Nombre: El secreto de Adaline
Categorías: Drama, Fantasía, Romance, Misterio, De época
Director: Lee Toland Krieger
País: Estados Unidos
Año: 2015

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Samuel Castro * * ½

El secreto de Adaline (2015)

Los románticos también vamos a cine

En este mundo cruel y despiadado, lleno de pollos que bailan reguetón y de tacos interminables, de gente que se te adelanta en la fila y canciones sin alma que se vuelven himnos de copas deportivas, cada vez es más difícil ser romántico. El romanticismo ya no paga. Si una película que se arriesgue a contar la historia de dos personas que se enamoran no tiene una nota de humor negro, será calificada inmediatamente de boba, porque la gente confunde demasiadas veces romanticismo con ingenuidad. Por eso da pesar que El secreto de Adaline no sea la perfecta película para románticos que pudo haber sido, si hubieran puesto en el guión el mismo cuidado que tuvieron al escoger las canciones de su banda sonora.

Como los románticos queremos creer en un mundo que no existe, las películas de este género saben que pueden contar con que suspendamos nuestra incredulidad. Otros se pararían de inmediato al observar que la historia está contada por un narrador omnipresente de tono paternal al que sólo le falta comenzar su relato con un “Había una vez”. Pero los románticos no. Nosotros seguimos ahí, porque pensamos que la magia puede salvar el día a pesar de que las palabras que pronuncia la voz parecen escritas para tontos. Y escuchamos con paciencia cómo esa voz nos narra lo imposible: la vida de una mujer que sin cumplir 40 vive un accidente que detiene su envejecimiento.

¿Cómo seríamos si pudiéramos conservar un cuerpo juvenil pero tener el aprendizaje que nos darían cientos de años? Probablemente tendríamos la serenidad que Blake Lively le imprime a su personaje (sus reacciones son más intensas en los flashbacks de partes anteriores de su vida que en el ahora en el que supuestamente ocurre lo que vemos) e igual que ella intentaríamos que los demás no descubran que lo que para ellos es novedad, para nosotros dejó de serlo hace mucho. Pero aquí comienza a cojear El secreto de Adaline, porque los guionistas, encantados con contarnos cómo vuelve a enamorarse (en diálogos con gracia, todo hay que decirlo), olvidan que aquí lo más interesante es ella, ese personaje que tiene lo mejor del vampiro (criatura romántica por excelencia) sin la necesidad de beber sangre, y se contentan con mostrarnos anécdotas pendejas (saber muchos datos inútiles porque los vivió, hablar varios idiomas) en vez de profundizar un poco en las posibilidades emocionales de vivir para siempre. Lo harán a través de los personajes que encarnan Harrison Ford y Ellen Burstyn, pero de forma muy superficial, como si les diera miedo comprometerse con el drama que ellos mismos plantean y prefirieran resolver todo de forma convencional, a tal punto que media hora antes del final ya sabemos todos lo que va a ocurrir.

Cuando la película se acaba con la felicidad plana que tiene lo previsible, sentimos que todo pudo haber sido mejor. Pero salimos contentos porque los románticos somos optimistas y estamos convencidos de que alguien alguna vez pintará con los colores justos ese mundo con el que soñamos.

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