Nombre: El nuevo mundo
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Guerra, Histórica, De época
Director: Terrence Malick
País: Estados Unidos
Año: 2005

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Juan Carlos Gonzalez Arroyave * * * ½

El nuevo mundo (2005)

La edad de la inocencia

 La palabra precisa es contemplación. Esa es la percepción y la sensación que Terrence Malick quiere -exige, diría yo más apropiadamente- que tengamos frente a su cine. Un cine hecho de imágenes absolutamente preciosistas, que son un fin en si mismas, que cuentan por si solas una historia que supera cualquier guión con las que se quiera adornarlas. Hay poesía en esa mirada reflexiva -pero, por favor, no piensen en Eliseo Subiela y en  El lado oscuro del corazón, vayan a Tarkovski, vayan a Bresson-, en esa contenida emotividad, en esa paleta de colores, en ese cielo amarillo en medio de la batalla. El nuevo mundo (The new world, 2005) es apenas su cuarta película en más de tres décadas y eso es suficiente para que sepamos que estamos ante un artista fundamental, ante un hombre inclasificable, ante una figura misteriosa que no somos capaces de asir, que nos supera y que nos reta.

Me imagino esta historia en manos de Ridley Scott como ocurrió con 1492: la conquista del paraíso y me dan escalofríos. La historia de amor del capitán John Smith y la Princesa Pocahontas puede prestarse para lo peor (ya hasta Disney estuvo involucrado), pero Terrence Malick no iba a traicionarse. Su película es como las otras tres que ha filmado: sosegadas, vitales, bellas, capaces de expresar con imágenes lo que otros gastan en parlamentos inútiles. Y cuando sus personajes hablan lo hacen en monólogos interiores de enorme intensidad, un secreto que sin querer comparten con nosotros, que somos testigos silenciosos del agitar de sus almas.

Pero falta la naturaleza, la otra protagonista de su cine. Los animales, las plantas, la tierra, el cielo, el sol, la luna. Todos y todas son los habitantes de su filmografía, conciente de su sitio, de su papel como contraparte del hombre, como balanza donde podemos medir  el tamaño de nuestra capacidad destructora, de nuestra inveterada ceguera. La naturaleza en Malick tiene su propio lenguaje, hecho de sonidos del agua, de viento que agita las hojas, del canto de las aves, del rumor de la hierba ante los pasos humanos. Y por eso mismo la oímos gritar ante la prepotencia y la ignorancia humanas que se niegan a aceptar que todos cabemos aquí y que el hombre es un elemento más dentro de la ecología del planeta y no su amo. La violencia humana que ofende a la naturaleza está en el centro de las preocupaciones de Malick como autor. El asesino psicópata, el egoísmo de los afectos, la sinrazón de la guerra y el choque cultural entre dos civilizaciones son ejemplos de los actos humanos que Malick describe con dolor y con profunda decepción en sus cuatro filmes: Badlands (1973), Días de gloria (1978), La delgada línea roja (1998) y El nuevo mundo.

Por eso el arribo de los ingleses a las costas de Virginia en 1607 y su encuentro con los Algonquinos de la región se antojaba un material perfecto para el desarrollo de sus temas recurrentes y de su manera de ver el cine. ¿Smith? ¿Pocahontas? La anécdota ya otros la han contado: lo importante era el encuentro -el choque, mejor- de dos sensibilidades y la imposibilidad de salir indemne cuando se enfrentan, como aquí, dos maneras de ver la vida. Para los Algonquinos la inocencia fue su víctima, pero para los ingleses fue peor: fue llevar para siempre en el alma el estigma de la intolerancia brutal a la que apelaron para imponerse en ese desconocido brave new world.

 

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