo veinte. Como sabemos, las películas de Scorsese ocurren al tiempo que la música. En sus películas la música es como la voz de la cámara, el bastón de la narración, o el subconsciente de los personajes. En Kundun, que no es la excepción, la música es una parte fundamental de la narración: el niño que será uno de los líderes religiosos más importantes de nuestra era, vive con sus sentidos abiertos, en actitud de asombro, como si atara cabos todo el tiempo y cada grano de arena del mundo tuviera relación con su propio corazón. El minimalismo de Glass que, además, es un amigo cercano del líder, logra una armonía casi mágica con las escenas que Scorsese ha planeado con el cuidado de las tejedoras de otros siglos. Como si la atmósfera creada por Glass fuera poco, Scorsese se rodeó, además, de actores que entendieran de verdad la historia. Todos los actores que aparecen en Kundun son actores naturales. En esta ocasión, Scorsese no ha contado con la presencia de Robert De Niro, Harvey Keitel o Joe Pesci, y, sin embargo, ha logrado actuaciones dignas de cualquier actor de nombre. Se ha rodeado de una serie de actores no profesionales y de su usual grupo de colaboradores técnicos y ha conseguido, de esa forma, adherir una gran nueva página a su enciclopedia de sectas y personajes marginales.

Según ha dicho el director, pronto filmará la vida del músico George Gershwin y la del comediante Dean Martin. La primera película, que se llamaría Gershwin, es un proyecto que Scorsese ha intentado filmar desde hace varios años. La segunda, que llevaría como título Dino, parece estar en proceso de pre-producción y ha tenido los inconvenientes propios de la filmación de cualquier película del director de Nueva York. A pesar de eso, actores como Tom Hanks, John Travolta y Jim Carrey se han mostrado interesados en el proyecto. No obstante todo el trabajo que ha requerido la preparación de la filmación de las dos biografías mencionadas, Scorsese primero dirigirá a Nicholas Cage y a Ving Rhames, según parece, en una película titulada Bringing Out the Dead. La historia es, de nuevo, una pesadilla: la de un médico neoyorquino que pasa sus días rodeado de visiones infernales. Bringing Out the Dead ha sido escrita por Paul Schader, el mismo libretista que trabajó con Scorsese en Taxi Driver, Toro Salvaje y La última tentación de Cristo, y, según parece, regresa al tema de esos seres que no logran adaptarse a la violencia de este mundo, seres que intentan pertenecer a lo que sea (el círculo de los médicos, por ejemplo) y que sólo logran la redención en el momento en que se deciden a narrar sus vidas. Porque, eso sí, los seres marginales que Scorsese ha filmado tienen, al final de sus días, una última tentación: la de volver atrás, la de vivir de nuevo lo vivido. La encrucijada entre la imaginación y la memoria no los deja en paz, y sólo la película que Martin Scorsese ha filmado en nombre de ellos, sólo la biografía que Scorsese ha hecho como si conociera sus sistemas nerviosos, le devuelve el sentido a esas pesadillas que ellos mismos se han escrito como vidas.

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