Nombre: El colombian dream
Categorías: Drama, Comedia, Cine colombiano
Director: Felipe Aljure
País: Colombia
Año: 2006

Otras reseñas para esta película

Alejandro Martin Maldonado * *
Mauricio Reina * * * ½

El colombian dream (2006)

El todo no es lo mismo que la suma de las partes

Me agotó la película. Me aburrió. No la soporté. Ya lo dije. Que bien. Puedo respirar e intentar contar un poco cómo llegué aquí.

Sé que no es bueno, pero en especial para el cine nacional resulta casi inevitable, llegar al teatro con ciertas concepciones previas. El caso es que casi toda la gente con la que hablé antes de la película la había elogiado mucho. Es más, en la puerta del teatro, al que fui con toda mi familia, nos chocamos con dos amigas de mi papá que estaban casi en éxtasis. Por otro lado, estaban las reseñas: en Semana, Ricardo fue bastante positivo, y Afanador aquí mismo la elogió montones (yo sólo conocía sus veredictos sobre la película en términos generales, por lo general me aguanto para leerlos después de haber visto la película). Aljure cae bien porque ama el cine. Se ve que lo lleva en la sangre y que esta película fue una empresa en que se lo jugó todo.

Tengo que confesar también que iba al cine con la conciencia de que a mí La gente de la universal no me había matado; me había alegrado de ver en ella un director, pero me había molestado en sus excesos. Claro que pensaba que ese juicio podía deberse a mi criterio adolescente, por lo general tan exigente, de cuando la vi. Sin embargo, aún en la puerta del cine, sospechaba que algo de razón tenía yo en esa apreciación; y ahora, después de haber visto su nueva película, y al intentar escribir sobre ella, vengo a confirmarlo: Aljure tiene más ganas de jugar con la cámara que de hacer una película.

Es verdad, que al contrario de la mayoría de realizadores colombianos, Aljure sabe de cine y hace cine. Conoce tantos trucos como nadie y claramente se puede decir que piensa en imágenes. El problema es que le puede la gana de jugar con ellas. En El Colombian Dream se hace evidente que más que armar un todo, lo que quiere es exhibir un arsenal de fuegos artificiales. Ante cada secuencia de la película uno tiene la sensación de que la pregunta que él se hacía no era: “¿cuál es la mejor forma de filmar esto?”, sino “¿en que momento uso este otro movimiento de cámara?”. Entonces claro, en la película encontramos por doquier paneos, fundidos, pantallas divididas, tomas desde arriba, desde abajo, que dan la vuelta, que tiemblan, que se sacuden, que pendulan... parece haber hecho al comienzo una lista, muy completa, de todos los trucos posibles, para luego irlos chuliando uno por uno.

Por eso no se puede negar que la película tiene buenos momentos, y lo que es más importante: que uno se siente viendo una película de cine (que ya es mucho en este país). Pero casi todo es hueco, y hueco en el sentido más triste, porque ni siquiera sentí que hubiera real originalidad cinematrográfica: esto de Scorsesse, esto de Luhrman, esto de Aronofsky, etc. Y yo no le reprocharía la falta de originalidad (casi nadie lo es en estos téminos), si usara esos recursos efectivamente, pero cuando lo que importan son los recursos en sí, allí la originalidad sí que es imprescindible (y aquí no hay casi). De todas maneras debo reconocer que entre toda esa pirotecnia insulsa se esconde al menos un diamante: cuando se divide la pantalla para mostrar de manera muy precisa las esquinas de uno de los triángulos amorosos en su instante decisivo, más que original, allí sí que es efectivo, y con ese recurso llena de dramatismo el que es quizás el mejor momento de la película.

El efectismo es peligroso. Yo admiré Romeo y Julieta, Corre Lola Corre y Pi; pero de estas sólo puedo decir que me gustó en realidad la primera (y mucho), de las otras con media hora había tenido. Porque el efectismo es peligroso y agotador. Así como adoro los videos musicales, creo que esa intensidad de tres minutos resulta muy complicado alargarla a dos horas. El cine tiene un tiempo diferente, que se debe pensar mucho más como una sinfonía que como una canción. Quizás Aljure pensó su película como un concierto de rock, y seguro tendrá sus razones bien pensadas para justificar esa gran metáfora del país que se sentía construyendo. Pero no dejo de pensar que para que los momentos de intensidad (en una película, pero seguro en la vida también) lo sean realmente, deben venir contrastados con momentos de calma. Para que un efecto en realidad “haga efecto”, tiene que ser diferente del resto, sino se convierte en mero ruido.Puedo adivinar una respuesta defendiéndolo: “así es Colombia, de tanta metralla estamos anestesiados”. Y quizás yo estoy siendo dogmático al afirmar “las películas deben ser así y no asá”. Está muy bien que Aljure se rebele e intente su propio formato, pero es un estilo que a mí deja de interesarme muy pronto.

Por otro lado, en general, me molesta esta insistencia de tantos colombianos en definir la “colombianidad”, ¿no se puede hacer algo profundamente colombiano sin tener que buscar un sello? ¿no resulta tremendamente pretensioso? ¿no hay una infinidad de diferencias al interior de este país? También es verdad que en esa búsqueda de “lo colombiano” encuentro otro gran aporte de la película: la sensación de ese calor de Girardot, tan de aquí. Aunque me choquen esa frases del narrador ("los colombianos...", "en Colombia...") uno no puede pretender algo diferente de una película que se llama El Colombian Dream.

Del bebe narrador no sé si valga la pena hablar: justifica la mirada alucinada, y con seguridad es una metáfora muy sofisticada, pero no deja de parecer insidioso e innecesario. ¿Por qué tres de las más elaboradas películas colombianas de los últimos años (Los niños invisibles, El rey y ésta) recurren a esa voz en off que parece justificarse sólo para explicar al espectador lo que pasa? ¿No hay más formas de armar coherentemente una película? Quizás más que la ausencia de una necesidad estructural, lo que más molesta de esa figura es la peligrosa cercanía con la poesía tipo Subiela que se hace patente en la película con el español volador. Menos mal el cinismo colombiano se impone, y el humor nos rescata cada tanto. Hay muchos chistes muy buenos, tengo que reconocerlo, y cada vez que me reía volvía a darle un chance a la película: ahora sí me va a gustar, me decía, pero pronto un exceso más me dejaba agotado.

A la salida del cine, caminamos un rato en silencio mirando las caras de los que salían al tiempo: unos felices, otros con rostros indescifrables. Sólo al salir del centro comercial me atreví a preguntarles a mis papás qué tal les había parecido. Mi papá señaló que había sentido que sobraban minutos, pero que había mucha cosa interesante, que se notaba que era un director de cine. Mi mamá, con esa cara que pone cuando está tímida pero ácida, dijo que se quedó esperando ese momento que los reseñistas prometen, después de los primeros veinte minutos, cuando uno ya se mete feliz en ese caos. Mi hermana, silenciosamente, me hizo sentir que opinaba lo mismo que yo, que estaba tan triste como yo de haber quedado decepcionada. Y yo, ahora, estoy intentando poner por escrito la opinión que comencé a dar forma en esa conversación.

(Para ver pistas del argumento por favor leer las otras reseñas de la película y para ver el corto entrar por aquí a Youtube)

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