Nombre: Después de Lucía
Categorías: Drama
Director: Michel Franco
País: M
Año: 2013

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Andrés Rodelo *

Después de Lucía (2013)

No es lo que parece

El panorama cinematográfico se recupera de una tendencia cansina. Hace varios años, el boom de la democratización digital derivó en las llamadas 'películas de festival', obras que acapararon selecciones oficiales de certámenes alrededor del mundo y que celebraban un cine de bajo costo entregado a la cotidianidad de los mortales, con un ritmo parecido al de la realidad, contrapuesto a los esquemas, el sentido épico y las cien balas por segundo que disparaba Hollywood en cada escena.

Se llaman ‘películas de festival’ porque no tienen ninguna oportunidad de mercado en los multiplex, en donde la audiencia se inclina por el cine comercial. Hoy, algunas de estas películas que se autoproclaman capaces de registrar “la realidad”, gracias a un lenguaje de encuadres estáticos,  silencios y contemplaciones, me generan una incertidumbre: mientras varias realmente son fruto de lo que promueven —cintas que capturan la complejidad del día a día y el poder de los pequeños acontecimientos— otras son bodrios insoportables, pretenciosos e igual o más clichesudos que la peor película hollywoodense, solo que empacadas con un engañoso lenguaje de cinéma vérité.

Es el caso de Después de Lucía, del mexicano Michel Franco y ganadora de la categoría “Una cierta mirada” del pasado Festival de Cannes, que narra el acoso escolar del cual es víctima Alejandra, una adolescente que busca rehacer su vida en otra ciudad junto a su padre, alejada del trauma que supuso la muerte de su progenitora en un accidente de tráfico. Guiada en su primer tercio por la insinuación y por momentos que invitan a rellenar el rompecabezas para descubrir qué se esconde detrás del drama de esos personajes inexpresivos, el entusiasmo se viene abajo por dos aspectos.

El primero, esto de evitar que los personajes hablen para dar lugar a los silencios que habitan nuestra rutina y así conseguir una atmósfera naturalista es un arma de doble filo. Muchos de los silencios de esta película son reforzados en aquellos instantes en los que el diálogo es inevitable por una cuestión de sentido común. Segundo, la visión estereotipada que ofrece de la adolescencia, reflejada en los compañeros que acosan a Alejandra. No hay un ápice de bondad en aquellos que le hacen la vida imposible a la protagonista, todos son tan malos como inexplorados, lo que genera una ausencia de matices poco apropiada para las dinámicas que propone. 

La experiencia es similar a la ofrecida por un episodio de “La rosa de Guadalupe” sólo que con menos entretenimiento. Ya es momento de percatarnos de que solo esas historias que dejan margen a la complejidad, la contradicción, la improvisación y los tonos grises, son las que terminan convenciendo al espectador de que lo filmado es un trozo de realidad. La forma con la que se envuelva el relato no es más que un adorno, sea cine realista o cine comercial.

A todos esos filmes que alardean de reflexivos y naturalistas, pero que son todo menos eso, les vendría bien aprender viendo una pieza de demoledor realismo, como por ejemplo, Rambo.

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