Nombre: La sirga
Categorías: Drama, Política
Director: William Vega
País: Colombia
Año: 2012

Otras reseñas para esta película

Aquiles Cuervo * * *
Caro Morales * * * *

La sirga (2012)

Naturaleza muerta con Isba

(Breve diálogo entre la película La sirga de William Vega, 2012 y la novela La luz difícil de Tomás González)

En esta película casi todo sucede en interiores, dentro de un hostal fantasmagórico, una Isba criolla, en una semi-isla nebulosa en la laguna de la cocha (Nariño), a la que llega una joven mujer donde su tío, escapando de una guerra ruidosa que solo le dará un respiro antes de tener que seguir huyendo, sola. En medio de neblina y de los escasos diálogos, solo vemos una sirga oscilante y la forma como los personajes sobreviven simulando que la guerra nos los tocará y fabulando con un hostal-posada que reparan y con unos turistas fantasmas que nunca llegarán. Colombia no siempre es pasión. Pero, la importancia de esta película radica —más que en su tema, evocación silenciosa de la guerra— en la forma cómo accedemos como testigos a la lucha de una mujer por hacerse a un mundo propio bajo las miradas ambiguas y vigilantes de su tío y de su primo, un recienvenido que trae la muerte encima. La mujer, sonámbula, se mueve alrededor de la laguna en un precario escenario de esperanza con un joven viajante en una lancha-lenta en la que reman en círculos. Juntos tallan sutilmente una ilusión que la guerra, inevitablemente, truncará. La sirga, sin efectos especiales ni pseudo actores del jet set nacional, es una oda al silencio, una manera de contar una historia de desarraigo y desolación sin recurrir al típico y gastado melodrama televisivo que arrasa con el cine colombiano. Jóvenes realizadores como William Vega y Óscar Navia (productor de la película) van mostrando otros caminos.

Estos caminos nos llevan al escritor antioqueño Tomás González (Medellín, 1950-) y a su novela La luz difícil.  Con unos ojos que avanzan a tientas entre la maleza y las penumbras de un hombre viejo que decide remontar el tiempo para contarnos cómo y por qué dejó Nueva York y el “gran arte” para refugiarse en una búsqueda más personal, “más hacia dentro” como dice una joven poeta-bajo-los-árboles. Una búsqueda sobre la mirada que le damos a las cosas, a los otros, y desde allí, a nosotros mismos. Se trata pues de una novela sobre-la-mirada, sobre un aprendizaje tardío e incesante del ver, del asumir la latencia de la mirada como un ejercicio cotidiano con el tiempo mismo. La narración se concentra en reconstruir desde el futuro inestable del personaje principal, una serie de momentos-faro en los que la vida basculó de forma radical; la maestría del escritor reside en buena medida en hacernos partícipes de las dudas, heridas y sobre todo, de los aprendizajes de ese hombre, dedicado en sus últimos años —ya casi ciego, sin poder pintar ni escribir (solo dictar) — a cuidar el jardín de su mujer y a no repeler su vida. Leemos en La luz difícil, una novela de aprendizaje:

 “me quedé en el corredor, en mi silla de director de cine, con lona color de girasol. La gran soledad es como un lienzo aparentemente vacío, engañosamente vacío. A las siete de la noche entré a la casa y cerré puertas y ventanas, tanteando un poco los pestillos y las aldabas, pues de noche mi visión empeora. Me senté en el sillón de cuero. Sentí frío y fui a buscar el suéter grueso de alpaca que me dio Sara poco antes de venirnos de Nueva York (cómodo, caro, bonito, como todo lo que regalaba). Me senté otra vez en el sillón y me quedé inmóvil, tal vez treinta minutos. Entonces un grillo empezó a cantar bellísimo, como si fuera la presencia de la Presencia, en algún lugar de la sala. Son unos grillos oscuros, nocturnos, feos, con algo de cucaracha y voz muy poderosa que no a todos gusta. Y mi gran soledad se llenó de pronto con el universo entero” (p92).

Quiero destacar una frase: “como si fuera la presencia de la Presencia”: la forma cómo González pone en relación la naturaleza y el arte no como un juego de espejos, sino como una metamorfosis permanente. Es lo que empiezo a descubrir también en la poesía de José Manuel Arango:

Montañas

Montañas
y de trecho en trecho un relámpago
débil
que las muestra de golpe

el cielo retiembla
lejos

es el mar decía el anciano
hay tempestad en el mar

no se oye trueno
                            los picos
de la cordillera
se recortan un punto nítidos
oscuros
y otra vez el cielo se cierra

el anciano decía
es el parpadeo del jaguar”

Es algo que da para cruzar muchos caminos. Hay en la búsqueda de González, en esa interacción entre la presencia y la Presencia, entre el grillo y el que observa, entre la luz esquiva, la luz difícil, una fascinación por explorar la mirada de lo viviente, de lo humano, rechazando darle al arte una condición de superioridad sobre las cosas. Es por ello que La luz difícil, aunque pareciera ser a primera vista una novela-de-duelos, se convierte más bien en un óleo inacabado (inacabable) en el que las palabras se mezclan con los colores, como si esta obra hubiera sido escrita para Sophie Calle y su dolor exquisito:

“todo eso sin dejar yo de añorar el olor del óleo o el polvillo del carboncillo al tacto y sin dejar de extrañar la punzada, como la del amor, que se produce cuando uno siente que toca el infinito, capta la luz esquiva, la luz difícil, con un poco de aceite mezclado con polvillo de piedras o metales” (p116).

Al terminar la lectura, se sienten deseos de recibir un carboncillo y de palpar con él un infinito, un universo, como si se quisieran dejar las huellas de las manos en otra piel que nos enseñe a atravesar, sin miedo, la luz difícil.

Comentarios

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.