Nombre: Alexander
Categorías: Drama, Aventura, Política, Basado en hechos reales, Biográfica, Histórica
Director: Oliver Stone
País: Alemania
Año: 2004

Otras reseñas para esta película

Juan Carlos Gonzalez Arroyave * *

Alexander (2004)

Sin rastros de magnificencia

 Oliver Stone se nos había perdido misteriosamente del mapa. Después de Un domingo cualquiera (Any given Sunday, 1999), abandonó temporalmente el formato argumental y realizó dos documentales políticos que no fueron exhibidos aquí, Comandante (2003) y Persona non grata (2003). Tras cinco años sin hacer una película de ficción, le apuesta ahora a un filme de épicas intenciones, Alexander (2004). Pero tan altas ambiciones lo han llevado, tristemente, a resbalar y a caer.

La biografía de Alejandro Magno se antoja un material excelente para cualquier guionista. Hay honor, hay aventuras e intrigas en un mundo que era un misterio para todos sus habitantes. La de Alejandro Magno es una figura mítica, gloriosa e invencible. Un prohombre que se atrevió a conquistar lo inimaginable. Sin embargo, la aproximación de Oliver Stone es otra, más desmitificadora que ensalzadora, quizá porque está acostumbrado a señalarnos a grandes personalidades con mirada periodística (recordemos sus trabajos sobre John F. Kennedy y Nixon, o su biografía visual de Jim Morrison). De esa forma nos presenta a Alejandro desprovisto de toda aura de grandeza, mostrándolo a escala humana, con sus debilidades y flaquezas. Lo que quedó fue un ser humano dubitativo y contradictorio, un personaje que en esas condiciones hubiera requerido a un actor potente que lograra extraer toda la fuerza interior que la caracterización pedía, logrando así explicar la capacidad de mando y de atracción que pudo ejercer en su época.

De ahí que la inclusión de Colin Farrell nos deje dudas sobre su capacidad para cumplir con un papel de este estilo. Se nota incomodo, se ve disfrazado, no apropiado del rol que le tocó en suerte. Además las connotaciones de bisexualismo que la película atribuyó al personaje histórico confabulan contra él, pues el espectador no logra diferenciar al todopoderoso campeón de los ejércitos griegos del hombre que siente atracción por otros hombres y que aquí dedica tanto tiempo a retozar como a planear sus batallas.

Planeación que, por cierto, no vemos, pues la narración seleccionó sólo algunos apartes inconexos de la vida de Alejandro, unidos por la voz de un narrador que fue testigo de primera mano de lo que aconteció. Incluso un innecesario flashback añade confusión al relato. Por fortuna esa falta de coherencia argumental se ve compensada por un buen tratamiento visual, que es una marca típica del cine de Stone. Una edición muy lograda nos permite ver escenas de batallas que sorprenden por su brutalidad y crudeza, y que, en contra de lo que podía pensarse, implican un enorme trabajo de planeación visual, de colocación de cámaras y de efectos visuales. La película, entonces, está mejor mostrada que narrada, así suene extraño el concepto.

Pero sin duda el más perjudicado por esta película es el propio Oliver Stone. Este no es su género, este no es su tipo de cine. A él queremos verlo abordando la política de su país, estremeciendo los íconos  de los años sesenta y setenta, cabalgando la psicodelia al lado de quien era su cinematografista habitual, el veterano Robert Richardson. Ese es el Oliver Stone que extrañamos, no el de Alexander, donde no vemos –así busquemos- rastro alguno de magnificencia.  

 

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