Nombre: King Kong
Categorías: Acción
Director: Peter Jackson
País: Estados Unidos
Año: 2005

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Alejandro Martin Maldonado * * * *
Mauricio Reina * * * *

King Kong (2005)

Una obra maestra

Mientras veía King Kong con mi ahijado Santiago no podía dejar de pensar que estaba viendo la película más grande, la más hermosa, la más emocionante en mucho tiempo. Este año, después de quedarme dormido en varias de las que consideraría las mejores películas, llegué a pensar que el cine había dejado de ser lo que era para mí. Pero viendo King Kong volví a entender por qué tantas veces he pensado que el cine es la forma máxima del arte en la época que me tocó vivir. Por qué, para mí, la verdadera figura del héroe es el director de cine y la epopeya más grande la filmación de una película.

King Kong es lo más imponente que se ha filmado en muchos años. Es un poema a la belleza. A la belleza de las mujeres, la belleza de los pasajes salvajes, de Nueva York, de los animales mitológicos, pero por encima de todo a la belleza del cine. King Kong es la película del hombre que haría cualquier cosa por la mujer que ama, del aventurero que arriesgaría su vida por descubrir una flor exótica, del pintor que se arriesgaría a la locura con tal de encontrar la imagen misma de la belleza, pero por encima de todo es la historia de Peter Jackson (de John Cameron): del director de cine que vendería todo lo que tiene (y lo que no) con tal de llevar a la pantalla esas imágenes que lo atormentan en la noche y que hacen que no deje de soñar despierto.

La película tiene muchos problemas según los críticos: unos dicen que se demora demasiado en la presentación, otros que arma personajes que luego no se desarrollan, otros que en la isla hay demasiadas persecuciones, otros que el amor de la bella y el gorila es inevitablemente ridículo. Yo estoy dispuesto a buscar argumentos para defenderlo todo, todo, todo; pero soy un enamorado, así que no hay que creerme mucho. El comienzo es absolutamente fascinante, es como un hechizo: la Nueva York de la depresión queda pintada con sólo un par de trazos, el barco fantasma nos mete en la bruma sin darnos cuenta. Los personajes principales (el director, la bella y el guionista) están llenos de matices: el primero es más impulsivo, la segunda más directa, el tercero más melancólico, pero todos tienen algo del otro; los secundarios juegan su papel para que la película sea una suma de todas las películas de aventuras.

En la isla nos recibe la secuencia más imponente en la que ante los tambres de los aterradores nativos (hemos penetrado la pesadilla) la bella es ofrecida a la bestia. Y allí ya nos hemos subido en la montaña rusa, en la que se alternan agotadoras persecuciones con pausas líricas en las que la verdadera historia de amor va gestándose: King Kong tiene la fuerza brutal pero también la ternura. Ann Darrow (Naomi Watts más hermosa que nunca) utiliza su talento de comediante física para conquistar al gorila (y logra que nos identifiquemos con nuestros antecesores simios al reírnos de las más elementales torpezas). Nunca creí que la animación consiguiera una actuación tan fina como la del gorila gigante, pero el actor (Serkis) que está disfrazado de cables consigue que el monstruo sea de una expresividad inimaginable.

King Kong, la bestia, es lo máximo, y uno se da cuenta de esto al mismo tiempo que Ann, luego de verlo luchar con los Tiranosaurios en la mejor pelea cinematográfica que se ha visto en años. La isla despliega su naturaleza infinita mientras Jackson despliega toda su sabiduría de cine: no queda una técnica de montaje por ensayar. Quizás esa voluntad suya por hacer la suma de todas las películas sea su talón de Aquiles, lo que haría que la mayoría de los espectadores salieran agotados y aburridos, pero también lo que hiciera que los cinéfilos enfermos como yo cayeran rendidos a sus pies (No es ésta la única analogía que se puede encontrar con el Ciudadano Kane).

Al final, se me corta la respiración cuando los dos se despiden sentados en la cima del Empire State y hay un eco a las imágenes románticas, en el sentido de Caspar David Friedrich, de la isla con la bella y la bestia ante el paisaje infinito. Pero el momento más fuerte, el que me sacó las lágrimas de emoción, es cuando King Kong con Ann en su mano, huyendo de la jauría humana que lo persigue, de repente resbala sobre el lago congelado de Central Park, y comienza a deslizarse hasta que los dos terminan bailando un vals enamorados. Para muchos lo más rídiculo que se puede concebir, para mí la emoción más fuerte del último año. Que bien que por lo menos mi ahijado estuvo de acuerdo conmigo.

 

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