Nombre: La vida es un milagro
Categorías: Comedia, Comedia dramática
Director: Emir Kusturika
País: SERBIA AND MONTENEGR
Año: 2004

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

La vida es un milagro (2004)

Paralelismos.

Hay una asociación inevitable entre Kusturica y fanfarria excesiva. Sus películas están plagadas de escenas que funden violencia y amistad, guerra y amor, y fantasía y realidad, todo esto al ritmo de una música extraña y viva (que él llama unza-unza) que parece no padecer los contrastes narrativos (o alimentarse de ellos: lo que en una situación suena a fiesta, luego puede perfectamente sonar a muerte). Siempre que veo una película de este señor quedo con la sensación de que pudo haber sido hecha por colombianos. De pronto en lugar de la fanfarria de la Non-smoking band (con quienes, a propósito, visitará Colombia en marzo como parte de su gira mundial) habría porros, papayeras, una parranda vallenata, o una de esas bandas que tocan música de Lucho Bermudez. Las temáticas, eso sí, serían las mismas: hombres y mujeres que viven vidas felices y que súbitamente, y rehusandose a aceptarlo, se ven inmersos en una guerra horrenda. Películas llenas de vida, de animales actores con participaciones relevantes, de un humor crudo de soldado a punto de morir diciendole al amigo que tiene que confesarle algo y luego expirando, de corrupciones a grande y pequeña escala que controlan enloquecidamente las comunidades, de hermanos que se matan entre ellos.

La vida es un milagro es la nueva película de este Bosnio que antes de ser director de cine quería ser futbolista. Cuenta la historia de Luka, un obsesionado con los trenes, quién tiene un hijo con un brillante futuro en el futbol y una esposa que alguna vez fue una medianamente conocida cantante de opera y vive en un pueblo cerca a la frontera entre Bosnia y Servia supervisando la construcción de un ferrocarril que unirá las dos naciones. Sin que nadie lo espere, la guerra llega un día y arrasa a su manera con todo eso que Luka tiene. La guerra, también, traerá a sus brazos a la bella Sabaha, pero querer a Sabaha no será fácil. Nada es fácil en medio de una guerra. Kusturica dice que es un drama shakespeariano adaptado a los Balcanes, me gusta su descripción.

Aunque haya diferencias radicales entre estilos, biografías y probablemente posiciones, yo a Kusturica lo acomodo junto a Enki Bilal y Aleksandar Hemon, completando una triada de artistas que debido a su cercanía con la guerra en los Balcanes la han hecho parte esencial de su narrativa. Bilal se excusa en un futuro repleto de memorias, un futuro horroroso, nos habla de los huerfanos de la guerra y las ciudades arrasadas. Hemon cuenta la guerra como una cosa lejana que igual deja certeros cortes en su piel, una guerra distante de la que es imposible escapar, una guerra por televisión, cartas o fotos. Kusturica ilustra la vivencia directa de la guerra, le gusta enfatizar el todo el mundo sabía que iba a ocurrir, pero nadie quizo aceptarlo. En los tres hay un romanticismo ácido por un pais fragmentado que se niega a ser comprendido y una historia que tienta las dudas eternas sobre la supuesta bondad natural de la especie humana. También una nostalgia por la tierra que dejaron atrás en el tiempo o el espacio, ésa en la que los contrastes parecían no importar. Así mismo, los tres enfatizan el papel de los medios como instrumentos de desinformación que solo contribuyen a crear confusión y a vender la idea de la existencia de una guerra distinta, cinematográfica, que se superpone a la real (más dolorosa, con más rostros y menos efectos especiales). Los tres mencionan a sniper alley y a mi esa referencia siempre me eriza la piel.

Viendo esta película me acordé de la historia de mi abuela quien, tras el asesinato de Gaitán, tuvo que encerrarse en un cuarto del colegio donde vivía junto a la prefecta de disciplina, las únicas miembros del partido conservador del plantel, tratando de evitar que fueran linchadas por el resto de sus, hasta solo ayer, amistosas colegas. O de esa bomba casera que pusieron en la casa de mis bisabuelos en Lebrija o Bucaramanga, mas o menos por la misma época, o de esa noticia que leí hace unos años en el periodico de una familia en la que el hijo mayor es suboficial del ejercito y el menor se enlistó en la guerrilla. Ver a Kusturica siempre me recuerda a Colombia, siempre me hace preguntarme: ¿llegaremos allá, o acaso ya vivimos en ese estado? ¿hacia donde vamos con nuestra guerra ignorada? Ver a Kusturica constituye, a veces, un extraño ejercicio pedagógico de concientización, de reflexión en un espejo.

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