Nombre: En primera plana
Categorías: Basado en hechos reales
Director: Thomas McCarthy
Año: 2016

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Samuel Castro * * * ½

En primera plana (2016)

Detrás de las noticias

Sólo hay una escena en Spotlight (En primera plana es una traducción casi insultante frente al tipo de periodismo que se practica en la película) en la que el guión cede a hacer un flashback y es al comienzo, cuando observamos una estación de policía de Boston en 1976, de la que salen presurosos dos sacerdotes. Ya nos han mostrado que uno de ellos estaba detenido por violar a un niño. Su salida rápida sólo le da la razón al policía veterano que unos segundos antes le había advertido a un novato lo que le iba a pasar a aquel sacerdote: nada. 

La escena está ahí porque Tom McCarthy, el sensible director y guionista de Spotlight no quiere que tengamos ninguna duda. Aquí la idea no es que pensemos, como en un thriller, si el acusado es culpable. Lo que nos va a narrar durante las siguientes dos horas, sin apresurarse jamás, pero con pulso seguro y con estupendas actuaciones, es el meticuloso proceso que durante ocho meses del 2001 le permitió al equipo de periodismo investigativo del Boston Globe, el grupo “Spotlight”, demostrar que la cúpula de la Iglesia Católica de la ciudad sabía que muchos de sus sacerdotes eran pederastas y a pesar de los cientos de niños víctimas que dejaban a su paso, ejerció una política sistemática de ocultamiento de la verdad y de sanciones menores para los curas involucrados.

Igual que en su obra previa (de él son las magníficas The station agent y The visitor), McCarthy logra sacar notas altas de todo su reparto, destacándose la contenida actuación de Liev Schreiber como Marty Baron, el editor que venía del Miami Herald y cuya curiosidad frente a una columna del periódico hizo que la investigación arrancara, y la soberbia interpretación de Michael Keaton como Walter Robinson, el periodista de buena familia del Boston Globe, quien a pesar de pertenecer a la clase privilegiada de la ciudad antepone su ética y sus valores periodísticos a cualquier consideración con las instituciones y la “gente de bien” de Boston, muchos de ellos, amigos suyos. Serán ellos los que guíen un proceso que McCarthy nos describe al detalle, logrando que entendamos que eso que llaman “el gran periodismo” en realidad está compuesto de paciencia, constancia, búsqueda de datos, insistencia con las fuentes, muchas horas de calle, muchas puertas que se tocan y sólo unos cuántas que se abren. El Premio Pulitzer que el equipo Spotlight ganó en 2003 por aquella investigación fue en la categoría que tal vez sea la más honorable que pueda tener el periodismo: servicio público. A eso, parece decirnos McCarthy en su toma final de periodistas convertidos en telefonistas, debe aspirar quien quiera dedicarse al “oficio más bello del mundo”, como le llamaba Gabriel García Márquez.

Es un clásico aquel grito de “paren la imprenta” cuando había una noticia de última hora. Tom McCarthy, que no escapa a la tentación de filmar una rotativa, nos recuerda que hay todavía más valor en mantenerla encendida por las razones correctas.

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