Nombre: Adiós a la reina
Categorías: Drama, Política, Romance, Basado en una novela, De época
Director: Benôit Jacquot
País: Francia
Año: 2012

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Samuel Castro * ½

Adiós a la reina (2012)

Un problema oftálmico

El punto de vista. Esa tal vez sea la función más importante de un director. Escoger desde qué punto de vista se va a contar una historia. ¿Será acaso el punto de vista grandilocuente y omnisciente de Peter Jackson para narrar El señor de los anillos? ¿O tal vez ese punto de vista cercano pero un poco frío que prefiere Woody Allen para sus historias? De esa elección depende no sólo el lugar donde se ubicará la cámara y el tipo de planos que tendrá la película. Lo que decida el director en ese aspecto será lo que le dé la personalidad definitiva a su obra.

En Adiós a la reina, su director, el parisino Benoît Jacquot, se ha decidido por una aproximación que no es la más común cuando se narran historias de época que ocurren en medio de la corte de un rey: el punto de vista íntimo, cerrado, que da la visión de un sólo personaje. Ese personaje es Sidonie Laborde, que está un poco mejor ubicada que el resto de la servidumbre porque tiene una labor particular: leerle a la reina. Haciendo que como público sólo sepamos lo que ella sabe, y sólo podamos enterarnos de lo que ocurre cuando ella está presente, y sumándole a esto una cámara en mano que se mantiene siempre cerca de los rostros de los personajes, como si estuviera a un paso de tropezarse con ellos, Jacquot le imprime a la película una sensación de urgencia, de algo que está pasando en este mismo instante en que lo vemos, muy adecuada para el momento histórico que cuenta: los días previos a la toma de la Bastilla y a la posterior caída de la monarquía francesa. Ese punto de vista escogido, es lo más interesante de la cinta.

Pero en el sistema de pantallas interno del infierno sólo proyectan películas “interesantes” para toda la eternidad. Adiós a la reina renuncia desde el comienzo a contar una historia —uno podría quitar la mitad de la película para saltar a la escena en que Sidonie se ve obligada a cambiar el vestido que lleva puesto, y nada echaríamos en falta—, para unir a veces con poca pericia, símbolos (las ratas muertas que pululan por todas partes y flotan en las aguas del lago), sensaciones (esa envidia que sentimos en la mirada de Sidonie cada vez que ve a la reina con su amante, ocupando el lugar que ella quisiera aunque no sea capaz de confesarlo) e ideas políticas un poco rutinarias en el cine francés. Al final, el punto de vista se desperdicia porque todo ese peso de intimidad que esperábamos por el tipo de narración nunca llega. Jamás logramos conocer profundamente a Sidonie, jamás nos conectamos con sus ambiciones o sus deseos. Nunca nos muestran consumada la pasión erótica insinuada todo el tiempo. Es como si viéramos durante horas el perfil de Facebook de alguien que no conocemos.

Por eso el punto de vista de una película es tan importante y vital para el resultado final. Porque cuando las luces se encienden en la sala y percibimos que no hubo un correcto balance entre él y los hechos que narra, sentimos que estuvimos jugando ajedrez con las fichas del Monopolio.

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